Viajo y Escribo en Ucrania: diario de guerra #11

10 de marzo de 2022

Al día siguiente salí a la calle a las seis de la mañana, bien abrigado, con la idea de caminar y conocer Lviv. La ciudad estaba gris y fría. El cielo era una tela opaca y las ramas peladas de los árboles se recortaban contra los edificios. Había poco movimiento. No era una ciudad desierta, pero sí una ciudad en tensión.

Lviv conservaba ese encanto europeo: fachadas viejas, mezclas raras de estilos, tranvías, calles empedradas. Todo tenía aire de Europa del Este: bella, exótica y atravesada por la historia.

Lo primero que me llamó la atención fueron los carteles sobre la guerra pegados en distintos puntos del centro. Los había visto el primer día, pero ahora pude prestarles más atención.

¡No se puede destruir un sueño! ¡Y el avión lo vamos a construir (de nuevo)!
Ucrania está unida. #Juntos

Caminé un rato largo hasta que compré lo que iba a ser la base de mi dieta europea: shawarma. Carne, trigo, verduras y salsa. Rápido, barato y rendidor. No es la mejor comida del mundo, pero servía. Me senté en un banco a comer y empecé a tirarles migas a unas palomas. Primero vino una, después dos, después muchas. Les hablé en español, en inglés y hasta en portugués, pero no respondieron. Mis idiomas no servían ahí. Si alguna me entendió, decidió ignorarme.

La gente iba muy abrigada, y casi todos iban de negro: camperas largas, gorros, bufandas, guantes. Yo también, pero igual sentía el frío en la cara. Intenté sacarme los guantes, pero tuve dos minutos de gracia. Después, mis manos se pusieron rojas y frías hasta que se entumecieron.

Mientras caminaba, me caía encima la pregunta de siempre: ¿qué carajo se supone que tengo que contar de todo esto?

Recorrer la ciudad es una cosa; hacer periodismo, otra distinta. Yo veía tranvías viejos, autos mal estacionados que parecían salidos de otra década, edificios enormes sin color, cables de trolebús colgando por encima de las calles. Todo eso era interesante para mí, pero no sabía si era interesante para alguien más.

En Lviv había muchos periodistas. Polacos, americanos, italianos, españoles. En su mayoría buena onda. Nos cruzábamos en la calle, en las cafeterías, en la estación. Yo me anoté en el centro de prensa, un lugar donde te daban internet, café y un poco de estructura en el medio del quilombo.

Ahí nos dieron una hoja con instrucciones para trabajar en Ucrania:

• No llevar armas.
• No usar ropa verde oscuro ni táctica, para no parecer soldado.
• No filmar puestos de control, ni instalaciones militares, ni equipos, ni placas de los vehículos.
• No mostrar refugios, ni ubicaciones, ni coordenadas.
• Tener siempre acreditación del Ministerio de Defensa.
• Respetar el toque de queda: de medianoche a las cinco de la mañana, nada de fotos ni videos.
• Nada de binoculares, ni equipos con antenas raras: podés parecer espía.
• Conviene tener botiquín, bandera blanca, radio y teléfono satelital.

Yo iba tachando mentalmente: acreditación, todavía no; botiquín, no; bandera blanca, tampoco; teléfono satelital, ni soñando. Lo único que cumplía perfecto era lo de no tener armas.

También insistían con algo: contar con un fixer. La mayoría de los periodistas trabajaba con al menos uno: un local que hable el idioma, sepa por dónde moverse y evite que te mandes cagadas. Yo no tenía fixer, ni contactos, ni nada. Estaba solo con mi celular.

Antes de irme del centro de prensa me recomendaron instalar una aplicación de alarma aérea en el teléfono. La bajé. Probé el sonido. Era horrible, casi animal. Me quedé mirando la pantalla un rato, como si el ruido ya fuera parte de mi futuro cercano.

Salí otra vez a la calle. Lviv, sin guerra directa encima, era una ciudad hermosa. Panaderías con pocas cosas en las vitrinas, tranvías que se arrastraban por las vías, estatuas antiguas en una plaza central. Filmé un par de planos, pero mientras lo hacía me sentía vacío. ¿A quién le puede importar un tranvía viejo cuando hay bombas cayendo en otras ciudades?

Vi varios autos de prensa con la palabra “PRESS” pintada grande en el capó y el techo. Era una mezcla rara entre señal de identidad y amuleto. Como si poner esa palabra te volviera menos vulnerable. Me puse en la piel de un soldado ruso: «Mirá aquel, tiene un cartel de PRESS, mejor apuntemos los cohetes para otro lado».

Tétrico.

Llegué a la estatua de Taras Shevchenko. Poeta, pintor, prócer. El tipo que les dio voz a los ucranianos en el siglo XIX. Lo miré un rato, pensando en lo que diría si viera todo esto: un país otra vez en guerra, otra vez con Rusia del otro lado. Otra vez la burra al trigo.

Más adelante encontré una imagen de la Virgen. A un costado, una mujer rezaba en silencio, con la cabeza gacha. En tiempos de guerra, para muchos rezar es lo único que queda. La miré un rato largo, sin sacar el teléfono. Después sí, le saqué una foto. La subí a Instagram con un par de líneas. Las redes, que a veces son puro ruido y show, ahora me parecían una forma de dejar constancia de que esa mujer existía, de que estaba rezando en esa esquina de Lviv mientras sonaban sirenas en otras partes del país.

La foto tuvo pocos likes. ¿Tetas y culo? Viral. ¿La Virgen María, con su eterna misericordia? Meh. Ruega por nosotros, los pecadores.

En otra plaza vi el monumento a Adam Mickiewicz, polaco ilustre. Lo que más me impresionó fue el dorado de algunos detalles. Contra el cielo gris, ese brillo mínimo era casi un gesto de amor y rebeldía. Agradecí ver algo de color entre tanta tristeza.

Alrededor de varias esculturas noté algo que me pegó fuerte: muchos monumentos estaban envueltos en plástico, madera o estructuras de protección. Era como ver estatuas momificadas. No hacía falta ningún comunicado oficial: la ciudad estaba blindando su memoria por si el cielo se caía a pedazos.

Seguí caminando. Eran alrededor de las dos de la tarde. La temperatura marcaba tres grados bajo cero. El clima no era una anécdota: era otro frente de batalla. Y hasta ahora, yo iba perdiendo.

Necesitaba cambiar plata, así que busqué una casa de cambio. Cambié cien dólares por moneda ucraniana y me dieron unos tres mil grivnas. Mientras contaba los billetes, un hombre se acercó y me empezó a hablar. Le contesté en inglés, en español, en portugués y en italiano. Nada. No hubo manera. El tipo hablaba su idioma, yo el mío, y al final cada uno siguió su camino. Parecía un linyera, pero jamás miró los billetes. Solo a mí.

También necesitaba internet. Un tipo vendía chips en la calle, y le compré. Todo estaba en ucraniano, claro. Le di el teléfono al vendedor, le hice señas con las manos, él tocó un par de cosas, puso la SIM, configuró todo y me lo devolvió. Listo: ya tenía línea local. Un pequeño triunfo.

Tomé un ómnibus para volver hacia la zona de la estación. Era viejo, ruidoso, lleno de detalles gastados. Me pareció acorde al momento: nada encajaba del todo, nada estaba por completo en su lugar.

Volví a sacar fotos y videos: chicos jugando en una plaza, gente haciendo fila en un negocio, parejas que caminaban de la mano como si nada. Todo era normal y a la vez no. Miraba el material y sentía que no contaba nada. Eran imágenes de vida cotidiana en un país al borde del abismo, pero sin abismo a la vista. Y yo necesitaba mandar una nota.

Recordé que cerca de donde me estaba quedando había un mercado. Fui hasta ahí para comprar comida. Las góndolas estaban casi vacías. Faltaban varios productos básicos. Pensé que algunas personas se estaban stockeando por las dudas. Otros solo pasaban por la ciudad y se llevaban lo que podían.

Volví al departamento con un par de cosas en la bolsa y la cabeza llena de ruido. Debía escribir una crónica, pero no tenía casi nada. Lviv estaba fría, gris, tensa, hermosa y triste. Pero todavía no me daba historias.

Entonces pensé en lo que había visto en el supermercado. Tal vez por ahí había un comienzo. Desabastecimiento. Guerra. Gente que compra de más, gente que no consigue nada. Si quería contar algo concreto, iba a tener que hablar con alguien que trabajara ahí.

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