Sigue el día 1
Intento conseguir cigarrillos, pero no se venden por paquete sino en cartones enteros. Aquello no me sirve, así que sigo sin fumar. Espero algunas horas frente a la puerta de embarque y por fin tomo otro avión con destino a Múnich.
Miro por la ventanilla mientras garabateo este texto en una libreta de papel. Si alguien me hubiera dicho hace una semana que este domingo estaría sentado en un avión, atravesando los Alpes, con seguridad se me habría escapado una carcajada y hubiera pensado que estaba loco.
Y sin embargo acá estoy, en el aire. Según el mapa que muestra la pantalla, me encuentro entre las ciudades de Friedrichshafen y Feldkirch, cerca de Bregenz. Miro las cumbres nevadas desde la ventana que está a mi derecha y no lo puedo creer.

Llevo viajando casi 24 horas consecutivas y aún tengo un largo camino por recorrer. Por los parlantes anuncian que la temperatura en el aeropuerto de Múnich es de 3 °C. Por primera vez en la vida, voy a experimentar el frío que hace más allá del paralelo 47.
Todo mi equipaje cabe dentro de una mochila de 30 litros que compré el año pasado por Mercado Libre. Llevo conmigo los objetos que creo podrán ayudarme a sobrevivir y realizar mi trabajo de la mejor manera. No tengo chaleco, casco ni dron. Ni siquiera una cámara decente. Me preocupa, pero ya estoy jugado. Pensaré en ello mañana, porque mañana será otro día.
Aterrizo en Múnich y ya estoy en suelo alemán. No pude conocer España, pero soy consciente de que no estoy de vacaciones. Además, tiene cierto encanto que sea la tierra de mi bisabuela el primer país europeo que visitaré en mi vida. Espero poder llegar pronto a un alojamiento para descansar y continuar con mi viaje. Intento mantenerme enfocado: debo cubrir una guerra. Agradezco la suerte que me desean amigos y conocidos por redes sociales. Voy a necesitar toda la fortuna que pueda conseguir.
El sistema de transporte público alemán parece salido de una película de ciencia ficción. «Están treinta años adelantados», pienso, aunque tal vez sean cincuenta. Todo está automatizado. No entiendo el idioma, pero decido seguir mi instinto y subo al primer tren que llega al aeropuerto con la esperanza de que me deje en la ciudad.
Dentro del vagón, todo el mundo va callado y usa mascarilla. Las pocas personas que hablan lo hacen en voz muy baja, casi imperceptible. Veo en Google Maps que estoy pasando cerca de un lugar que se llama Garching. Contengo una carcajada: como para ponerla estoy yo.
Tras cuarenta minutos de viaje, llego al centro de la ciudad. Bajo del tren y tomo las escaleras que salen a la calle. Son las siete de la tarde, pero ya es de noche. Hace frío. El viento penetra a través de mi ropa y me eriza la piel. Camino una cuadra y me entrego a la realidad: necesito ponerme otro abrigo de manera urgente. Abro mi mochila y añado un buzo adicional a mi atuendo, poco preparado para estas latitudes.
Siento que la brecha tecnológica que hay entre Europa occidental y mi tierra es abrumadora. Parezco un hombre primitivo. Me cuesta realizar acciones básicas como tirar de la cadena, abrir papeleras y hasta comprar un café. Todo es digital. Nadie quiere efectivo: cuando intento pagar con billetes, una señora alemana me señala una máquina que los recibe y da el vuelto de manera automática.
Estoy maravillado. Le saco fotos a los monopatines eléctricos que están desperdigados por toda la ciudad. También del cartel de la estación central de trenes. Me cuesta abrir los ojos. Me encandilan las luces de la ciudad.


Los periódicos hablan sobre la guerra. Quiero conseguir un diario para tener de recuerdo. Tras investigar un poco, descubro que se adquieren a conciencia. Basta con levantar la tapa de una caja, tomar uno y depositar una moneda en la ranura de la derecha. La transacción solo queda sujeta a la honestidad del cliente. Nadie controla. Me llama tanto la atención que decido subir historias a Instagram mostrando el proceso. De cualquier forma, pago la moneda y me quedo con el periódico.

Una pareja me detiene. Están abrigados hasta las orejas: no puedo verles el rostro. El hombre me pregunta, en inglés, dónde puede encontrar un supermercado. Le respondo que no sé, que es mi primer día en la ciudad.
Les pregunto de dónde son. Él es africano, ella ucraniana. Vienen de Járkov. Ambos escaparon de la guerra.
Como una señal del destino, la primera interacción que tengo tras mi llegada a Alemania tiene que ver con mi trabajo. Comento que soy periodista, muestro mi credencial y les cuento que estoy yendo hacia Ucrania. Les brindo mi completa atención..
La mujer entiende un poco de inglés y me mira con una expresión de horror. Enseguida saca su celular y comienza a mostrarme videos de personas mutiladas y agonizantes. El hombre me explica que eso sucedió tras la caída de una bomba en un supermercado. Miro la pantalla y se me revuelven las tripas. Intento concentrarme en los ojos de ella, cuya cara está completamente tapada con el gorro, la bufanda y el tapabocas, pero solo veo miedo.
Les pido el número de WhatsApp para conversar después, porque la charla cara a cara resulta difícil entre el frío y el viento del invierno europeo. Dudan.

Insisto en que me den el número y ella acepta darme el suyo. Decido tomarles una foto antes de partir, con la esperanza de que después, más tranquilos, tengan ganas de responder a mis preguntas.
Veo un cartel de publicidad que tiene la foto de una mujer en ropa interior. La frase “Brennt’s bei dir?” está escrita a un lado. Sé que brennt en alemán es arder: lo aprendí por aquella canción de Rammstein que dice “Mein Herz brennt”, o sea, mi corazón arde, y vaya si ardía mi corazón en aquel momento. Busco en Google Lens el significado de la frase. Brennt’s bei dir significa algo así como “¿Te arde?”. Aquel era un cartel de prevención contra una enfermedad de transmisión sexual.

Me detengo junto a una parada de tranvía que tiene una pantalla que avisa cuántos minutos faltan para que llegue el próximo. Me quedo a ver si es verdad. Y sí, es verdad: a la hora exacta que dice la pantalla, el vehículo aparece. No resisto la tentación de sacarle otra foto.

Famélico, decido comprar algo para comer. Casi en una esquina, consigo comida kurda por el módico precio de 4 euros. Es una especie de shawarma, una tortilla de trigo enrollada que dentro lleva carne, pepino, tomate, lechuga y una salsa especial.
Con el primer bocado, siento una sensación reconfortante. Intento comer rápido, porque tanto la comida como mi cuerpo se enfrían a toda velocidad. Es como si alguien hubiera dejado el congelador abierto.

Termino de comer a toda prisa. Tengo frío y mis piernas tiemblan. Me dan escalofríos en la espalda. Mis dientes se golpean entre sí. Aquello no va bien.
Vuelvo a la estación de metro para conseguir wifi, y encuentro que a pocos metros de distancia hay un hostel donde cobran 17 euros la noche. Por las fotos, parece cómodo.
Camino hacia el lugar, lo que no me toma más de 10 minutos. Me recibe una chica que habla en alemán. Le respondo en inglés, y así también lo hace ella. Tras pedirme el pasaporte, ve que soy argentino y da un grito de alegría. Ella también es argentina. Hablamos un poco, le cuento de mi viaje y me desea suerte.
Por fin puedo darme una ducha caliente y, por primera vez desde que salí de Argentina, dormiré en una cama. La habitación es compartida, pero no me importa. Mañana me espera un largo camino: intentaré llegar lo más cerca posible de Ucrania.
Apenas cerré los ojos, caí en un sueño profundo.
Ahora, niños queridos, presten mucha atención
Soy la voz que sale de la almohada
Les he traído algo
Lo arranqué de mi pecho
Vienen a ustedes en la noche
Demonios, espíritus, hadas negras
Se arrastran desde la boca del sótano
Y mirarán debajo de sus sábanas
