Viajo y Escribo en Ucrania: diario de guerra #17

Sigue el 19 de marzo de 2022

Llegué al hotel y pregunté por una habitación. Cincuenta dólares por día con desayuno incluido. Acepté sin pensarlo. Apenas cerré la puerta, sentí el cansancio de la noche en vela y me tiré a la cama. Cerré los ojos y dormí hasta la madrugada.

El desayuno fue un banquete: salchichas, huevos, queso, frutas, café, pan, yogur, avena. Había de todo, y yo tragué lo máximo que pude. Sabía que el resto del día iba a ser otra cosa, así que aproveché. Después, a la noche, uno come algo liviano y listo: solucionado el tema de la comida por poco dinero.

En el hotel conocí a varios periodistas. Fue lo mejor que hice en términos profesionales. Eran buenos de verdad. Entre ellos estaba Joaquín Sánchez Mariño, un argentino. Me dio una mano y terminó regalándome un chaleco y un casco, aunque eran más simbólicos que otra cosa. Tal vez fueran capaces de detener algún pedazo de metralla perdido… pero si alguien decidía apuntar bien, no había chaleco ni casco que valieran. Joaquín tenía otro equipo, de mejor calidad.

También conocí a un fotógrafo salvadoreño muy talentoso que me recomendó que, si tenía la posibilidad, obteniera la ciudadanía europea. Él tenía pasaporte estadounidense.

Un periodista alemán comía todo el tiempo. Pedía varios platos y los bajaba como si nada. Trabajaba para un diario y, estando ahí, lo contrató una revista. Cambió de empleador. Aseguró que le pagaban varios miles de dólares por estar en Kyiv. Yo no cobraba un peso extra. En las charlas sobre salarios siempre quedaba claro quién era el que menos ganaba, por amplia diferencia. Es verdad: yo no estaba ahí por la plata, pero sí me hubiera gustado que mi sueldo no fuera una fracción del de los demás.

Conocí, además, a dos eslovacos que me dieron risa: tenían la habitación hecha un desastre y, aunque el alcohol estaba prohibido, siempre se las ingeniaban para conseguir una botella de whisky o de ron. Yo escabié un poco, no mucho, pero empiné el codo. Vitali, uno de los empleados del hotel, también tomaba. A veces, cuando estaba medio picado, nos convidaba vino. Un día alguien lo buchoneó y al día siguiente desapareció todo el alcohol del bar.

Los eslovacos consumían marihuana y me ofrecieron. Tenían un método de consumo de lo más curioso: se encerraban en la habitación, tapaban los detectores de humo y las rendijas de la puerta con mucha cinta y luego fumaban en la ventana, detrás de las cortinas. A veces salían a fumar a la terraza. De acuerdo con ellos, fumar cannabis en Ucrania era un crimen grave y podían tener serios problemas con la Policía si alguien los denunciaba.

Otro de los personajes del hotel era polaco, una celebridad en su país. Era un tipo que fumaba pipa y hablaba un perfecto inglés. Sabía mucho. Escuchaba. Se notaba que llevaba muchos años en esto. Aprendí mucho de él. «Es muy divertido», comentó sobre él una joven periodista estadounidense.

Otro de los personajes de la novela hotelera era un croata enorme, de gesto adusto y dos metros de altura. Recordaba la guerra serbo–croata de los 90. Cuando le dije que era argentino, expresó que Carlos Saúl Menem era un prócer en su país. Sobre Ucrania, dijo:

—Ya sabés cómo es esto. Estamos acá, pero es como si no estuviéramos. Nuestro trabajo no importa. Estemos o no estemos, no cambia nada. Antes éramos un vehículo de información valioso. Eso se terminó. Ahora no podés competir con el soldado que está al lado del tanque y filma con el celular. El periodismo está muerto.

Se veía amargado, resignado. No le faltaban motivos.

Una vez hubo un toque de queda de treinta y cinco horas. Durante ese período, no pudimos salir del hotel. Tuve la oportunidad de hablar con todos los demás: italianos, irlandeses, noruegos. Casi todos los huéspedes del hotel eran periodistas. Ahí me di cuenta de que, al final, yo no estaba tan perdido. Podía hablar de Afganistán, de Kazajistán, del Líbano, de Nagorno Karabaj. “A nadie le importa Nagorno Karabaj”, lamentó uno de los eslovacos.

Es cierto que mis notas no eran una maravilla. Pero también tenía problemas que en la redacción ignoraban: el idioma, el transporte, la logística básica. Ellos querían que fuera de acá para allá como si nada y que mandara información de último momento para levantar el tráfico. El tema es que las calles estaban cerradas, la circulación limitada y tampoco me tiraban un centro: no llamaron a nadie, no buscaron nada, no se movieron. Tenía que hacer todo yo. Solo.

Durante esos días hablé con algunos medios de Argentina, incluso de Buenos Aires, y eso me sumó en lo profesional. Mi número de seguidores en Instagram creció. Pero, al mismo tiempo, veía cómo la guerra pasaba de las primeras planas a noticias del segundo bloque. Con el correr de los días, a la gente dejó de importarle Ucrania, al menos al público masivo.

Una persona de un medio porteño me contactó para hacer salidas en vivo. La producción organizó todo tres veces… y tres veces me canceló minutos antes de salir al aire.

Yo estaba en Kyiv, cubriendo una guerra. Ellos, en una oficina con aire acondicionado, jugando con la grilla. Que cada uno saque sus conclusiones.

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