Enero de 2024
La comida italiana es buena, ¿sí? La comida italiana es excelente. Incluso lo más barato del supermercado es de calidad. Tanta, que a veces ni lo “caro” de Argentina puede igualarlo. Los quesos de oferta siguen siendo quesos de verdad. Con los fiambres pasa algo parecido. La mortadela es espectacular. Las pastas más baratas son excepcionales. Me da la impresión de que es más barato comer en Italia que en Argentina, al menos comprando en el supermercado.
Las frutas y verduras son de otra liga. Un tomate acá es un tomate: lo mordés y tiene gusto a tomate, no a agua roja. Las naranjas, los limones, las mandarinas, todo tiene un sabor particular, bien definido. A veces como naranjas de la calle, así nomás. Algunas son dulces; otras, agrias. Todo está lleno de cítricos.
Es difícil contarlo sin sonar exagerado, pero es como si el cuerpo tuviera que aprender de nuevo la importancia de cada sabor.
No todo es idílico, claro. La carne es cara: dieciséis o dieciocho euros el kilo de vaca (a veces más), siete u ocho el kilo de pollo, nueve o diez el kilo de cerdo. Hay ofertas, sí, pero esos son los números que veo seguido. Los pollos son chicos; supongo que porque acá no les meten todo lo que les meten en Argentina. En las góndolas aparecen cosas que allá casi no se ven: carne de conejo, de cordero, de pavo, de caballo. Lo raro para mí acá es normal.
Las bebidas también son distintas. Las gaseosas tienen menos azúcar. Menos gusto a dulce, si querés. Las mermeladas que probé y unos cereales que compraron unos amigos van por la misma línea. Las papas fritas embolsadas tienen menos sal. Todo es menos invasivo, más “natural”. Aburrido para el adicto, un alivio para el páncreas.
Me asusta un poco pensar en la cantidad de basura industrial que comemos en Argentina que en Europa no está permitida. La Fanta es el ejemplo más claro: acá es más oscura, casi marrón. Allá es de un color naranja nuclear que te ilumina la cara.
El café es un capítulo aparte. Si pedís un café en un bar, te traen un shot de espresso que te lo tomás de un trago. Es fuerte. Como un saque de merca que te despierta y te ayuda a seguir con tu día. Yo todavía no me acostumbro, así que por lo general pido un “café americano”, lo que en Argentina llamaríamos café negro en taza grande.
Lo que sí tengo claro es que el café estándar del bar de acá le pasa el trapo a la mayoría de los cafés de súper que se venden allá.
Los precios también cuentan una historia. En el súper se puede comprar una damajuana de vino decente por nueve euros, un carré de cerdo a siete euros el kilo, una botella de agua a treinta y cinco centavos. No es que Italia sea barata. Es que Argentina está muy cara.
En un hotel donde a veces tomábamos café y comíamos pizza había máquinas tragamonedas. Me impresionaba ver siempre a los mismos: iban con billetes, cambiaban los euros en una máquina que daba monedas y se sentaban a tirar. Tiraban, tiraban, tiraban. Una y otra vez, siempre el mismo botón. Cuando se quedaban sin dinero, volvían a cambiar billetes y seguían: una y otra y otra y otra vez, como hipnotizados. Cincuenta euros se les iban en diez minutos.
Yo jugué un par de veces y una noche gané treinta y siete euros. Los chicos jugaron después de mí y no ganaron nada. Al final decidimos no ir más.
Me sorprendía ese nivel de adicción, de estupidez, de ir a quemar la plata porque sí. Capaz buscaban pegar un pozo grande, no sé. Yo, si la voy a desperdiciar, prefiero tirarla en joda o en una comida, pero no así. No frente a una pantalla que ni siquiera te mira a los ojos.
