Pasaron las horas y mi estadía en la ciudad se tornó más difícil. Una vez el tímido sol austríaco se ocultó en el horizonte, el frío se volvió insoportable. Busqué en Internet una tienda de ropa de invierno y fui hasta allá. En pocos minutos salí de aquel lugar con una campera capaz de soportar las gélidas temperaturas europeas, además de una calza térmica y un par de guantes. Agora sim, filho da puta.
Minutos después, regalé la campera que traje desde Argentina a un mendigo que me pidió algunas monedas para comprar pan. Dijo “Brot”, y hasta yo sé que esa palabra significa pan en alemán. Mi abrigo estaba preparado para el invierno argentino, no europeo, así que no servía. Además, ocupaba demasiado espacio. Me pareció justo prescindir del mismo ante la primera posibilidad, más aún si podía ayudar a alguien que tal vez lo necesitaba. El hombre me agradeció y me tendió la mano envuelta en un guante deshilachado.
Miré de reojo a las personas que vivían en la calle. «También hay en Europa», pensé. Su estado era mejor que el de los mendigos que uno puede ver en las calles de Córdoba o de Buenos Aires. Me parecieron más limpios y mejor alimentados.

Compré otra vez comida de Medio Oriente en un puesto callejero: era una masa de trigo rellena de carne, verduras y una salsa de dudosa procedencia. Para ser sincero, no necesito más. La comida duró caliente pocos minutos, pues el aire la enfrió con rapidez.
Continué mi recorrido por Viena luciendo mi nueva indumentaria. En el camino, aproveché para grabar algunos de los lujosos autos que pasaban. Me seguía sorprendiendo ver que los taxis eran Toyota Corolla, Volkswagen e incluso Porsche. Los vehículos de alta gama dominaban las calles, sin rastro de los clásicos Fiat 600 o Renault 12. Los Mercedes Benz eran omnipresentes.
Tomé la foto de una camiseta que llevaba una señal que decía ‘No hay canguros en Austria’, una pequeña ironía para aquellos que confunden este país con Australia.

Después de comer por tercera vez en el día, algo raro durante mis viajes, entré al subterráneo sin pagar. Aunque seguro estaba mal, no había molinetes ni controles de ningún tipo. Tan sencillo como eso. También me encontré con un complicado sistema de ascensores, cuyas instrucciones en alemán resultaron incomprensibles. Cada botón o cartel desconocido me sumergía más en la sensación de estar en un lugar ajeno. Me sentí, otra vez, como si hubiera viajado en el tiempo a una ciudad ultramoderna para la cual no estaba preparado.
Necesitaba ir al baño, así que usé el de la estación. Sobre los urinarios vi una pantalla que mostraba el dibujo de un hombre mirando de reojo los genitales de otro hombre que orinaba a su lado. Pensé que era una advertencia que indicaba que no se debía mirar a las otras personas, pero resultó ser otra cosa: publicidad. Al parecer, miles de personas usan el baño todos los días en Viena y el tiempo de permanencia allí es de 40 segundos en promedio. Eso, de acuerdo con los publicistas, es una buena oportunidad para promocionar sus productos.
Grabé un video sobre ello antes de saber que en realidad no era una advertencia para los relojeadores de bultos.
Con la noche ya instalada, me dirigí de vuelta hacia la estación. Aún tenía algunas horas de espera, por lo que decidí pasar el tiempo y tomar un café en uno de los bares de la terminal. Resultó ser mucho mejor que cualquier otro bar que hubiera visitado. Aproveché para tomar una foto de un auto exhibido en el lugar que parecía ser de Fórmula 1.

Pedí un café. Mientras saboreaba mi bebida, noté que en las múltiples pantallas del bar se transmitían al menos diez partidos de fútbol de forma simultánea. Estaba lleno de hombres que daban rienda suelta a su pasión por el fulbo a los gritos, con aliento a cerveza.
Cuando necesité usar el baño, me encontré con un obstáculo: estaba protegido por un código que no logré descifrar. Fue entonces cuando un hombre con parálisis cerebral se acercó y, con sus manos temblorosas, tipeó el código.
Le agradecí en alemán y entré. Pensé en mi hermana. Al salir, quise retribuir su amabilidad, por lo que me dirigí a la camarera y le pregunté cómo podría hacerlo feliz. «Con una cerveza», respondió ella, con una sonrisa de oreja a oreja. Sin dudarlo, pedí una birra para mi nuevo amigo, gesto que él recibió con efusivas muestras de gratitud.
De nuevo pensé en Ángeles. Ella siempre está.
Una hora después, abandoné el bar. Se acercaba el momento de la partida. Me dirigí a la parada del bondi, pero noté algo extraño: no había nadie esperando. Ningún autobús llegaba. Esperé y esperé, hasta que faltaron 15 minutos para la hora de salida prevista. En ese momento, me dije a mí mismo: «Aquí hay un problema. Esto no es normal”.
Entonces comencé a pedir ayuda a las pocas personas que estaban allí. Eran casi las 10, y no mucha gente andaba por la calle a esa hora. Nadie parecía entender inglés. Al final unos extranjeros, cuya nacionalidad no pude distinguir en la penumbra, me informaron que aquel billete que yo tenía no era de autobús, sino de tren. Sin perder tiempo, me dirigí corriendo hacia el interior de la estación. El corazón me latía en el pecho con fuerza mientras buscaba con desesperación el tren que me llevaría lejos de aquel lugar.
Empecé a correr cada vez más fuerte. Corrí como alma que lleva al diablo, con la pesada mochila golpeándome la espalda. No lo encontré. No sabía cómo funcionaba el sistema.
Cuando el reloj marcó las 22:10, me cayó la ficha. Perdí el tren. Y las esperanzas. Se me hizo un nudo en la garganta. Me sentí un fracasado. Me senté en un banco de la sala de espera de la estación, rodeado de la mirada indiferente de otros viajeros. «Estoy solo y perdido», pensé. Miré a mi alrededor. Solo había algunos ucranianos, linyeras y otros viajeros —como no podía ser de otra forma—, todos ajenos a mi dolor.
Me quedé sentado en aquella sala de espera mientras sentía que el mundo entero se desplomaba sobre mi espalda. Me invadieron pensamientos de autodesprecio y dudas sobre mis capacidades. ¿Qué estás haciendo, Federico? Ni siquiera podés tomar un tren, culiao, y querés cubrir una guerra. Pajero.
Me abrumó la sensación de incompetencia. ¿Qué le iba a decir a mis jefes? ¿Y a mi familia?
Pero como mi vieja parió a un porfiado y no a un perdedor, decidí no dejarme vencer por la adversidad. «Me niego a rendirme», pensé. Al estar rodeado de refugiados ucranianos, debía encontrar algo que pudiera aprovechar para mi trabajo. «Creo en Dios», pensé. «Dios me va a salvar. Dios y Ángeles me van a salvar».
Me saqué una foto. «Voy a recordar este momento como el día en que no tiré la toalla», pensé. Tampoco tenía otra opción, claro, todo hay que decirlo.

Levanté el culo de la silla y salí a buscar algo para laburar.
Con el Google Lens en la mano, entendí que la terminal estaba llena de carteles informativos, especialmente dirigidos a aquellos refugiados que requerían ayuda urgente o no tenían los medios para alojarse en un lugar seguro. Ofrecían refugio temporal, comida o artículos de higiene personal. Para una nota no alcanzaba. ¿Qué iba a decir? ¿Que los ucranianos podían viajar gratis?

Había personas durmiendo en cualquier lugar disponible, desde los asientos de los restaurantes hasta el suelo de la terminal, con todas sus pertenencias a su alrededor. Muchos viejos también, tirados como perros, usando una mochila de almohada.
Abordé a decenas de personas, pero no estaban dispuestas a hablar conmigo o no hablaban inglés. Intentar entablar conversaciones con refugiados que estaban huyendo en medio del frío invernal era casi una misión imposible. Sin cámara, sin equipo, sin nada que dejara entrever que yo de verdad era periodista, no muchos confiaban. Cada rechazo aumentaba mi sensación de frustración y mi propia percepción de incompetencia. Me sentí cada vez más inadecuado para enfrentar (y contar) la magnitud de lo que estaba presenciando.
Volvía siempre al mismo lugar: ¿Qué carajo estoy haciendo? Me lo pregunté en el cementerio, en el avión, en Barajas, en Múnich, y ahora en Viena.
Y nunca tenía respuesta.
Houston, tenemos un problema. O varios. Y no hay mamá ni papá ni nadie que venga a salvarte.
