Enero de 2024
Casi todas las casas en Italia tienen una quinta. Si hay un pedazo de tierra libre, hay algo plantado: pimientos, tomates, naranjas, limones, paltas, mandarinas, higueras. Al italiano le das dos metros cuadrados de patio y te clava una planta de algo. Si en cambio tiene balcón, no faltará una maceta con algún comestible. El espacio vacío parece una falta de respeto.
Camilo, que entiende de plantas, me ayudó a reconocer varias especies. Según él, acá casi nada se siembra “para que se vea lindo”: si hay verde, tiene que servir para algo. Olivos para el aceite, frutales para comer. “Nada es ornamental y todo lo es”, comentó, mirando las quintas.

Camino por las calles que suben hacia la montaña y miro las flores y los patios. Pienso en mis abuelos, en el patio con frutales. En Italia la escena es casi la misma: gente mayor regando, tomates gordos, ropa colgada, perros que ladran atrás de los portones.
Pero Longobardi no es Luque. Acá hay castillos de verdad. Castillos que pertenecieron a señores feudales. El de Fiumefreddo está a unos pocos kilómetros. Para llegar, hay que subir unas escaleras empinadas y leer una inscripción que cuenta que, durante años, la gente del lugar lo usó para defenderse de los piratas. En 1805, el infame de Napoleón lo mandó a destruir a cañonazos y ahora solo quedan las ruinas y la vista.

Mirar el color del mar desde el castillo de Fiumefreddo fue como estar en un sueño.
El clima es raro. Es enero, pero a veces hace calor. Entre el mar y la montaña hay una franja mínima de tierra plana donde entra todo: la ruta, las casas, las vías del tren. Donde termina el asfalto empieza la piedra y enseguida la montaña.
El sol desaparece en el horizonte poco después de las cinco de la tarde. No me gusta. Me pone triste que oscurezca tan temprano, pero en Europa es así y hay que bancársela.
El Mediterráneo, cuando quiere, se disfraza de pileta. Algunos días está tan calmo que parece agua de tanque, una lámina inmóvil. Pienso en el Atlántico de Argentina, en el Pacífico de Nicaragua y en lo que habrá sido para Julio César navegar hacia el oeste. Dicen que perdió varios barcos en sus campañas a Britania. Viendo este mar domesticado, es fácil imaginar por qué. Nada tienen que ver el Atlántico y el Pacífico con el Mediterráneo. Nada.
Voy casi todos los días a la playa. El camino es el mismo: piedras, algún que otro muelle arruinado, el agua ahí nomás. El que cambia soy yo. Este mes debo haber hecho un promedio de quince kilómetros diarios entre la arena y el pueblo. El cuerpo se acostumbra. La cabeza, de a ratos.
