Abril de 2003 / Abril de 2022
Esta semana tuve un recuerdo muy vívido de algo que sucedió en abril del año 2003. Han pasado casi dos décadas, pero el episodio me marcaría a fuego para toda mi vida. Incluso ahora, estando en Moldavia, decido contarlo.
Yo iba a primer año de la secundaria y era un gordito traga libros. Por algún motivo, me encantaba leer una enciclopedia enorme donde aparecían todos los países del mundo. Tantas veces la había leído, que me sabía las capitales de memoria.
Mi padre no perdía ocasión en demostrar, orgulloso, la habilidad adquirida de su hijo, que era capaz de confirmar que la capital de Níger es Niamey y que en Moldavia está Chisinau.
Mucha gente de aquel entonces conocía aquella particularidad, y no era raro que me llamaran los mayores desde el secundario, que quedaba frente a mi casa, para preguntarme la capital de algún país ignoto y estallar de risa cuando respondía.
Me gustaba saber las capitales y me gustaba que me las preguntaran. Gozaba al demostrar conocimiento: siempre fui un poco arrogante.
Las clases del turno tarde a las que asistía no eran la excepción a la regla, y algunos profesores, sabiendo de aquella singularidad -tan extravagante como inútil- no perdían la oportunidad de intentar sorprenderme con algún lejano país como Lesotho, Nepal o San Vicente y las Granadinas.
Un día de abril, a un profesor se le ocurrió que sería gracioso tenderme una trampa. Como pretexto, me mandó a buscar un libro a la biblioteca. Tanto él como toda la clase aprovecharon mi ausencia para ponerse de acuerdo e inventar un país: Grushnik, en Europa del Este. Su capital era Grubsla, el rublo de Grushnik era la moneda de curso legal y en los mástiles locales ondeaba una enseña roja, blanca y verde. El país no existía, salvo en la imaginación de aquellas cuarenta personas, pero yo no lo sabía. El embuste era elaborado: la humillación debía ser completa.
Al regresar, el docente anunció que la próxima clase jugaríamos a un juego: él preguntaría de forma aleatoria a los alumnos la capital, la bandera y la moneda de algún país. Me pidió que lleve la enciclopedia con las capitales y accedí: era una oportunidad única de demostrar todo lo que sabía.
Llegó la semana siguiente: era martes a primera hora de la tarde. Después de una clase en la que vimos contenidos que serían olvidados horas después, comenzó el juego.
En primer lugar, a una compañera del fondo le preguntaron la capital de España. Luego a otro compañero, que se sentaba en el medio, le tocó Uruguay.
Inmediatamente, en tercer lugar, se dirigió hacia mí. Lo recuerdo como si fuera ayer. Me llamó por mi apellido paterno y dijo “Grushnik” con sorna, con especial énfasis en los sonidos de la “sh” y de la “k” en aquella palabra.
Obviamente, yo no sabía la respuesta. Intenté balbucear que aquel país no existía, pero toda la clase comenzó a hablar al mismo tiempo: que sí, que existía, que quedaba en Europa del Este, que cómo no iba a saberlo.
Yo comprendí la trampa de inmediato: ¿Cómo Susanita y Felipe, que a duras penas podían distinguir Mendoza de San Juan, iban a conocer un país de Europa del Este con tanta precisión?
Hice como que buscaba en la enciclopedia, que llevé desde mi casa en lo que ahora percibo como un gesto de extrema ingenuidad. Recuerdo a todo el mundo hablando al mismo tiempo y riéndose. Sentía cómo los ojos de mis compañeros se me clavaban en la nuca: me sentaba en el primer banco y podía notar las miradas. Todos festejaban la mentira, la trampa, la humillación ajena: era yo el que estaba en la máquina de picar carne, no ellos.
Me quedé solo en el rincón, hojeando aquel enorme libro. Y sentí la puñalada del dolor: no por haber sido engañado, sino porque en aquel lugar no había una sola persona a la que pudiera llamar amigo.
Estoy seguro de que tanto el profesor como mis compañeros que estuvieron en aquella tarde de abril tienen este recuerdo oculto, lleno de polvo y telas de arañas, olvidado en algún pasadizo del complejo laberinto que es la memoria. Yo no. Mi recuerdo es fresco y pegajoso, como si en todos estos años cada tanto lo hubiera masticado y escupido al intentar tragarlo y no poder.
Viéndolo desde ahora, entiendo que todo el mundo tenía ganas, por una vez, de que ese gordito se equivoque. Los comprendo. También comprendo al profesor. No tiene sentido que llenarse de pensamientos negativos.
Han pasado casi veinte años. No hubo en mi vida una sola tarde en la que me sintiera tan solo como en aquel abril de 2003.
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Acabo de salir de Ucrania, un país en guerra, y todo parece indicar que sobreviviré a la corresponsalía. Pero quiero cerrar mi reporte con esta foto: dos viejitos, cuya casa fue bombardeada, salvando los libros. Ese departamento ya no tenía paredes y el piso era un verdadero revoltijo de basura. Pero ellos salvaron los libros.
Los libros me trajeron hasta acá. Los libros me hicieron ser como soy. Durante años creí que el precio era la eterna soledad. Hoy no estoy tan seguro. Pero si hay un costo por no traicionarse, estoy dispuesto a pagarlo.
Prefiero estar acompañado de figuras históricas y personajes de ficción antes que disfrazarme para agradar. Prefiero no encajar antes de ser alguien que no soy.
La verdad, huelga decir, sigo aprendiendo de aquella nublada tarde de otoño. El grupo demanda homogeneidad, y aquellos que asomen la cabeza recibirán sin piedad un seco martillazo nivelador.
Aquel niño rubio y regordete fue, también, un producto de una escuela acostumbrada a castigar al que se corre medio centímetro de la fila. Después de todo, ¿por qué causaba tanta rabia que supiera las capitales? No era más que un truco de memoria. Tendría que haber sido una anécdota mínima. Se convirtió en otra cosa porque a muchos les molestaba ver a alguien disfrutar de saber algo.
Escribo esto pensando en los que alguna vez se sintieron raros por leer “de más”, por saber algo que el resto no sabía o por entusiasmarse con temas que a nadie le importaban. No están rotos. No tienen que pedir disculpas por ser como son.
Todos estamos luchando contra nuestros propios demonios. Todos. Lo mejor que pueden hacer por el resto es seguir adelante.
PD. Siempre me quedaron dudas. ¿Qué pasó con Grushnik? ¿Formó parte de la Unión Soviética? ¿Hubo factores políticos y religiosos que desencadenaron una guerra nacionalista como en Serbia y Bosnia? ¿Son buenos para el básquet? ¿Hablan una lengua indoeuropea de la rama eslava oriental o el idioma se parece más al latín? ¿Fueron provincia del Imperio Romano? ¿Los invadió Hitler? ¿Se habrá devaluado mucho el rublo de Grushnik? ¿Entraron en la zona euro? ¿Apoyan a Ucrania o son prorrusos?
Estas dudas todavía me atormentan y no me dejan dormir.
¿Es posible que exista un país sólo en mi cabeza?
