17 de marzo de 2022
Hubo un malentendido con el horario. Creà que el tren de Lviv a Kyiv salÃa a las cinco de la mañana, pero en realidad era a la una de la tarde. La mujer de la estación me dio mal la información el dÃa anterior. Esa mañana me levanté temprano y pasé frÃo por nada. Después me resigné y esperé el resto de las horas deambulando por la terminal, fumando y tratando de hablar con la gente, sin mucho éxito. Al final terminé sentado en un rincón. La estación ya no era el hervidero del primer dÃa.
Poco antes de subir al tren llegó un numeroso grupo de argentinos, entre ellos un periodista famoso. Los vi en el andén. Los reconocà al instante. Entraron haciendo ruido, hablando fuerte, desentonando con el resto de las personas. Llevaban chalecos, cascos, drones y cámaras. Llamaban la atención de todos, y mal. Ningún periodista serio anda con chaleco y casco tan lejos del frente. ParecÃan más actores que periodistas. Teatro para Instagram.
Aun asÃ, pensando que tal vez su presencia podÃa servirme, los saludé. Charlamos un rato. TenÃan de todo: cámaras de primera, chofer, una productora que organizaba todo, una fixer argentina que hablaba polaco y ucraniano. Uno filmaba, otro editaba, otro escribÃa los textos, otro subÃa el material. Eran un equipo completo. Yo tenÃa un celular y nada más. Me dio un poco de vergüenza y —para qué negarlo— de envidia, pero me quedé con ellos. Subimos juntos al tren.

El pasaje era gratis. Ese tren casi siempre hacÃa el recorrido inverso, de Kyiv a Lviv, lleno de refugiados. A veces llevaba alimentos o medicinas. Por eso muchos lo llamaban el tren de bandera blanca. Esta vez iba casi vacÃo.
Desde la ventanilla vi cómo el invierno empezaba a aflojar. La nieve se derretÃa en los costados de las vÃas y dejaba ver tierra húmeda, marrón, con manchas de verde que de a poco se asomaban. Pasábamos por campos pelados, galpones, algún tractor viejo. De vez en cuando aparecÃa una aldea: casas bajas, alguna chimenea humeando. Todo se veÃa quieto, como conteniendo la respiración.
Mientras el tren avanzaba hacia Kyiv, pensé en la gente que seguÃa con su vida como podÃa. En los que se iban y en los que volvÃan. Y en mÃ, que iba en sentido contrario a casi todos, con una mochila, sin chaleco ni casco y con la improvisación como bandera. En algún momento alguien me sacó una foto en ese vagón. Semanas después, ya de vuelta, un tipo vio esa foto y me dijo:
—Ese va a ser el dÃa del que te vas a acordar toda la vida: el dÃa que fuiste a Kyiv en tren.
No se equivocó.
El periodista famoso me preguntó si querÃa salir en televisión. Le dije que sà y hablé unos segundos. Fui condescendiente: el hombre le hace caricias al caballo, pa’ montarlo. Cada vez me conozco más.

Cayó la noche. Antes de llegar a la capital, un soldado armado dio la orden: bajar las cortinas y no encender ninguna luz. La idea era no llamar la atención por si habÃa ataques rusos. El vagón se quedó a oscuras, apenas iluminado por las pantallas de los celulares. Nadie hablaba mucho.
Llegamos a Kyiv alrededor de las nueve de la noche, escoltados por soldados. Al bajar, nos enteramos de que no podÃamos salir hasta las siete de la mañana por el toque de queda. TenÃamos que pasar la noche en la estación, custodiada por militares con Kalashnikov colgando del pecho.
Mientras hacÃamos la fila para el control de documentos, me di cuenta de que lo que me faltaba no era un papel cualquiera, sino la acreditación de prensa. TodavÃa no la tenÃa. Estaba entrando a la capital de un paÃs en guerra, de noche, sin el papel que todos los demás llevaban encima.
Los policÃas y los militares paraban a todos. Miraban pasaporte y acreditación. Miré a los argentinos y me escondà entre ellos. Estábamos a oscuras. Uno de los soldados tenÃa el fusil en la mano; el otro nos apuntaba a la cara con una linterna.
En un rincón, el periodista famoso esperaba como todos, tapado con una manta, con cara de estar con hambre y frÃo. Los otros lo cuidaban.
Cada vez que el soldado levantaba la vista y gritaba algo en ucraniano, sentÃa que lo hacÃa para mÃ. No entendÃa una palabra, pero el tono era inconfundible.
«Pensá rápido», me dije a mà mismo. Bajo tensión funciono mejor.
Cuando llegó mi turno, el corazón me golpeaba dentro del pecho. Vi que al tipo de adelante le revisaban la acreditación de prensa. A mà nadie me explicó qué pasaba si no la tenÃa. En mi cabeza podÃa pasar de todo: desde zafar hasta que me mandaran de vuelta a Lviv o, peor, terminar esposado.
Miré el cañón del fusil. «Esto no es el Counter-Strike», pensé. Son de verdad. Una bala y se acabó todo.
¿Viste alguna vez una Kalashnikov en serio? Qué afortunado sos.

En un segundo tomé una decisión: bajé la cabeza, apuré el paso y me pegué al tipo del frente. Crucé veloz, entre uniformes y fusiles, como si supiera dónde iba. Nadie me frenó. Un soldado me rozó el brazo con la Kalashnikov al girar hacia otro lado. Seguà caminando sin mirar atrás, con las piernas blandas.
Cuando me quise acordar, ya estaba del otro lado del control, respirando como si hubiera corrido quince kilómetros. A los demás les seguÃan pidiendo la acreditación; a mÃ, nada. Esa noche entendà que, en Kyiv, un papel, un sello o una mirada de más te pueden cambiar la vida.
Ya en la estación, uno de los argentinos me ayudó a sacar la acreditación. Le agradecà como se agradece a alguien que te presta plata para comer. Y es curioso: primero te caen mal, después te terminan ayudando. Hay que saber hablar y hay que saber quedarse callado.
Cada vez que recuerdo mi llegada a Kyiv, vuelvo a ese momento en la estación: yo pasando entre soldados armados, entre la oscuridad y el frÃo, sin el papel que todos tenÃan. Con la certeza de que las cosas pudieron ser distintas.
A veces un par de huevos bien puestos es lo único que necesitás.
Pero, por lo general, lo correcto es tener la puta acreditación con vos.
