Viajo y Escribo en Ucrania: diario de guerra #2

Domingo, 6 de marzo de 2022. Día 1.

Escribo estas líneas mientras atravieso el Océano Atlántico, cerca de la costa de África, según indica la pantalla frente a mi asiento. Mi primer destino es Madrid. Desde allí debo tomar un vuelo hacia Múnich, en Alemania, y después encontrar la forma de llegar a Ucrania por tierra.

Cerca de mi asiento viaja una niña con síndrome de Down. La miro y le sonrío. Recuerdo a mi hermana. Siento ganas de llorar. Espero volver a Córdoba sano y salvo, y sé que para ello es fundamental tener suerte, primero; hacer un buen trabajo, después. Espero estar a la altura de las circunstancias. Tanto si lo consigo como si no, será la voluntad de Dios y no la mía.

Vaya, cómo se acuerda de Dios una persona cuando está en peligro, ¿cierto?

Ya desde el avión percibo que todo es nuevo e imponente. Si no fuese que estoy yendo hacia una guerra, este sería un viaje soñado.

Las ventanillas no tienen cortinas sino un sistema de claridad/oscuridad que se regula con dos botones y que yo jamás había visto. Las azafatas son españolas, severas y formales. Se la pasan manteniendo el orden de la aeronave y pidiéndole a todo el mundo que se coloque bien el tapabocas. Venden café, pero soy incapaz de probar bocado.

Hace veinte horas que no como, pero no tengo hambre ni sed. Debo enfocarme en lo importante y no pensar en mis necesidades fisiológicas. Lo más probable es que pase hambre y frío dentro de poco, y es fundamental que me acostumbre.

Pienso en el trabajo y en las notas que voy a escribir. Debo ser curioso, estar atento, recordar experiencias, anotar y compartir todo lo que viviré en las próximas semanas. Siento presión: todas las miradas están en mí.

Con la tarjeta de crédito pago los ocho euros que cuesta tener wifi en el avión. Necesito contactos. Ucranianos, argentinos, periodistas, diplomáticos o cualquier persona que pueda darme una mano.

Las azafatas siguen regañando a la gente, una y otra vez: a la señora que se apoya sobre la salida de emergencia, al señor que se saca la mascarilla, a los pasajeros que se aglomeran en la parte de atrás para ir al baño. Los retos son continuos y firmes. No sé qué trabajo es peor, si el de ellas o el mío.

A nadie parece importarle que en el mundo haya una guerra. Una señora se queja porque no puede llenar la planilla del protocolo Covid. Tres jóvenes cordobeses, uno con la remera de Talleres, ríen y celebran porque se van de vacaciones a Madrid. Una mujer argentina habla durante horas con su esposo español mientras sostiene a su hija en brazos. Más atrás, una mamá amamanta a su bebé. Las azafatas hablan entre ellas y bromean con que la pandemia provocó una ola de nacimientos sin precedentes: el avión está lleno de críos.

Comienzo a tener hambre y sed, pero me niego a consumir alimentos. Apenas me mojo los labios con un poco de agua del baño, muy salada. Con toda seguridad, no es apta para consumo humano.

Me pregunto si vale la pena todo esto, si hará alguna diferencia en el mundo que yo arriesgue el pellejo por esta puta guerra.

Aterrizo en Madrid. El aeropuerto de Barajas es inmenso. Un cartel indica a cuántos minutos a pie se encuentran las diferentes terminales. Tengo que caminar durante casi media hora para abordar la conexión.

Perdido en mis pensamientos, siento que alguien me toma de la mano. Miro hacia abajo, y veo a la niña con síndrome de Down que viajaba cerca de mí en el avión. Me sonríe. Habla. Es española.

Me quedo paralizado. Sus padres me dicen algo, pero no los escucho. El tiempo se detiene. Ángeles, pienso. Ángeles. Siempre Ángeles. Estás conmigo, flaca.

Se me cae una lágrima. Una sola. Me tiemblan las manos.

Los padres de la niña se la llevan y vuelvo a la realidad. Tengo que cubrir una guerra.

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