28 de marzo de 2022
Por esos días, en la redacción me sugirieron que me volviera. Decían que ya tenía suficiente material, que no valía la pena seguir arriesgando. Yo pedí quedarme un poco más. Aceptaron mi pedido: cambiaron el vuelo y pude estirar la estadía unos días más.
Seguí trabajando, pero sentía que ya no había demasiado nuevo para contar. Lo que me sorprendía era otra cosa: cómo los ucranianos se habían acostumbrado a las explosiones. El hombre es un animal de costumbres. Al principio de la guerra, cuando cayeron las primeras bombas, los kievitas corrían desesperados a los refugios. Ahora, muchos ni se inmutaban. Sabían que, cada tanto, algún barrio iba a recibir cohetes, y seguían con su vida como podían.
Visité la casa de una pareja de jubilados que quedó destruida por un bombardeo. Los dos se salvaron de milagro.

—Eran las siete de la mañana —me contó una amiga de ellos—. Él estaba fumando, ella había salido a comprar. Se escuchó la explosión y el techo se vino abajo. A los pocos minutos la casa se prendió fuego. Él logró arrastrarse hacia afuera, pero cuando llegaron los bomberos ya era tarde. No pudieron salvar nada.
Entre los restos carbonizados todavía se adivinaban los cuartos: acá un dormitorio, allá un baño, más allá un lavadero. El techo había desaparecido. Las puertas y las paredes estaban negras, quemadas. En el suelo quedaba una mezcla espesa de ceniza, madera hecha carbón, plástico derretido y pedazos de cosas irreconocibles.
La amiga me hablaba con una calma extraña, como si lo que contaba le hubiera pasado a otra persona.

—Para mí se terminó todo con los rusos —dijo—. Viví en el norte de Rusia. Tenía amigos allá. Pero se acabó. Ellos creen que esto es una “operación pequeña” para “desnazificar” el país. Tienen la cabeza lavada. Traté de explicarles. Les mandé fotos de la casa destruida. Siguen repitiendo lo que dice la televisión del Kremlin. Para mí, se terminó.
En la nota que mandé al diario escribí que, según los expertos, el ataque había sido con un lanzacohetes múltiple BM-21 Grad, un sistema de artillería de la época soviética montado sobre un camión. Puede disparar cuarenta cohetes en veinte segundos. Los proyectiles, de 122 milímetros, pesan unos veinte kilos cada uno y tienen un alcance de hasta cuarenta kilómetros. No sirven para pegarle a un blanco preciso: la idea es barrer una zona entera con fuego y confiar en que algo va a pegar donde “tiene que pegar”.
En el papel suena técnico, casi frío. En el lugar, ese “algo” son casas, perros, viejos, chicos.

Las noticias, a veces, despiertan compasión en quien las ve. Si las ve de verdad, si no está scrolleando mientras cocina. Lo que no pueden hacer es transmitir esto: la devastación física y emocional de los que se quedan sin nada. Detrás de cada imagen hay personas reales que perdieron todo y que, encima, sienten que tienen que agradecer por seguir vivos.
El dolor del hombre que perdió a un hijo, o de la mujer que perdió su casa, no entra en una foto ni en un video.
No entra.
Entre los escombros vi algo que no se me borró más: un perro de peluche, sucio pero entero, tirado en el suelo entre el hollín. Pensé que, tal vez, unos días antes alguien lo había acomodado sobre una cama prolija. Que algún nene o alguna nena lo había abrazado para dormir.
En medio de tanta oscuridad, ese peluche era un pequeño resto de inocencia. Un objeto ridículo, mínimo, que de alguna forma había sobrevivido a los cohetes. Me aferré a esa imagen como quien se agarra de una astilla en medio del naufragio.

Los comunicados hablan de “ataque con Grad”, “daños colaterales”, “zona residencial afectada”. Yo me quedé pensando en el perro de peluche, tirado y sucio, pero todavía perro. Todavía juguete de alguien.
A veces la única forma de no volverse loco es agarrarse de eso: de una cosa pequeña que se salvó. Llamalo esperanza, fe o simple terquedad humana. Lo que sea que nos impida acostumbrarnos del todo al horror.
A mí, por lo menos, me hace falta.
