Viajo y Escribo en Ucrania: diario de guerra #21

30 de marzo de 2022

Empecé a sentir que ya no tenía mucho más para contar. Que el lugar me estaba comiendo por dentro. Pero tenía claro que no debía volver directo a casa. Todavía no. Quería ver Odesa, el gran puerto del mar Negro. No sabía muy bien qué buscaba ahí: otra crónica, una foto, una respuesta, una excusa. Solo pensé que necesitaba moverme.

Viajé a Odesa en tren, de noche, y llegué temprano a la mañana. Era domingo. A diferencia de Kyiv, nadie me pidió documentos al bajar en la estación. Por un rato sentí algo parecido a la libertad.

A medida que avanzaba, se veía que la ciudad estaba tan militarizada como cualquier otra. Recorrer Odesa, intentar ver lugares históricos o sacar fotos fue un dolor de cabeza. Caminé unas tres horas por las calles principales y, en ese rato, me detuvieron más de diez veces. Soldados, controles, pedidos de documentos, otra vez soldados. Cada vez que sacaba el celular para filmar o sacar una foto, algo se tensaba en el aire. Varias veces me exigieron mostrar lo que tenía grabado y me hicieron borrar lo que consideraban “comprometedor”.

Nadie parecía tener en cuenta que, cuando borrás algo, el archivo queda guardado en la papelera y se puede recuperar. Pero dar la orden de “borrar todo” parecía darles una sensación de control. O de poder. O de las dos cosas.

También parecía que nadie pensaba en que hoy no hace falta mandar a un tipo a sacar fotos de bolsas de arena para espiar un ejército. Yo estaba filmando barricadas, alambradas, tanques antitanque. Las escenas más pelotudas e inocentes del mundo. Si Rusia quiere ver eso, lo puede hacer con satélites y drones.

Yo, en realidad, quería ver el mar Negro. Nada más. Al final lo logré, pero fue un parto. No se podía ver, no se podía filmar, ni siquiera te podías acercar. Como si el agua fuese un secreto militar. Terminé viéndolo a lo Commandos 2: esquivando miradas, caminando por los bordes, haciéndome el boludo. Lo tuve delante unos segundos, saqué un par de fotos y, apenas guardé el celular, un soldado joven me frenó, me pidió el teléfono y me hizo eliminar todo.

Pude recuperar todo, claro, pero igual era un perno. No se podía hacer nada. Todo era una verga. A esa altura, ya estaba cansado.

Poco pude hacer en Odesa. El acceso a la costa y a muchos sitios históricos estaba prohibido. Las playas, que antes rebalsaban de turistas, ahora estaban vacías. Las estatuas que habían decorado la ciudad durante décadas aparecían envueltas en plástico y rodeadas de bolsas de arena.

Moverse por ahí era una odisea. La presencia militar era agobiante y trabajar era casi imposible. En medio de todo eso tuve una discusión con un grupo de periodistas estadounidenses de la ABC o NBC, una de esas cadenas gigantes. Estaban convencidos de que yo quería fotografiarlos a ellos. Los noté paranoicos, subidos a un pony que sólo ellos veían. La verdad es que yo no tenía idea de quiénes eran, ni me importaba. Después me enteré de que la reportera era famosísima, que había salido en no sé cuántos noticieros. No podía importarme menos.

Ellos hablaron con un soldado y se quejaron por mi presencia. El militar vino directo hacia mí y me pidió el celular para revisar qué tenía filmado. Obvio: no había nada de esos próceres del prime time. Ni un solo cuadro de las estrellas del presupuesto. Ni gente de la ABC, la NBC, la CIA, la NBA, el FBI o la NASA. Nada.

Yo estaba grabando calles vacías, sirenas lejanas y pedazos de ciudad. Esa gente se creía el centro de la película.

Idiotas.

Más tarde, otro soldado me frenó y me pidió ver lo que estaba filmando. En el teléfono había un par de videos de la ciudad con la alarma sonando de fondo. Nada del otro mundo. Nada heroico, nada exclusivo. Ojalá hubiera tenido algo realmente importante.

El militar tendría unos sesenta años. Le tendí la mano, por inercia, y no me la quiso dar. Le dije lo que pensaba en español. Creo que no entendió una palabra, pero el mensaje le debe haber llegado igual por el tono y los gestos. Yo estaba agotado. Todo me parecía absurdo. Angustiante. Inútil.

Estaba solo.

En ese contexto, la única luz que encontré en Odesa vino de rebote. Los periodistas gringos tenían traductora propia y yo, obviamente, no. Un rato después de la discusión, los escuché mientras realizaban una entrevista: dos soldados, un hombre y una mujer, se conocieron en el frente y se enamoraron. Ahora patrullaban juntos.

Tomé una foto desde atrás mientras caminaban. Él llevaba el fusil en una mano y la mano de ella en la otra. Una imagen sencilla, pero poderosa. Me di cuenta enseguida de que era una gran historia. Pero no era mía, sino de ellos, que tenían a la traductora, que hicieron las preguntas, que se comunicaban en ucraniano. Yo no. Para mí, el soldado era silencio. No había forma de entendernos.

Publiqué la foto en Instagram y escribí un texto corto. Fue lindo, pero me quedó una espina: no soy un ladrón de historias. Yo no quiero robar. Yo quiero merecer.

No es que no pude… no tuve herramientas para hacer el trabajo como corresponde.

Esa pareja fue la única luz en medio de la enorme frustración que me dejó Odesa.

Mi tiempo en Ucrania había llegado a su fin.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¿Una monedita, loco?

Viajo y Escribo es un proyecto personal e independiente.
Si te gusta lo que leés y querés apoyar, podés colaborar
desde cualquier parte del mundo.
El blog es gratis (y lo seguirá siendo).