Sábado, 5 de marzo de 2022. Día 0.
Desde que surgió la posibilidad de ir como corresponsal a Ucrania hasta que se confirmó la fecha de los pasajes pasaron menos de dos días. “Salís mañana a las 16:50”, me dijo mi jefe, y la noticia me tomó por sorpresa. Después de mucho insistir en la redacción, cumpliría uno de los sueños que guardé en mi corazón desde niño: ser corresponsal de guerra.
¿Qué? No, yo jamás soñé con ser corresponsal de guerra. La idea me fascinaba, pero no era un anhelo de la infancia. Yo quería conocer el mundo, no ir a ver cómo las personas se matan entre ellas. Además, ¿qué puede saber un niño o un tipo de 30 años de la guerra? Nada. Era ignorante en todos los aspectos. Para mí era una travesura personal, una vanidad profesional. Otra forma de hacer que mis padres se sientan orgullosos. Algo para contarle a mis amigos. Historias para impresionar a las señoritas. Las bombas eran de mentira, como juguetes, y ahora yo tenía la posibilidad de participar de este juego.
Qué ingenuo.
Los preparativos del viaje fueron mínimos: apenas pude elegir algo de ropa y contactar a personas que estaban cerca del conflicto: diplomáticos, fixers, periodistas, colaboradores. Cualquier contacto podía servir. Hice un par de llamadas de teléfono y conseguí algunas direcciones y números. Nada más. Seríamos mi celular, mi credencial, mi pluma y yo.
Era consciente de que me estaba embarcando en la aventura más peligrosa y difícil de mi vida. En pocas horas debía estar en un país asolado por una invasión a gran escala. Fueron horas frenéticas y agotadoras en las que casi no tuve tiempo de pensar. El estrés me produjo dolor de cabeza e irritabilidad. Tenía sensaciones encontradas: alegría por la oportunidad y miedo por lo que podía pasarme. ¿Cómo no iba a tener miedo? Estaba yendo a la guerra, de donde todos escapan. ¿Era estupidez, temeridad o inconsciencia? Tal vez un poco de las tres.
Para tomar valor, visité el cementerio de mi pueblo, en particular, las tumbas de mi hermana y de mi abuelo. Recé dos Padrenuestros, dos Ave Marías y dos Credos frente a cada lápida. Me arrodillé y les pedí que me acompañaran. Me dio un poco de vergüenza: ellos estaban descansando en paz y no merecían que fuera a molestarlos porque se me ocurrió ir a Ucrania. Pero como siento que están en alguna parte, deduje que tal vez serían capaces de ayudarme.
Salí del camposanto con el ánimo renovado, creyendo —o queriendo creer— que nada podía salir mal.

Últimas horas
Antes de subirme al avión visité a mi abuela Tere, que no paró de llorar. Mis amigos vinieron a despedirse. Sentí el apoyo sincero de todos mis seres queridos. Traté de minimizar los peligros y de que todos se preocuparan lo menos posible.
Aún no era del todo consciente del lugar hacia donde me dirigía. La noche antes de partir, cené con mi familia. Después de años, mis padres estaban juntos otra vez, aunque sea para despedirme. Vaya, tal vez deba irme a la guerra más seguido. Durante la comida me asaltó, otra vez, la mezcla de emociones: felicidad y angustia, pero también convicción y sentido de responsabilidad.
Pasé por el trabajo antes de salir. Mis jefes me abrazaron, me desearon suerte y se sacaron fotos conmigo. Mi papá estaba allí. Los «capos» del periodismo me dedicaron algunas palabras, pero no las recuerdo. Por algún motivo, mi memoria las borró. Solo una idea rondaba por mi cabeza: tengo que hacer la mejor cobertura posible con las herramientas que tengo a disposición.
Abracé a mi papá y a mi hermano. «Cuidate», me dijeron. «Queremos volver a verte».
Masticando esas palabras, abordé un Boeing 787 de Air Europa que despegó desde el Aeropuerto de Córdoba con destino a Madrid. Antes hizo escala en Asunción, que desde el aire me pareció un tablero verde y húmedo. «Como para hacer turismo ando yo», pensé. Una hora y media después volvimos a despegar, esta vez, rumbo al Viejo Continente.

Miré por la ventanilla y divisé el océano infinito.
Tenía experiencia viajando por América, pero aquella sería la primera vez que pondría un pie en Europa.
¿Qué estás haciendo, Federico? ¿Dónde te estás metiendo?
Ya habría tiempo de responder a esas preguntas.
Apagaron las luces de cabina. Llegaría a Madrid poco después del amanecer. Cerré los ojos y traté de dormir.
