Viajo y Escribo en Ucrania: diario de guerra #8

Continúa siendo 8 de marzo de 2022

Terminé de escribir la entrevista con el amigo ucraniano a bordo del tren de las 8. Pasé las notas a la computadora (con mi flamante adaptador como protagonista) y luego las envié al diario por e-mail. Por ahora, misión cumplida.

El inspector de boletos subió al tren una hora después. Pensé que mi pasaje iba a rebotar, pero la máquina controladora emitió una luz verde de esperanza al escanear mi código QR. Las cosas parecían estar mejorando.

Salí de Austria y atravesé otro país. Había que pasar por República Checa para llegar a Polonia, y lo hice sin darme cuenta de que estaba cruzando fronteras. Cuando revisé el mapa me di cuenta de que podía sumar otra nación a mi lista de lugares visitados. Dios bendiga al régimen fronterizo de la Unión Europea.

Llegué a Polonia. Los sonidos y carteles a mi alrededor eran bien diferentes al alto alemán hablado en Múnich y Viena. El idioma polaco parece salido del infierno. Un joven que pasó con un carrito vendiendo café me confesó, en inglés, que preferiría estar en otro lugar, pero no tenía otra opción que trabajar.

Todo iba bien hasta que me percaté de que el tren se estaba desviando del rumbo que tenía previsto. En lugar de dirigirse hacia Cracovia, al este, siguió rumbo a Varsovia, hacia el norte. Al parecer yo debía hacer un transbordo en Katowice.

«¿Por qué no te bajaste en Katowice?», pensé. «Porque soy estúpido», respondí. Lo cierto es que resulta difícil moverse por países donde uno no habla el idioma. Con el corazón latiendo rápido por la incertidumbre, decidí bajarme en la primera estación a la que llegamos.

Al descender del tren, lo primero que captó mi atención fue un cartel que decía ‘Perón’. No pude evitar soltar una risa irónica ante la coincidencia. ¿Peronismo intercontinental? Perón en polaco significa plataforma. Todos unidos triunfaremos.

Caminé por la estación y me topé con una placa conmemorativa que recordaba los oscuros días en los que los nazis deportaron a miles de inocentes hacia un destino trágico.  

“Desde este lugar, durante la Segunda Guerra Mundial, los alemanes nazis deportaron varios miles de personas inocentes a su muerte. Eran judíos de Zawiercie y de comunidades cercanas, que vivieron y estuvieron con nosotros durante siglos. Nunca nos olvidaremos. El pueblo de Zawiercie”. 

Mi paso por Zawiercie estuvo signado por un doble desafío. En primer lugar, la barrera del idioma: nadie parecía entender inglés, y no tenía internet en el celular, así que me vi obligado a intentar comunicarme con los locales a través de señas. Pero el problema no se detuvo ahí. Al intentar comprar un boleto, una mujer dibujó un número en un papel. Le mostré mi tarjeta de crédito, pero negó con la cabeza. «Zlotys», dijo. Saqué un billete de 10 dólares de mi billetera, pero volvió a realizar el gesto de negación.

¿Dónde carajo puedo cambiar mis dólares por zlotys en Zawiercie? Un hombre que estaba ahí me llamó con la mano y me pidió que lo acompañara. Caminamos unos 400 metros y entramos en un lugar donde pude comprar la moneda local. La comunicación fue una mezcla de gestos, un poco de inglés y mucha paciencia.

El tipo me preguntó de dónde era. “Argentina, Maradona”, dije. No sé por qué. Como si nombrarlo al Diego fuera una llave maestra universal.

El chabón puso una cara de culo monumental y murmuró algo que sonó a “drogui”. No sé si quiso decir “drogadicto” o si simplemente escuché cualquier cosa. En Polonia nada sonaba familiar. A partir de ese momento, decidí no volver a nombrar al 10 y limitarme a responder lo que me preguntaban. Al final, le di la mano al hombre y le agradecí en polaco. Yenkuie, le dije. Era la única palabra que sabía, además de «kurwa», famosa en todo el mundo por significar «puta». No podía decirle «puta» al tipo, así que le dije «gracias».

El hombre no sonrió, sino que apenas asintió con la cabeza, y se fue.

Como me rugían las tripas, decidí entrar en un negocio para degustar un panchito y una botella de agua local, lo más barato del lugar. ¿Por qué compré un panchito? Porque vi un cartel con la imagen de un panchito y se lo señalé a la mujer de la tienda. Aquella era la única forma en la que podía comunicarme. Es muy frustrante estar en un país donde uno no es capaz de entender el idioma. Debe ser algo parecido a lo que viven las personas que no saben leer. De verdad uno se siente perdido. 

Una vez almorzado, regresé a la estación de trenes y escribí «Katowice» en un papel. La mujer señaló el importe en el papel escrito con anterioridad. Le entregué el dinero, y a cambio me dio un pasaje en polaco. Con su lapicera, dibujó un círculo alrededor del número del tren y la hora de partida.

Mientras esperaba en el andén, intenté calentarme las manos frotándolas entre sí. Me sentía helado hasta los huesos.

El tren llegó y partimos hacia el sur. Horas después, llegamos a Katowice. Más aliviado, descendí del tren y busqué internet en la estación. Una vez conectado, descubrí que debía ir hasta Przemyśl, la ciudad polaca ubicada en el límite con Ucrania.

Caminé por la terminal de trenes mirando los carteles hasta que encontré el bendito Przemyśl. Me dirigí hacia el vendedor, y muy seguro de mí mismo, dije en perfecto inglés: Hello sir, I need a ticket to Przemyśl, please. Thank you.

El hombre me miró con una expresión de incredulidad y solo contestó:

—Where?

—Przemyśl, please. —respondí.

—What is Przemyśl?

Hastiado, señalé el cartel ubicado a la derecha del hombre, donde era evidente que decía Przemyśl.

—Oh, Shemishoul —dijo.

¿Shemishoul? ¿Cómo puede ser que Przemyśl se pronuncie Shemishoul? Era evidente que estaba en una nueva dimensión lingüística.

Un joven polaco muy amable me ayudó a encontrar la plataforma. Decidí no correr más riesgos y joder a todo el mundo con tal de cumplir mis objetivos: no quería volver a perder un tren durante el tiempo que quedara de viaje.

Diez minutos después de mi llegada al andén, el tren partió, esta vez hacia el este, el camino correcto.

Desde la ventana del tren contemplé bosques pintorescos y construcciones que evocaban la época soviética. «Esto era la URSS», pensé, mirando la característica uniformidad arquitectónica de los edificios cuadrados y masivos. El contraste con la arquitectura austriaca era evidente.

Quise contar lo que veía. Todo me parecía importante. El cielo era blanco; los pastizales, amarillentos. Muchas de las paredes de las casas estaban salpicadas por grafitis. Los árboles, despojados de sus hojas, le daban a la escena un aire melancólico, lo que me recordó a las películas de la Segunda Guerra Mundial. Siempre hace frío y es blanco el cielo durante el invierno polaco.

Intenté descansar un poco, después de pasar la noche en vela. A veces me sorprendí a mí mismo dando cabezadas involuntarias. El frío se filtraba a través de la ventanilla. Seguía fascinado por el paisaje y la atmósfera única de esa tierra.

Casi no parecía que estaba yendo a la guerra.

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