Enero de 2024
En Longobardi, como en muchos pueblos de Italia, la recolección es selectiva. Hay un calendario pegado en la heladera que dice qué día sacás orgánicos, qué día papel y cartón, qué día plástico y metales, qué día vidrio. Me tomé el trabajo de traducir todo el calendario. No es una ciencia: son dos tachos más en la cocina.
Pienso en Argentina y siento algo parecido a la bronca y la esperanza. Allá también vamos hacia el reciclaje, pero más despacio, más improvisado. Acá separar residuos es parte de ser “normal”. Allá todavía sos “el raro” si juntás botellas aparte. Ojalá eso cambie pronto.
Y después están los bichos.
En Longobardi hay gatos. Muchos gatos. En las plazas, en los techos, en las veredas. Una esquina cerca del boliche Kanaloa es una verdadera esquina de gatos. Una vez acaricié uno un buen rato y cuando me di vuelta me dejó un rasguño. Lo tomé como traición personal, como si hubiera firmado un pacto de cariño tácito y de repente una de las partes decidió romper ese contrato con violencia gatuna.
Perros también hay, pero los veo más atados, más encerrados. Me duele. No es muy distinto de lo que pasa en mi país, pero no deja de joderme ver un perro atado todo el día mirando cómo pasa la vida.
Después de cincuenta días en Calabria, sigo sin poder decir “Italia es así” o “Italia es asá”. Lo único que sé es esto: vivo en un pueblo mínimo, lleno de viejos, de argentinos, de naranjos y de gatos. Camino todos los días entre el mar y la montaña. Me sorprende la comida, me indignan algunos precios, me intriga cómo reciclan, me confunden los autos de alta gama en la “zona pobre”.
Y mientras trato de entender dónde estoy, escribo. Escribo porque, si no escribo, todo esto se pierde. Y si algo aprendí acá, viendo cómo cuidan sus árboles, sus patios y hasta sus desechos, es que las cosas que valen la pena no se tiran: se guardan, se transforman, se convierten en otra cosa.
Como esto, por ejemplo. Cincuenta días en Calabria convertidos en unas cuantas páginas.
