Viajo y Escribo en Ucrania: diario de guerra #7

8 de marzo de 2022

Pasada la medianoche, la terminal se volvió un lugar pesado, lleno de caras poco amigables. Me sentía desolado, casi suplicando por algo que pudiera convertirse en una nota. Ya no estaba haciendo periodismo, solo mendigaba material. Pero, ¿qué podía escribir ahí dentro, si nadie quería hablar conmigo? La frustración me abrumaba. Estaba exhausto, sucio y con sueño. Y ya era tarde.

Para empeorar las cosas, me senté en un banco y presencié cómo un hombre frente a mí se orinaba encima. Llevaba gorra y mascarilla, y era claro que estaba bajo la influencia de alguna sustancia, tal vez heroína.

Minutos después, en uno de los baños de la terminal, me encontré con un envoltorio de jeringa y otros objetos relacionados con el consumo de drogas. Es probable que el individuo que se orinó encima estuviera involucrado en esta actividad. En ese momento, no pude evitar unir una cosa con la otra.

Sin saber qué hacer, salí de la estación y decidí tomarme un momento para fumar un cigarrillo. Fue entonces cuando un hombre se acercó y me pidió fuego. Mantuvimos una conversación amigable por un rato hasta que, de repente, me sorprendió con una frase inesperada:

—¿Puedo hacerte una pregunta?

«Loco, fijate bien lo que me vas a decir porque te puedo llegar a cagar a trompadas», pensé, recordando aquella épica escena de Okupas. Intrigado, le dije que sí.

—¿Crees en Dios? —dijo.

Asentí con un movimiento de cabeza.

—Puedo mostrarte la verdad. Basta con que te toque. Ayer toqué a un musulmán. Terminó insultando a su profeta.

—Flaco, si me tocás, te voy a dar un golpe en la cara. Y tal vez otros cuando estés en el piso.

El hombre se asustó. Vi que le faltaban algunos dientes. Decidí alejarme de él y de esa oscuridad que nos envolvía.

Las horas se deslizaban hacia la madrugada. A las 3 desistí de intentar hablar con la gente. Incapaz de dormir, me di cuenta de que necesitaba un plan para el día siguiente. Decidí que no podía permitirme perder el primer tren con destino a Polonia. Si me solicitaban el boleto, presentaría el que tenía en mi poder y, si surgía alguna objeción, simplemente aduciría ignorancia. Me bajaría en aquel lugar y repetiría el proceso en cada estación. Si me preguntaban algo, entonces, me haría el boludo.

Descendí al piso inferior de la terminal, me recosté junto a una fuente y, mirando al cielo, rogué por orientación divina: “Dios, ayúdame, porque realmente no sé qué hacer. Estoy perdido”. 

Lo que ocurrió a continuación fue un milagro. Para mí lo fue. Mientras cerraba los ojos en un gesto de súplica, escuché una voz infantil seguida por las palabras de un hombre. Al levantar la mirada, vi una niña que corría hacia donde yo estaba, jugando, delante de un hombre de unos cuarenta años que se dirigió hacia mí y me habló con voz firme. 

—Disculpe, ¿es periodista? Tengo que hablar con usted —dijo. 

Este extraordinario encuentro se prolongó hasta las 7 de la mañana. Durante horas, el ucraniano compartió conmigo su historia de vida y su visión del conflicto.

Después de nuestra conversación, en la que fumamos una obscena cantidad de cigarrillos, me sentí como si me hubieran dado la bendición. Con el ánimo renovado, subí al primer tren que pude encontrar y, una vez a bordo, saqué mi bloc de notas y comencé a escribir como un enfermo. Como si se me fuera la vida en ello.

La historia que surgió de esa sesión de escritura fue extensa, pero me dejó satisfecho con el resultado final.

Esa mañana, por primera vez en días, dejé de estar perdido.

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