20 de marzo de 2022
En Kyiv casi todo estaba cerrado. La mayoría de las tiendas tenían las persianas bajas. Quedaban abiertos algunos supermercados y un puñado de despensas de barrio, nada más. Durante días se formaron colas larguísimas para comprar pan, cigarrillos y otras cosas. La escasez se veía en las góndolas y en las caras.
Las calles no eran distintas. Antes, Kyiv debía ser una ciudad vibrante; ahora casi no se veían autos ni transeúntes. El silencio de la capital se rompía, de tanto en tanto, por el graznido de algún cuervo, una sirena, un disparo de artillería.
Mi rutina empezaba temprano. Aprovechaba el desayuno del hotel como si fuera el último. Mientras comíamos, cada periodista planeaba adónde ir ese día a buscar historias. Los que tenían presupuesto se movían con chofer, traductor y productor. Yo tenía dos opciones: caminar —en una ciudad donde casi todo quedaba a diez o quince kilómetros— o usar Uklon, el Uber ucraniano.
Pero la ciudad estaba llena de barricadas y controles militares. Muchas veces los autos tardaban una eternidad en llegar. Una vez esperé dos horas por un vehículo. Cuando por fin salí, ya era “tarde” para mis jefes: me dijeron que estaba perdiendo el tiempo, que tenía que moverme antes, que así no se podía trabajar. Yo escuchaba los audios y pensaba que no tenían idea de dónde estaba ni de cómo era moverse en una ciudad en guerra. Explicarles no valía la pena.

El día más duro para mí en la guerra fue el 20 de marzo de 2022, en el distrito de Podilskyi. Todavía me cuesta ponerlo en palabras.
La destrucción se sentía en la nariz antes que en los ojos: olor a plástico derretido, humo, basura podrida. Ahí se había muerto gente. Los edificios de la manzana tenían daños, pero uno se llevó la peor parte. Un cohete ruso voló una pared entera como si fuera una maqueta de telgopor de la escuela. Los departamentos estaban abiertos al aire, desnudos.

A cincuenta metros a la redonda vi vidrios, ropa, hierros retorcidos, pedazos de muebles, latas, juguetes, escombros de todos los tamaños. Autos y motos ardieron por completo. Alrededor no había blancos militares ni oficinas del Estado: sólo edificios de viviendas, una escuela, un jardín de infantes y un supermercado.
Solo la escuela quedó en pie. Todo lo demás sufrió daños. No parecía que ese lugar fuese un objetivo militar, sino un barrio. Un ataque —intencional o no— contra la población civil. Un crimen de guerra.

Desde abajo se veía a los vecinos tratando de limpiar lo que quedaba de sus casas. Armarios, bibliotecas, sillones, camas, libros, ropa: todas las entrañas del hogar estaban al aire libre para que cualquiera las viera. Cada tanto caía un pedazo de concreto o de ladrillo y se sumaba a la montaña de escombros al pie del edificio. Ese montón era el cementerio de las cosas: casi todo lo que tenían esas familias estaba ahí.
Entré. La escalera estaba llena de vidrios. En un descanso, un triciclo. Adentro, grupos de ucranianos paleaban basura y restos de muebles, mientras periodistas de todo el mundo grababan la escena. Costaba caminar: casi no se veía el piso entre tanto vidrio, metal, papeles, ropa, zapatos, restos de electrodomésticos y tierra. Cada paso crujía. La posibilidad de recuperar algo servible era mínima.

Cuando salí del edificio, me quedé un rato apoyado de espaldas a la pared rota. Frente a mí vi a una mujer de unos sesenta años y, a pocos metros, a un hombre mayor. Lloraban en silencio. Las lágrimas les caían por las mejillas y se mezclaban con la luz del sol, que les pegaba en la cara. Parecía que brillaban. Era una imagen rara, hermosa y triste al mismo tiempo.
Me quedé inmóvil, mirándolos. En ese momento, un proyectil impactó cerca; la explosión me revolvió las tripas. La mujer salió corriendo para refugiarse. El hombre no se movió. Siguió parado ahí, como si ya hubiera visto suficiente como para asustarse por un estruendo más.

Se llamaba Babenko. Hablamos largo. Me mostró la mano izquierda, destrozada décadas atrás en Afganistán, cuando fue soldado del Ejército soviético. Tenía dos cicatrices más: una en el vientre, otra en la pierna. Su cuerpo era un mapa de guerras viejas.
—Los rusos son bárbaros —me dijo—. Esto no podíamos imaginarlo ni en nuestras peores pesadillas. Mirá lo que están haciendo: matan mujeres embarazadas y niños.
El odio se le veía en los ojos. Sin pedir permiso, las lágrimas volvieron a correrle por las mejillas.
—Defenderemos nuestra patria. Alejandro Nevski dijo: “Quien venga a nosotros con la espada, morirá por la espada”. Putin quiere ser un nuevo Stalin, pero no pensó en las consecuencias. Nosotros vamos a defendernos y él va a pagar.

Resultaba extraño escuchar una cita de Nevski en boca de un ucraniano que odiaba a los rusos, pero así eran las cosas en este país partido en dos por la historia.
En un momento, el hombre levantó del suelo un pedazo de batería de auto, uno de los tantos fragmentos que salieron volando con la explosión. Lo llevamos a un supermercado y lo pesamos: seiscientos gramos. Más de medio kilo de batería —plomo y ácido— convertido en proyectil improvisado. Todo eso viajando por el aire en un segundo. Pensé en lo fácil que es morir así.
Cuando se fue, me senté en un banco y me quedé mirando la pila de escombros. No pasaba nada: no había gritos, ni sirenas, ni gente corriendo. Sin embargo, sentí que ahí adentro algo estaba vivo.

Fue una sensación muy concreta, casi física: como si el tiempo se hubiera detenido y el lugar estuviera cargado de algo oscuro que buscaba meterse en uno. No era solo “qué hijos de puta que son los rusos”. Era otra cosa. Era sentir que esa maldad absoluta también me rozaba a mí, que me obligaba a ver mi corazón y a mirar de cerca mis propios rencores, mi propia violencia, mi propia podredumbre.
Días después sentí algo parecido en un viejo campo de concentración nazi. Hay lugares donde la maldad no se va nunca. Se queda pegada en las paredes, en el suelo, en el aire. Ahí los pájaros casi no cantan y el viento parece pasar pidiendo disculpas.

Ese día entendí algo simple: si existe el mal, también tiene que existir el bien. Y no alcanza con indignarse: hay que elegir, cada día, de qué lado se quiere estar. Todo el mundo tiene oscuridad en su corazón. Yo también.
Salvo mi hermana. Ella no tuvo un ápice de maldad, como si fuera un ángel. Por eso ya no está: los ángeles no son para este mundo.
Antes de despedirnos, Babenko me miró a los ojos y habló:
—Vuelve a casa, Federico.
Desde ese día jamás volví a ser el mismo.
