El final es en donde partí

Mi amigo finalmente se cansó de renegar con su enorme y pesada mochila y decidió comprarse otra de mejor calidad. Este fue el momento donde decidimos separar nuestros caminos. Él se iría a Venezuela; yo, a Manaos, capital del estado de Amazonas. 

Viajé a Manaos en colectivo por la noche y llegué a la ciudad bien temprano. A simple vista, Manaos es similar a Belém. Ambas son ciudades típicas del norte brasileño, muy húmedas, pobres y —según me pareció— poco acogedoras.

Me bajé en la terminal de ómnibus y caminé hasta un hostel lejano, pero barato. Pensaba quedarme dos días. Conocí a algunas personas en el hostel, casi todas de Brasil, pero también había un grupo de japonesas y una pareja de argentinos que se hospedaban como voluntarios. 

Visité el mercado de la ciudad y me gustó. No solo por la variedad de productos, sino por la originalidad. En el mercado de Manaos hay productos que son muy difíciles de encontrar en otras partes del mundo: frutas exóticas como el cupuaçu, el camu camu, la graviola y el taperebá; palos de guaraná, artesanías, hierbas medicinales y peces. 

Si hablamos de Manaos, hay que mencionar el caucho. La historia de la ciudad está ligada al auge del caucho a fines del siglo XIX y comienzos del XX. El caucho se obtiene de la savia de un árbol amazónico: Hevea brasiliensis. Durante la Revolución Industrial se volvió esencial para neumáticos y otros productos, y eso disparó la demanda mundial. Brasil fue el principal productor y Manaos se convirtió en un centro comercial clave. Llegó gente de todas partes; la ciudad creció rápido y levantó edificios impresionantes, como el Teatro Amazonas.

Circulaba la idea de que los comerciantes limitaban lo que enviaban para mantener precios altos. El declive llegó primero por la competencia de las plantaciones asiáticas (a partir de semillas llevadas fuera de la Amazonia por los ingleses en 1876) y, décadas después, el caucho sintético terminó de golpear la economía de la región.

Sabiendo esto antes de conocer la ciudad, visité el famoso Teatro Amazonas, inaugurado en 1896. Tiene un estilo neoclásico, con influencias renacentistas y barrocas. Por dentro impresiona; la decoración recuerda la época en que Manaos fue próspera.

El día antes de partir, le salvé el día a un brasilero que se olvidó el CPF (nuestro equivalente del DNI) en el hostel. Sin ello, no podía subir al avión. Tuve que ir en taxi hasta el aeropuerto para llevarle el ajado documento. Era un tipo de San Pablo con pinta de japonés que me pagó los gastos y me agradeció por el gesto. Recuerdo también que este joven estuvo entre pueblos indígenas amazónicos que le hicieron algo parecido a un tatuaje en el brazo con métodos caseros. 

Durante mi estadía en Manaos llovió bastante y nunca dejó de hacer calor. El hostel era medio pelo, solo había agua fría, porque el agua caliente no es necesaria.

También había muchas ratas en la ciudad. Muchísimas ratas. En Belém también.

Volví a Córdoba. Escribí casi cinco años en un diario. Después vino la guerra de Ucrania y otra vida. A mi hermana la llevé conmigo en cada paso. Eso me alcanzó.

Gracias por leer hasta acá. Nos vemos en el próximo viaje.

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