Viajo y Escribo en Ucrania: diario de guerra #10

9 de marzo de 2022

Una vez cruzamos la frontera, una joven de no más de 20 años se acercó y me pidió el pasaporte. Tenía el pelo de un rubio raro, casi colorado, atado en dos trenzas como si fuera una nena de primaria. Estaba vestida de militar y llevaba una Kalashnikov cruzada en la espalda. Era obvio que la habían puesto ahí a propósito.

Verla en medio de esa situación me hizo pensar en Argentina y las chicas de su edad. Mientras para algunas la preocupación de sus vidas es salir a bailar, la facultad, el trabajo o el novio… ella estaba ahí, parada en la nieve, armada, controlando documentos en la frontera de un país en guerra. ¿Quién vive y quién sobrevive? ¿Quién se adapta? ¿Quién resiste? ¿Quién es preso de las circunstancias? ¿Para cuántos el aire es gratis?

Miré de nuevo a la chica —porque era casi una nena— que seguía pidiendo pasaportes con la Kalashnikov colgándole del hombro. Irradiaba seguridad. Me quedé mirándola, pensando en el significado de la valentía.

El tren de Przemyśl a Lviv tardó cuatro horas. A veces se detenía en medio de las vías. Nunca supe por qué. Iryna me advirtió:

—Ya verás lo que es la terminal de Lviv cuando lleguemos.

Tenía razón.

Llegamos a Lviv y bajamos del tren. El ambiente estaba cargado de tensión Nos recibieron unos carteles que no dejaban lugar a dudas: “Руський Солдат Іди на х*їн”, algo así como “Soldado ruso, vete al infierno”. Vi otros parecidos mientras caminaba por la zona.

“Bueno, loco, estás en Ucrania. Mirá hasta dónde te llevó ser tan porfiado”, pensé.

El frío era brutal. Para calentarse, la gente se agrupaba alrededor de fogatas dentro de tambores de 200 litros. Empezó a nevar. El humo de los fogones se mezcló con los copos de nieve y las luces de la estación, y la escena se volvió irreal. Para mí, el tiempo se detuvo.

Iryna sugirió que fuéramos a la terminal de trenes.

—Puede ser interesante para tu cobertura —dijo.

La estación de Lviv

Caminamos hacia la estación central, la más grande de la ciudad. Una vez adentro, me chocaron tres cosas.

La primera: estaba abarrotada. Miles de personas huían de la guerra.

La segunda: la magnitud y belleza del edificio. Una obra arquitectónica impresionante. “Este es uno de los países más pobres de Europa y, aun así, están años adelante de nosotros”, pensé.

La tercera: el olor. Una mezcla espesa a pis y chivo que flotaba en el aire.

Caminé esquivando cuerpos y valijas, abrumado. No se podía avanzar. Vi madres con hijos, familias completas, viejos, chicas jóvenes. Algunos dormían en el piso, envueltos en mantas; otros hablaban por teléfono o miraban fijo a la nada.

“¿Cómo voy a cronicar esto?”, pensé.

Al ver que estaba filmando, algunas personas me hicieron comentarios, pero no entendí lo que decían. Maldita barrera del idioma.

Un grupo de militares me frenó y me preguntó en inglés por qué estaba filmando. Les expliqué que era argentino y periodista. Les mostré la credencial y el pasaporte. Me devolvieron los documentos y uno de ellos me alcanzó una taza de café caliente.

Tenía que mandar otra nota. El problema era que no tenía buen internet ni dónde sentarme a escribir, y la cabeza me latía del cansancio.

Al final encontré un rincón con Wi-Fi. Olía a meada fuerte, pero era el único lugar donde podía laburar. Intenté escribir de pie, sosteniendo la compu con una mano, pero era imposible. Me rendí y me senté en el piso, entre la mugre. De a poco me acostumbré al olor y al final dejé de sentirlo.

El movimiento no paraba. La cantidad de gente en tránsito era descomunal. Entraban y salían ucranianos sin parar: algunos huían hacia el oeste; otros intentaban volver a sus casas, como Sergei, Alla e Iryna.

Además del espanto por la guerra, el lugar estaba lleno de gestos de solidaridad. Vi mesas con donaciones de comida y agua. Ofrecían té, café, sopa, pollo, galletas y otras cosas sin cobrar un centavo. También había trenes gratuitos. En medio del frío y el caos, ese detalle me reconfortó: a pesar de la invasión, la gente se organizaba para no dejarse vencer.

Terminé de escribir la nota y la mandé a redacción.

“Espero que sirva”, pensé.

Es difícil que los que están lejos entiendan lo que cuesta trabajar en un lugar así. Desde una oficina, te exigen como si estuvieras sentado en tu casa, con buena conexión y un café al lado. Acá el café te lo da un soldado con cara de no haber dormido en días, y el escritorio es el piso mugriento de una estación llena de refugiados.

El reloj marcó las 5:30. No había hoteles disponibles ni nada que se le pareciera. Todo estaba lleno. No me quedaba otra que caminar, fumar y esperar. Por suerte cigarrillos y café no faltaban.

A las 6 de la mañana seguía llegando gente. Más valijas, más mochilas, más ojos rojos. Algunos buscaban un rincón donde tirarse; otros solo se sentaban en el piso con los chicos encima. Por todos lados había personas durmiendo, esperando, abrazadas a sus mascotas o a sus bolsos.

La mayoría eran mujeres. Como ya sabía, los hombres tenían prohibido dejar el país. El frío le agregaba una capa extra de violencia a todo. Una cosa es huir de la guerra; otra es hacerlo con varios grados bajo cero.

A las 7 ya había amanecido, pero el frío seguía pegando igual. El humo de las fogatas se mezclaba con la neblina, y las cenizas flotaban en el aire.

Vi un cartel a lo lejos, con los colores azul y amarillo y una inscripción. Le saqué una foto. Volví a la estación, abrí el traductor con el Wi-Fi y lo pasé al castellano. Decía:

“NUESTROS ENEMIGOS PERECERÁN, COMO ROCÍO EN EL SOL”.

Era una estrofa del himno ucraniano.

Llegó la hora de la partida de Sergei y Alla. Se iban en un tren hacia su ciudad. Les regalé unos chocolates, nos dimos un abrazo y se fueron. Me quedé con Iryna, que salía a las 9. Nos pusimos junto a una fogata y ella me sacó una foto que subí a redes. El fuego calentaba el aire, pero yo no entraba en calor. Nunca había tenido tanto frío en mi vida.

Zhanna y Tania

Estando en Argentina, me comuniqué con la embajada de Ucrania. Una mujer me atendió. Le conté quién era y que iba a la guerra. Escuchó todo y me dijo que iba a ver qué podía hacer. Horas después me mandó un mensaje: se llamaba Zhanna y me pasó un número de teléfono.

—Esta chica te va a alojar —me escribió—. Escribile.

Así lo hice. Zhanna es mi ángel ucraniano.

El reloj marcó las 9 e Iryna se fue. Mis ojos se cerraban solos. Llevaba casi dos días sin bañarme y sin dormir como la gente. Sentía el cuerpo roto. Quebrado. La última vez que dormí en una cama había sido en Múnich. Parecía una eternidad.

Cerca del mediodía, una joven ucraniana llamada Tania llegó a la estación con su padre para buscarme. El camino hasta el departamento se me hizo eterno. Las piernas me dolían y las construcciones que veía por la ventana parecían sacadas de la época soviética: bloques grises, fachadas gastadas, cielo gris, frío glacial.

Cuando llegamos al departamento, los ucranianos me recibieron con una calidez que me desarmó. Había comida preparada, calefacción, la cama lista. Agradecí como pude. Les dije que necesitaba un baño y dormir.

Tania hablaba un poco de español porque había pasado un tiempo en Sudamérica. Charlamos un rato. Me presentó a su padre, al que llamaba “Tato”, que en ucraniano significa papá. Eran dos completos desconocidos que me estaban abriendo la puerta de su casa en medio de una guerra.

Me bañé. Sentir el agua caliente en la piel después de tanta mugre y tanto frío fue como volver a nacer. No sé si se me cayó alguna lágrima, pero es posible.

Tania y su papá se despidieron, cerraron la puerta, y yo me dejé caer en la cama y me dormí sin sueños.

Desperté a las seis de la tarde. Ya era de noche otra vez. Comí un poco de los varenyky que me dejaron los ucranianos, y me senté a escribir sobre mi llegada a Lviv. La calefacción llenaba la casa de un calor suave. Grabé un video para mostrar el departamento y agradecí en redes el apoyo que estaba recibiendo.

La gente que conocí hasta ese momento —en la frontera, en el tren, en la estación y en esa casa— fue increíble. Lo que estaba viviendo también. Si no lo estuviera escribiendo, me costaría creer que me pasó a mí.

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