7 de marzo de 2022
Tras seis horas de sueño reparador, desperté lleno de energÃa y salà en busca de un adaptador para cargar mi celular y mi computadora. Los enchufes en Europa son diferentes. No pude conseguirlo, y nadie parecÃa saber dónde podÃa encontrar uno. La gente me resultó educada y amable, pero breve: solo me sonrió un somalà al que le faltaba un ojo. Sonrió aún más y me mostró sus dientes blancos cuando mencioné Mogadiscio, la capital de Somalia. El hombre intentó explicarme algo en alemán, pero no hubo caso. Al final, me dio la mano y me preguntó de dónde soy. ConocÃa a Messi. Me despedà de mi amigo tuerto y seguà con la búsqueda.Â
No todos los alemanes saben inglés. Algunos intentaron ayudarme, pero no pude entenderlos. Resignado, regresé a la estación central de tren y compré un café y un dulce por seis euros. El dulce era como una factura llena de crema de vainilla, y calculé que debÃa tener unas 900 calorÃas. Era delicioso, más rico, quizás, que cualquier factura que haya comido jamás. Me fascinaba la oferta de bienes y servicios en general. No conocÃa ni el 10% de los productos que habÃa en la vitrina. Vi tortas, sándwiches, pizzas y muchos pretzels. Parece que a los alemanes les encantan los pretzels.
Múnich es una ciudad cosmopolita: me crucé con turcos, árabes, africanos, hispanos y todo tipo de personas. Lamenté no tener la oportunidad de visitar al menos el centro histórico, pero me recordé a mà mismo que no estaba de vacaciones.
Al final conseguà un adaptador en el hostel. Lo pagué caro: cinco euros, sabiendo que en un negocio chino podrÃa comprarlo por poco más de cincuenta centavos. Pero no tenÃa más tiempo y, a pesar del precio, era mejor que quedarme sin baterÃa. Tiempo después perdà ese adaptador en un tren. A veces quedan olvidados. Uno no se da cuenta, desenchufa el cargador y deja el adaptador ahÃ, abandonado. Solo e inútil.
Una vez que el celular se cargó, fui hacia la estación central y compré un billete de tren que me acercara a Ucrania. Los billetes se venden a través de máquinas automáticas. Otra vez pensé en la abismal brecha tecnológica entre Alemania y mi propio paÃs. Encontré un pasaje a Viena que salÃa en pocas horas. Mi próximo destino, entonces, serÃa Austria. Desde allà debÃa comprar otro billete hasta Polonia; una vez en Polonia, buscar el modo de llegar hasta Ucrania.

Subà al moderno tren alemán y me acomodé en uno de los asientos. Todo era impecable, espacioso, cómodo. Me sentà pequeño e insignificante entre tanta pulcritud. No viajaba mucha gente. Â
Miré por la ventana a las afueras de Múnich. Los árboles estaban desnudos y una espesa niebla cubrÃa el suelo hasta donde llegaba la vista. Casas y fábricas daban paso a tÃpicos bosques del centro de Europa.
Fui al baño y me miré en el espejo. Llevaba puesto un chaleco de fotógrafo que mandé a estampar con la palabra PRESS en un local de camisetas del Nuevocentro Shopping. Fue la mañana antes de partir. Me vi a mà mismo en Córdoba, dÃas atrás, y entendà cuán improvisado era aquel viaje. Recuerdo que caminé por mi ciudad durante largo rato hasta que conseguà que alguien accediera a estamparme el chaleco. Casi sin esperanzas, les lloré la carta a los empleados de una tienda de camisetas en el Nuevocentro, y al final aceptaron. Sé que jamás leerán esto, pero gracias, empleados de la casa de camisetas de la sucursal Duarte Quirós.Â

El cielo de Alemania en invierno es gris. Hay fábricas y casas por doquier, y se nota que todas las construcciones son relativamente nuevas y están en buen estado. Grabé ocho videos en total, pero son igual de inútiles: algunas casas, fábricas, pequeños pueblos, bosques. Algunos prados eran verdes; otros, amarillos como el trigo. Se notaba que era invierno. Los Alpes Bávaros se alzaban en el horizonte. El paisaje en primavera debÃa ser bellÃsimo. Sacando el frÃo, pensé que vivir en esta zona era para privilegiados.
Frente a mi asiento del tren tenÃa una mesa, por lo que pude trabajar con comodidad. Escribà esto que están leyendo, pero la emoción me desbordaba. Estaba en Alemania, yendo hacia Ucrania. «Sigo sin caer», pensé. Las manos me temblaban. Miré por la ventana y vi mucha leña apilada, cientos de miles de troncos, impasibles, esperando a ser quemados. Resignados a su naturaleza: ser semilla, árbol, tronco y leña para luego desaparecer en humo que va hacia el cielo. Me sentà un poco como esos troncos, y me resigné a mi destino, que tal vez sea arder un poco.
