2 de abril de 2022
Llegué a la terminal de colectivos de Odesa a las ocho y media de la mañana. Quería ir a Tiráspol, pero antes tenía que pasar por Chisináu, la capital de Moldavia, un país chico, sin salida al mar.
Según Google Maps, el viaje duraba poco más de tres horas. Con la guerra, los controles y las esperas al costado de la ruta, fueron casi ocho.
El colectivo salió de la plataforma 3. No iba lleno. El chofer obligó a todos a dejar mochilas y bolsos en la bodega. El pasaje me costó veinte dólares: ahí ya no aceptaban grivnas, sólo euros o billetes verdes.
La última ruta antes de la frontera entre Ucrania y Moldavia era desoladora. Durante más de ciento cincuenta kilómetros vi tanques, barricadas y soldados apostados al costado del camino. El paisaje se veía triste, agotado.

Pasamos cuatro controles. En el último, varios militares subieron al ómnibus y pidieron pasaportes. Por la ventanilla alcancé a ver un tanque cruzado en la ruta, bloqueando los dos carriles.
El colectivo avanzó haciendo zigzag sobre la línea de la frontera: a veces pisábamos suelo moldavo, después volvíamos a entrar a Ucrania. Finalmente, entregamos los pasaportes en la oficina de Migraciones. Una hora más tarde, los devolvieron con el sello.
Al cruzar definitivamente a Moldavia, todo cambió. El paisaje era otro: los campos se veían más verdes, el aire parecía más tibio. Como si hasta el clima supiera de la guerra.

Viajar de Odesa a Moldavia fue como cambiar de mundo. En Moldavia no había sirenas ni explosiones. En las calles vi sonrisas, escuché voces normales, sentí algo parecido a la paz. Recién ahí tomé dimensión de dónde estuve. Con bastante probabilidad, sobreviviría a la corresponsalía.
Otra vez se respiraba libertad. Los negocios estaban abastecidos, la gente caminaba sin mirar al cielo, no había toque de queda. Me alivió ver carteles escritos con caracteres latinos: el cirílico ucraniano me tenía la cabeza saturada. El idioma oficial de Moldavia es el rumano.
Y aunque salí de Ucrania con una sensación de hastío, en cuanto llegué a Chisináu caí en cuenta de la realidad: ellos se quedaron allá. Estaban en guerra.
“Pobres ucranianos”, pensé.
Que Dios me perdone. Y que bendiga a Ucrania y a su gente.

Al día siguiente intenté ir a Transnistria, una franja al este de Moldavia que se maneja como un país propio, aunque casi nadie la reconozca. Muchos hablan ruso y quieren unirse a Rusia. Tienen gobierno, ejército y moneda, pero viven en un gris jurídico raro.
Yo no quería perderme ese museo vivo de la URSS, con estatuas de Lenin y símbolos soviéticos por todos lados.
Fui a la terminal y compré un pasaje a Tiráspol. En Migraciones cometí el error de decir que era periodista. Primero me dejaron pasar y volví al colectivo, pero a los pocos minutos el chofer frenó, subieron dos soldados con cara de piedra y me bajaron del brazo.

Me informaron, sin vueltas, que me estaban deportando en ese mismo momento. No explicaron mucho: sólo que no podía entrar. Al parecer no querían periodistas en Transnistria, y menos uno que venía de Ucrania.
Una chica moldava que viajaba en el colectivo intentó defenderme: dijo que yo iba como turista, no a trabajar. No sirvió. La respuesta fue un “no” seco. Me ordenaron esperar dos horas hasta el próximo ómnibus de vuelta a Chisináu. De yapa, me avisaron que ya estaba en una lista negra y que jamás sería bienvenido en Transnistria, así que mejor ni intentara volver.

Subí un posteo a Instagram contando el episodio. Uno de los comentarios parecía sacado de un capítulo de Los Simpson.
Aún así, Moldavia valió la pena. Aunque no pude conocer la región separatista, disfruté de la tranquilidad del país, de su gente, del simple hecho de caminar sin escuchar sirenas. Si alguna vez vuelvo, espero hacerlo con menos restricciones.
Y claro que voy a volver a intentar entrar a Transnistria.
Esta vez, con pasaporte italiano y sin decir que soy periodista.
