Viajo y Escribo en Ucrania: diario de guerra #5

Todavía es 7 de marzo de 2022

Llegué a la terminal de Viena y me bajé del tren con mis cosas. La estación me pareció un monstruo enorme, más grande que la de Múnich, con modernos trenes de incontables vagones estacionados en decenas de andenes. Yo no estaba acostumbrado a ver todo aquello. 

Caminé por la estación para conseguir otro pasaje y, por qué no, algo sobre lo que escribir. La primera puerta que encontré tenía un cartel que indicaba que allí no se vendían pasajes, no daban información y nadie podía ingresar, salvo el personal autorizado.

Aquello se repitió en otras puertas con un cartel idéntico: aquí no se brinda información. Parece que estaban molestos con el asunto. Intuí que era por la cantidad de ucranianos que había. Como la guerra estaba empezando, tal vez por ese lugar había pasado una multitud de refugiados en poco tiempo, algunos de los cuales pidieron información o pasajes a cualquier persona. Tal vez los trabajadores del lugar ya estaban cansados. La terminal estaba repleta de ucranianos. Era difícil caminar. Circulaban sobre todo familias, niños pequeños, mujeres y ancianos. Los hombres eran pocos, ya que para muchos era obligatorio quedarse en Ucrania y combatir. 

Como periodista, caminé por los centros de acogida de refugiados de la Estación Central de Viena y vi que les ofrecían agua y comida. Intenté filmar un poco, pero una chica vino a decirme que allí no se podía grabar. Traté de explicarle que soy periodista, pero la señorita insistió en que eso no le importaba y en que debía pedir permiso. “¿A quién?”, pregunté. “A las personas que vayas a filmar”, respondió. Me pareció ridículo: había miles de personas, ¿se supone que debo hablar con todas y cada una de ellas? De cualquier modo, a nadie parecía importarle que yo estuviera filmando. Tiempo después pensé que quizás ella tenía razón. No lo sé.  

No quise seguir discutiendo, por lo que decidí cambiar de rumbo. Me llamó la atención la cantidad de pecheras de Cáritas que crucé en el camino. También había gente comiendo frutas, muchas frutas. Las personas estaban muy abrigadas; el frío me partía a la mitad. No quiero ser repetitivo, pero el clima será un elemento disruptivo en mi viaje por Europa. 

En la terminal de Viena había tiendas, bares, restaurantes y cosas para ver y para hacer. Pero como yo tenía que viajar a Ucrania de manera urgente, me dediqué a buscar algún lugar donde vendieran pasajes hacia el este. Al final, lo encontré. 

Hablé con la joven asiática que atendía en la empresa de transporte y le pedí un billete hacia Polonia. La señorita me ofreció un pasaje hasta Katowice, lo que —aseguró— era mi mejor opción para llegar a Ucrania. El pasaje incluía el servicio de cama: podría viajar de noche, escribir y descansar en el vagón.

La chica hizo un gesto de asco cuando le entregué el dinero. Tal vez pensó que me lo saqué de los huevos, pero no: la plata estaba en el portavalores que guardé cerca de esa zona.  

El colectivo partiría aquella noche a las 22. Como eran las dos de la tarde, decidí que lo mejor sería conocer la ciudad y volver a la estación antes de la hora señalada. Tal vez incluso podría hablar con algún refugiado, lo que debería servirme como material para una nota. 

Wien

Salí de la estación central de trenes para conocer Viena. La ciudad es encantadora, majestuosa. En ese lugar entendí por qué Viena (o Wien, como dicen los carteles) era la capital del imperio austrohúngaro y por qué tras de sí guarda tanto prestigio artístico y cultural. 

Desde el momento en que salí de la estación, noté que en los teléfonos públicos había desfibriladores y carteles que mostraban técnicas de reanimación cardiopulmonar. Continué mi paseo por Viena, impresionado por los automóviles que veía: Rolls Royce, Ferrari, Porsche, Audi, BMW, Mercedes Benz. Incluso los taxis eran Mercedes Benz, Toyota Corolla o Audi. Estoy en el primer mundo, señores.

Pasé por el frente de la Embajada de Brasil en Viena y le tomé una foto. ¿Para qué? No sé. Llegué al centro histórico y quedé maravillado por las construcciones. «Esto es Europa», pensé. Los elementos arquitectónicos están distribuidos de forma equilibrada y la disposición de puertas y ventanas me pareció de lo más ordenada. Quisiera saber más de arquitectura para describir mejor lo que vi, pero es lo que conozco. Los detalles ornamentales estaban tan elaborados que me abrumaban. Todo me sorprendía. Me enfrentaba a un doble desafío: por un lado, debía cubrir la guerra con seriedad; al mismo tiempo, no podía dejarme deslumbrar por el brillo de la ciudad. Yo venía del campo. Estar en Viena era una especie de logro para mí. «Soy la primera persona de mi familia que viene a Europa en cinco generaciones», pensé.

En mi recorrido vi un puesto que ofrecía agua gratis, pero no salió líquido alguno al presionar el botón correspondiente. Aquello me recordó que tenía sed, por lo que decidí entrar en una tienda. Compré lo más barato: un sándwich y una soda. Me sorprendí al ver una botella de Fernet Branca que costaba 19 euros, por lo que le tomé una foto y la compartí en redes sociales. Uno de mis jefes, al ver aquella publicación, me escribió para pedirme que la eliminara. «Estás representando a la empresa en Europa. Tenés que ser más serio y responsable», aseguró. Ahora que lo pienso, lo más probable es que tuviera razón.

(¿qué es lo que ha pasado con tu corazón? Ya no marca el paso que marcaba ayer)

No podía contener mi necesidad de tomarle fotografías a todo. Me fijé en el precio de la carne, que en algunos casos llegaba hasta 60 euros por kilo. Por el aspecto de los trozos, aquello era de alta calidad. Filmé todo, incluso los jamones, las salchichas, los salames, los quesos. Todo tenía una pinta espectacular, pero no quise distraerme más. 

Me senté fuera de la tienda a comer mi sándwich, no sin antes fotografiar una balanza de pie. Era una balanza típica de farmacia, de esas que tienen una plataforma donde una persona se pone de pie sobre ella. Luego, una aguja indica el peso en un dial ubicado frente al usuario. Intenté pesarme, pero había que pagar un euro, por lo que desistí de la idea y me dediqué a comer. 

Mi cabeza solo podía pensar en generar contenido para el diario, pero mi inexperiencia me jugó una mala pasada. Era mi primera cobertura. No sabía qué hacer ni cómo hacerlo. Me sentí avergonzado y perdido. Tenía vergüenza de hablar en cámara y no sabía qué decir. Intenté filmar varias veces, pero no dejaba de trabarme. Mis pensamientos empezaron a torturarme: ¿Qué estás haciendo? ¿Dónde estás yendo? Sos un tarado, ¿para qué carajo insististe tanto en venir hasta acá?

Para calmar la ansiedad, saqué fotos: a los diarios, a los autos, a las personas, a los edificios. 

Continué mi recorrido por Viena y me crucé con la catedral de San Esteban, que me impresionó por su tamaño y su estilo gótico. Entré unos minutos. Estaban tocando música sacra. Era preciosa. «¿Habrá estado Mozart en esta iglesia?», pensé. Pero antes de tener respuesta, me recordé a mí mismo, otra vez, que no estaba haciendo turismo. Giré sobre mis pasos y salí de aquella iglesia monumental. 

Tiempo después vi el video que grabé en ese momento. Sale mi dedo. Acá está: lo voy a subir igual. ¿Por qué? Porque ilustra a la perfección la escena: el boludo inexperto en la gran ciudad. Primeras horas en Europa, filmando todo, abriendo la boca, mirando la iglesia. Creyéndome protagonista.

N. de A.: Mozart se casó en la Catedral de San Esteban, bautizó a sus hijos y fue velado en ese lugar tras su muerte.

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