Colonia de compatriotas

Enero de 2024

Pasé cincuenta días en Calabria, porque “Italia” es demasiado grande y diversa como para pretender describirla en pocos párrafos.

Longobardi es un pueblo enclavado entre el mar Tirreno y las montañas de la provincia de Cosenza. En el mapa es un punto minúsculo, perdido por el sur de Europa. Para mí, por esos cincuenta días, fue el centro del mundo.

Longobardi tiene dos partes: la de arriba, Longobardi Paese, colgada en la montaña; y la de abajo, Longobardi Marina, pegada al mar, construida cuando llegaron los autos en el siglo XX. Moverse acá sin vehículo es un dolor de huevos: hay una estación de tren, pero solo paran en verano. Lo normal para los argentinos recién llegados es tomarse un bondi a Amantea o a Paola, dos ciudades cercanas, y desde ahí combinar hacia otras urbes mayores como Roma o Florencia. Y caminar. Para ir de Marina a Paese tardás una hora, y todo el camino es en subida.

Los autos en Europa son baratos, mucho más baratos que en Argentina. Por eso todo el mundo tiene uno. Por 500 euros podés conseguir algo que arranque y te lleve de un lugar a otro. 

Se supone que esta es la zona más «pobre” de Italia. Sin embargo, en la costanera se ven Maseratis y BMW estacionados frente a bares de pastas y pizzas. Frente al mar, las barandas de hierro están comidas por la sal. Los derrumbes y los baches no se arreglan rápido y en cambio ponen un cartel de peligro.

Sorteando ese derrumbe, un día vi a un tipo paseando a su perro con ropa de marca. Se visten bien, los italianos. Me dio vergüenza verme mal vestido ya desde Roma, rodeado de tanta elegancia. La “pobreza” en Italia no se parece a la nuestra: falta trabajo en algunas partes, faltan jóvenes en otras, pero la gente vive muchísimo mejor que en Latinoamérica.

El único bar/boliche que abre en Longobardi se llama Kanaloa. Es invierno. Ponen música desde un celular apoyado en la barra, conectado a un solo parlante. Es muy probable que el que esté bailando al lado tuyo sea un chaqueño, un entrerriano o un cordobés. Porque está lleno de argentinos. Lleno a rabiar.

Y en ese escenario pasó lo más raro: no me chocó Italia; me chocaron los argentinos.

El grupo de WhatsApp “Argentinos en Longobardi” tiene más de cuatrocientos miembros cuando la ciudad no llega a tres mil habitantes. Acá se viene a hacerse italiano. Caminás por la calle y escuchás más “boludo” que “cazzo”. En la playa ves mates por todas partes. Y los argentinos son parecidos entre sí: en la forma de vestirse, en la barba desarreglada, en el corte de pelo de las mujeres. En los tatuajes, en los piercings. En la forma de mirar. Casi siempre distingo a quién es argentino y quién no.

Me costó mucho hacerme amigos en Longobardi. Y no lo digo por los italianos: lo digo por los argentinos.

De entrada vivía con dos pibes. El más grande era piola, tranquilo, buena onda. El otro… no sé. Yo los recibí, les mostré la casa, traté de que se sintieran cómodos. Hice lo que suelo hacer: abrir la puerta, compartir lo que tengo, intentar que nadie se sienta solo.

A los pocos días este chabón conoce a otro flaco y, de golpe, ya no me quería incluir. Armaba planes y hacía todo lo posible para que yo no fuera.

Me dio bronca. Y cuando me da bronca, yo también me vuelvo injusto.

Un día lo enfrenté.

—¿Qué te pasa, culiao? ¿Qué problema tenés conmigo?

Se asustó. Balbuceó un par de excusas, nada muy coherente. Más tarde, su propio tío (que viajaba con él) me terminó diciendo que tampoco entendía por qué me había forreado así si yo desde el primer día había sido piola.

El tipo era cordobés también, de capital. Nunca en su recontraputa vida había salido de Argentina. Era su primer viaje a Europa, y ya lo habían estafado en París con el juego callejero de encontrar la bolita dentro del vaso. Un rencor raro habitaba dentro de su ser. Era capaz de limpiar las zapatillas con el trapo de la cocina. Su presencia me daba bronca y vergüenza ajena al mismo tiempo.

Lo irónico fue que después el que me discriminó a mí terminó discriminado: cuando aparecieron minas, ese “nuevo amigo” lo dejó de lado. La rueda siguió girando.

Los otros chicos que conocí no eran malos, pero noté un patrón: parecían celosos con las mujeres. Cuando estaban con chicas, no te invitaban. Cuando se quedaban solos, ahí sí te escribían: para que llevaras el parlante, el escabio o algo que les hacía falta. Éramos bienvenidos mientras pudiéramos servirles en algo.

En Navidad compré un Amaretto caro. Se lo tomaron como desesperados. Uno terminó vomitando. Cuarenta años, la criatura.

Yo lo juzgo, pero soy igual. Y sí. Soy un ser humano. Es más fácil ver la paja en el ojo ajeno.

Algunos eran rescatables, uno o dos de verdad distintos. El resto parecía una mezcla de argentino resentido, envidioso, medio paranoico. Gente común, como la que vi toda mi vida: si te destacás un poco en algo, te miran con desconfianza.

No sentí que me aportaran mucho. Ni los pibes ni las pibas. Compartimos momentos, sí, pero no me quedó casi nadie en el corazón. Salvo Camilo, un pelado de cincuenta y pico de años, ingeniero. Ese fue mi gran amigo en Longobardi. Y bastó.

Camilo vino a Italia a hacer la ciudadanía por sus hijos. Era de esos tipos con los que se puede hablar: inteligente, leído, tranquilo. Me contó cosas de su vida, de un problema de salud jodido que tuvo y de cómo se curó. Longobardi nos encontró bastante solos a los dos. En lugar de armar un grupo grande y lindo con el resto (como me pasó muchas veces en Chile o en Brasil), terminamos caminando por la costanera, solos, hablando de la vida.

A él tampoco le cerraban mucho los otros. Se juntó un par de veces y ya los tenía calados:

—Estos pibes son todos unos pelotudos —dijo una noche, mientras mirábamos cómo se atoraban con escabio mientras hablaban de sus hazañas de la noche.

Por suerte pasamos Año Nuevo juntos. Si no fuera por él, esos días habrían sido mucho más solitarios.

Y acá voy a hacer un alto. Puede ser —y tal vez es lo más probable— que el del problema sea yo. Quizás proyecto cosas, capaz espero demasiado de la gente y mi energía es incómoda para los demás. Puede ser que sea demasiado sincero, demasiado frontal, demasiado directo, demasiado arrogante. No lo sé. Lo único que sé es cómo me sentí: solo entre un montón de compatriotas que, en teoría, deberían hacerte sentir más acompañado.

De la gran mayoría de argentinos que conocí en Longobardi, pocos me dejaron algo. Es la verdad. Y yo soy un tipo muy complicado de sobrellevar para la mayoría de las personas. Eso sí lo sé.

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