Una fábrica de italianos

Noviembre de 2023

Aterricé en Roma y lo primero que me encontré no fue un italiano, sino un calchinero.

Estaba parado en el aeropuerto, medio dormido, cuando escuché una voz detrás:

—¿Vos sos de Luque, no?

Era Iván, un pibe de Calchín, el pueblo vecino. Muy piola.

—El sábado te vi salir del boliche —me dijo—. Ibas a tocar la campana de la iglesia, ¿no?

Y sí. Iba.

Esa noche salí con mis amigos. Al regresar, me desafiaron a tocar la campana de la iglesia. «Para pedirle a Dios un buen viaje», dijeron. La campana no está en la cima de la torre, como suele pasar, sino al frente de la iglesia, al ras del suelo. Cualquier boludo la puede alcanzar. Una vez la tocamos a las 6:08 de la mañana y un amigo preguntó si había misa a esa hora.

Pero cuando quise hacerla sonar, el lugar estaba lleno de gente. Ya era de día y me dio vergüenza. Me bajé del auto, hice el amague, me imaginé el quilombo y me subí de nuevo. Me fui sin tocar nada.

Unos días después estaba en Fiumicino, con la mochila al hombro, rumbo a una vida nueva. Pero Calchín me había seguido hasta el aeropuerto. ¿O es Galchín?

Iván no sabía bien cómo salir del aeropuerto. Yo ya me había fijado el camino, porque tenía poco tiempo entre el aterrizaje y la partida del tren.

Fuimos juntos hasta la terminal de trenes con mi nuevo amigo calchinero y nos despedimos allí. Él se perdió en Roma. Yo me fui a buscar euros.

«Qué raro encontrar a un calchinero piola», pensé. El loco era inteligente, además.

Cambié mis dólares, negociando un poco el precio, y luego me subí a un tren con destino a Longobardi. Fue el pasaje más barato que pude conseguir: diecisiete euros. Era el único asiento que no tenía ventanas, pero el vagón iba casi vacío.

El tren salió de Roma y rumbeó hacia el sur. Yo miraba por la ventanilla y no podía creer que estuviera en Italia. Lo primero que noté fue que los alrededores de Roma son pantanosos. Recordé cómo los primeros romanos tuvieron que luchar contra el paludismo durante siglos. La mejor época para nacer es el siglo XXI, sin dudas.

Durante el viaje se sucedieron campos, casitas, estaciones perdidas. De a poco el paisaje y las ciudades se volvieron más «pobres». Pero nada comparado con América. «Pobre» en Italia es «clase media» en Argentina.

A pesar de que estábamos en noviembre, todavía hacía calor.

No sabía casi nada de Longobardi, solo que quedaba sobre una colina y que ahí una chica me iba a ayudar a hacerme italiano.

Dormí durante gran parte del viaje. Llegué a Amantea, la última estación, bien entrada la noche. Caminé hasta un local de comidas, compré un calzone y pedí Wifi para avisarle a Cande, la gestora. Ella y su novio llegaron minutos después y me llevaron hasta Longobardi.

Entré en lo que sería mi hogar por los próximos tres meses y conocí al dueño. Tras unos minutos de charla, se fueron y quedé solo en aquel departamento.

Esa gestión me costó dos mil euros. Incluía tres meses de alquiler, irme a buscar a la estación, llevarme y traerme cada vez que hiciera falta, acompañarme a firmar y empujar los papeles por adentro del sistema.

—Tiene contactos —me dijeron. Labura con el hijo del alcalde.

Y era verdad.

Visto desde hoy, fue un acierto: llegué en noviembre y en enero ya era italiano. La chica me cambió de casa, es cierto, a una peor. Pero no me importó. Para mis objetivos, casi que era mejor estar solo y poder sentarme a escribir.

Longobardi

Al día siguiente salí a caminar por el pueblo. Muchas casas tenían naranjos y otros árboles frutales en los jardines. Recordé a mi abuelo y sus naranjas. También vi quintas, parras y huertas colgando de las laderas. Otra vez pensé en mis abuelos y mi infancia. Estaba del otro lado del Atlántico, pero había algo familiar en todo eso.

«Che, loco, estoy en Italia», pensé. Estoy en Italia de verdad.

Esa semana, Cande me presentó a otros argentinos que también tramitaban la ciudadanía con ella. Ese mismo viernes salimos a cenar.

Después de la cena, fuimos al único bar del pueblo, frente al mar. Me crucé con dos chicas de Luque. Qué casualidad. Tomé más de la cuenta. Mucho más. Otra vez, me puse en pedo. Era la mezcla de todo: la indemnización, el viaje, la ciudadanía, la sensación de que mi vida anterior quedó atrás.

Y ese monstruo que me pide más, claro. Él también estuvo esa noche.

Volví a casa tambaleando y con hambre. Abrí la heladera y encontré una bolsa de ñoquis. Los tiré al agua hirviendo.

Me senté a esperar en la cama y me dormí.

Cuando desperté, no sabía dónde estaba. La casa estaba envuelta en una nube negra y bocanadas de humo salían sin parar de la cocina. Corrí y retiré lo que quedaba de la olla del fuego. Estaba negra, deformada, pegada a la hornalla. El agua se había evaporado hacía rato. Apagué las llamas con un trapo mojado. El techo se tiñó de gris.

Mi primer crimen en Europa: intento de incendio culinario.

Apagué todo, abrí las ventanas, puteé en todos los idiomas que conocía.

“Recién llego a Europa y mirá el cagadón que me mando”, pensé.

Ahí estaba: en Calabria, en un pueblo mínimo sobre una colina, pagando para que me volvieran italiano, rodeado de naranjos y quintas que me recordaban a mis abuelos… y a punto de incendiar la casa por hacer ñoquis en estado de ebriedad.

Bienvenido al Viejo Continente, borracho irrecuperable.

Esa noche prometí otra vez que no iba a fumar más, y lo cumplí durante un tiempo. Ya quisiera yo haberlo dejado antes.

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