Otro nuevo comienzo

Este viaje tuvo su inicio formal en el aeropuerto de Córdoba, a las 12:55 del 24 de octubre de 2025, con un vuelo que pagué en tres cuotas sin interés. Poco me importó que me hubiera tocado el asiento junto a la ventanilla. Una vez en el aire, me dormí de inmediato, sin sueños ni pesadillas. 

Aterricé en el sur argentino una hora y media después.

Neuquén me recibió como es habitual: sol y viento. En la Patagonia, si el jinete no se afirma bien al caballo con las piernas, puede remontar vuelo.

La alegría de volver a ver a mi hermano y conocer cómo vive ocupó mi mente durante ese fin de semana.

Una de esas noches tuve una conversación acorde con los pensamientos que rondan por mi cabeza de un tiempo a esta parte.

—¿Por qué viajás? —me preguntaron.

—Soy consciente de la finitud de la vida —respondí.

Tengo una obsesión casi patológica con descubrir el por qué de las cosas y buscar el sentido de la vida. Hace años que intento encontrar respuestas, o al menos pensar en mejores preguntas.

Es evidente que lo que me impulsa no es el dinero. La mayoría de las personas de mi edad están ocupadas en cuidar de sus hijos o construir un imperio de comodidad. Yo no. Y aunque es obvio que una parte de mí se preocupa por ese tema (“¿qué vas a hacer el resto de tu vida?”), mi fijación continúa siendo la misma: viajar para escribir, escribir para viajar.

Todos nos vamos a morir, y de acá a cien años, estaremos bajo tierra. Nada de esto va a importar. No entiendo qué sentido tiene una vida dedicada a la acumulación material si al final del juego todo se pierde. Sí, tal vez los bienes queden para tu familia, para que los inviertan en acciones, monten una empresa o los apuesten a la ruleta. Pero poco le debe importar todo eso a un muerto.

¿Qué me importa a mí ahora? Vivir una vida que valga la pena ser vivida. Nada más. 

En esas ando. Nos vamos de viaje otra vez, flaca. 

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