Los pobres hombres

El camino desde Georgetown hasta Lethem es casi todo de tierra y, como ya dije, la trafic estaba abarrotada, así que viajamos incómodos y a los saltos. A pesar del cansancio, no pude dormir. 

Llegamos a Brasil a media mañana, luego de cruzar el río Takutu. Las ojeras me llegaban al mentón. La oficina de inmigración estaba llena de gatos. En pocos minutos nuestros pasaportes recibieron el sello de la República Federativa de Brasil, entre maullidos y pelos sobre el mostrador. Los cubanos no tuvieron tanta suerte y debieron sumarse a otros compatriotas que esperaban en una habitación contigua. Según nos contaron, debían quedarse en ese lugar durante varios días hasta que se regularizara su estatus de refugiados.  

«Pobres cubanos», pensé, mientras me alejaba de la frontera.

Caminamos algunos metros hasta la ruta y nos pusimos a hacer dedo. No paró nadie. Buscamos una estación de servicio cercana. Pedimos un café y una porción de torta de chocolate.

Volver a Brasil se sintió como volver a la civilización: piso asfaltado, mejor atención, lista de precios, señal de celular. No quiero ser despectivo con Guyana, pero no tuve una buena impresión. Espero que otros viajeros puedan llevarse una mejor experiencia de aquel país, lleno de gente buena por lo demás.

Salimos de la estación y volvimos a hacer dedo. A los pocos minutos nos levantó una mujer que manejaba un auto rojo. Aceptó llevarnos hasta Boa Vista, la capital y ciudad más poblada del estado de Roraima.

Lo primero que nos sorprendió al llegar a Boa Vista fue la cantidad de venezolanos que había por todas partes. Parecían miles, muchos viviendo en la calle. Vendían cepillos de dientes, caramelos, paraguas, cortaban el cabello; hacían cualquier cosa para sobrevivir. 

Alejandro se compró una mochila nueva.

Buscamos un hotel barato y la mujer de la recepción aseguró que tantos venezolanos en las calles se habían convertido en un problema. Por un lado, no había recursos para ayudarlos a todos; por el otro, cada vez crecía más la tensión entre locales y recién llegados. 

Explorando la ciudad nos encontramos con una escena caótica. Cada esquina era un mercado improvisado. Fue un golpe en la cara ver a todos aquellos venezolanos que se habían marchado de su país con lo puesto. Daba tristeza ver a tantas personas durmiendo en plazas y parques, muchas en carpa, incluso ancianos y niños.

Uno de los venezolanos nos dijo que en su país ya no tenían nada que hacer y que aquella era la única solución que encontró para alimentar a su familia. El hombre, que vendía cepillos de dientes en la calle, aseguró que aunque ganara 5 o 6 reales por día, era más conveniente que estar en Venezuela. «Si me quedo allá no comemos», lamentó. Aquellas pocas monedas brasileras eran un tesoro para él. 

Fue duro ver cómo cubanos y venezolanos deambulan por todo el continente buscando una vida mejor, dejando su país y todo lo que conocieron por el hambre, la desesperación y la falta de oportunidades. Lo cierto es que la gran mayoría de personas que me crucé durmiendo en la calle o en carpa fueron cubanos y venezolanos. Que cada uno saque sus propias conclusiones.

Nos hicimos amigos de un venezolano de 72 años que nos contó que era mecánico. Tenía consigo todas las herramientas que pudo sacar de su taller. Se notaba que era un buen tipo, sacrificado. Dormía en una carpa. Era grande el hombre para vivir así, tirado en el piso. Sostenido solo por las ansias de estar mejor. Lo invitamos a comer.

Hablamos durante tres horas y nos contó su vida. Apenas le quedaban algunas herramientas. Tenía las manos negras, manchadas con grasa.

No lloró, pero no hizo falta. Cuando se fue, con Alejandro nos miramos y solo pudimos esbozar un pensamiento: 

—Pobre hombre. 

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