19 de marzo de 2022
Pasar la noche en la estación de tren de Kyiv significó pelear contra el frío y las tinieblas. Los periodistas argentinos se las arreglaron para estar cómodos: tenían comida, frazadas, termos. Yo le pedí prestado un cuchillo a un fotógrafo canadiense para cortar el salo con pan y mostaza que me regaló Tania en Lviv. Sentí otro arrebato de gratitud mientras masticaba aquel manjar llegado del cielo.
Pero todavía estamos en la estación. Hombres, mujeres y niños trataban de dormir en los bancos, entre máquinas de café y valijas, mientras una voz femenina anunciaba la salida de trenes hacia no se sabe dónde. A pesar del frío que se colaba por todos lados, se notaba que el edificio había visto épocas mejores. Entre la penumbra adiviné una mezcla de estilos: barroco y ciencia ficción soviética. Arañas enormes colgaban del techo. Las molduras y columnas desentonaban: eran un lujo raro para un lugar donde sus ocupantes intentaban no pensar demasiado.
En un momento nos dejaron pasar a otra sala de espera. Había café y el frío allí dentro parecía más soportable. Las sillas no eran cómodas, pero en aquel espacio se estaba mejor que temblando a oscuras, en los andenes, viendo las pitadas de los ucranianos entre las sombras. Como un tucu-tucu en la oscuridad.

Cada tanto yo también fumaba. Fumé mucho durante ese viaje, y seguí fumando hasta mucho tiempo después. Pero en la Estación de Kyiv, cualquier excusa servía para mover las piernas, mirar alrededor, respirar un poco de aire helado y volver.
Intenté grabar y contar lo que estaba viendo. Me duró poco. Cuatro tipos armados con fusiles de asalto me rodearon y me pidieron el celular. Se los di y me ordenaron borrar todo. No hubo negociación posible. Uno miró la pantalla mientras yo borraba los videos, uno por uno. Ver cómo desaparecía el material me desconsoló. Era lo poco que tenía para mostrar. Y yo estaba ahí para contar lo que pasaba, no para comer salo.
Nunca entendí qué les molestó: ¿la pantalla con los horarios o el andén vacío y oscuro? El tema es que cuando un puñado de soldados armados y con cara de pocos amigos te piden que hagas algo, a uno no le queda mucha voluntad para contrariar.
Al día siguiente, cuando por fin pudimos salir, recibí críticas del equipo de TN por no estar “equipado como corresponde”, al menos con chaleco. Les pregunté si tenían uno de sobra y me dijeron que no. De cualquier modo, no esperaba nada de ellos. Sentí que me veían con una mezcla de superioridad y compasión.

Cuando el reloj marcó la hora de salida, me aventuré hacia las afueras de la Estación Central de Kyiv. Los otros se fueron en taxi; yo decidí caminar. Me topé con una ciudad sumida en el silencio más absoluto. Una niebla espesa cubría las avenidas. Según los reportes oficiales, ese fin de semana la calidad del aire en Kyiv era casi treinta veces peor que lo recomendado por la OMS. El aire raspaba al entrar por la nariz.



Uno espera ver una ciudad arrasada cuando llega a una capital en guerra. Kyiv no era así. El centro estaba casi intacto. El frente quedaba en la periferia, sobre todo al noroeste. Las calles estaban casi vacías: pocos autos, ningún negocio abierto. Barricadas de bolsas de arena y estructuras de metal cortaban algunos cruces.
En la zona céntrica me sorprendió ver las vidrieras de las tiendas de marcas famosas. Estaban peladas, como arrancadas de cuajo. Habían cerrado las puertas y las ventanas con llave y doble traba. En algunos casos, tapiaron todo con maderas. El silencio solo se cortaba cada tanto por algún disparo lejano.
O por una explosión.

En Kyiv escuché una explosión por primera vez en mi vida. Sonó lejos, pero suficiente para que el estómago se me encogiera. Fue como si la guerra, que hasta entonces era ruido de sirena y noticias en el celular, se plantara de golpe delante de mí. Después vinieron más. Una, y otra, y otra vez, hasta que perdí la cuenta. Al principio cada estallido me dejaba con los pelos de punta; después, uno se acostumbra a vivir con ese ruido de fondo. ¿Es costumbre o endurecimiento? No lo sé. Lo que sí sé es que ese sonido se queda dentro de uno para siempre.
«No puedo creer que esté escuchando bombas», pensé. Cohetes. Artillería. Proyectiles.
Y entonces me cayó la ficha: esto es la guerra.
