27 de marzo de 2022
Antes de irme de Kyiv, visité otro edificio bombardeado en el distrito de Sviatoshynskyi. Ya conocÃa la escena de memoria: fachada destruida, ventanas arrancadas, vidrios hechos trizas, escombros por todos lados. Y, entre todo eso, el mismo zoológico de siempre: cámaras, trÃpodes, cronistas en vivo, productores a los gritos en distintos idiomas.

En medio del ruido la vi a ella, quieta, como si el resto no existiera. TenÃa a su hijo en brazos y miraba a la nada. No hablaba con nadie. Me acerqué.
Se llamaba Ira. Era militar, pero estaba de licencia por maternidad. TenÃa ojos azules grandes, rasgos marcados, el pelo atado de cualquier forma. Dijo que el Estado le pagaba una pensión de 800 grivnas por mes, unos 28 dólares.
—Con eso no se vive —me dijo—. Ni siquiera alcanza para el supermercado.
Según contó, su marido tenÃa cáncer. Ella tenÃa miedo por él y por el niño. QuerÃa irse a Lviv, donde tenÃa amigos, pero no podÃa dejarlo todo, no tenÃa plata, no tenÃa nada claro.
—No entiendo cómo se supone que tenemos que sobrevivir asà —dijo, y empezó a llorar.

La guerra, el cáncer, un bebé encima, las bombas. A veces la vida junta todo lo que duele y te lo tira por la cabeza. Ira no estaba acostumbrada a pedir ayuda, pero ya no le quedaba otra.
Varios periodistas se acercaron. En un rato juntaron dos mil grivnas, unos 68 dólares. Una reportera ucraniana fue la encargada de guardar el fajo de billetes en el bolsillo de Ira. Ella agradeció entre lágrimas.
Una parte de mà quiso creer que todo era simple y limpio: una mujer desesperada, colegas solidarios, un gesto mÃnimo en medio del horror. Otra parte sospechó que la escena estaba demasiado perfecta para la cámara, demasiado ordenada. En guerra hay dolor, pero también hay puestas en escena. No supe qué pensar. Sólo sé que el nene no tenÃa la culpa de nada.



Visité otros lugares con la misma escena repetida: un cohete ruso, una manzana destrozada, la vida de alguien hecha escombros. Muertos todos los dÃas, familias rotas, dolor real.
Llevaba más de diez dÃas en Kyiv y cada estallido me seguÃa encogiendo el estómago. Una noche, después de charlar largo con otros periodistas en el hotel, cayó una bomba tan cerca que las ventanas vibraron. Nos miramos en silencio. Nadie dijo nada heroico. Sólo estábamos cansados.
Para nosotros, estar una semana en Kyiv era una eternidad. Ellos llevaban años viviendo asÃ. Yo todavÃa no me acostumbraba, y no querÃa hacerlo.
