De Neuquén a Temuco

Tomé un Uber desde el departamento de mi hermano hasta la terminal de Neuquén. El conductor habló durante todo el viaje. Una vez en la estación, compré alfajores para Mario, mi amigo chileno, y una botella de agua para mí. 

Fui al baño: era gratis.

A las nueve de la mañana, subí al colectivo que me llevaría desde Neuquén hasta Temuco. Miré el paisaje. Alrededor de la capital neuquina se extiende una breve franja fértil que da paso al árido interior provincial: solo yuyos, colinas y piedras dominan la estepa patagónica por cientos de kilómetros hacia el horizonte.

Dormí como un gordo durante casi todo el camino. Estuve de joda las noches anteriores y el cuerpo me pedía descanso. Tuvieron que despertarme cuando llegué a la frontera. 

Pino Hachado fue uno de los pasos internacionales más fáciles y rápidos por los que crucé en toda mi vida. Para entrar a Chile por el Cristo Redentor, más al norte, te revisan hasta el fundillo. Acá solo tuve que pasar mi mochila por un escáner. En quince minutos, todos los pasajeros estaban listos para continuar por el país vecino.

Una señora se confundió y pasó mi valija por el escáner. Me enteré cuando fui a buscarla y no la encontré. En cambio, solo quedaba una: la de la señora. Paradita. Sola. Gris. 

Yo era el último.

Como no soy tonto, le dije al conductor:

—Esta no es mi valija.

—¿Estás seguro? —respondió.

—¡Pero cómo no voy a estar seguro de cuál es mi valija, po wn qlo! (no lo dije, pero lo pensé. Po wn qlo es un chilenismo que me causa gracia y que usaré en repetidas ocasiones)

Antes de tocar el equipaje que no era mío, le comenté a los funcionarios de la aduana que aquella valija no me pertenecía.

De cualquier modo, me pidieron que la pasara por el escáner. Accedí. Nada. Se ve que la señora era boluda, nomás.

Regresé con el resto de pasajeros y mi valija estaba allí. El chofer abordó a la señora: 

—Disculpe, ¿no será esta su valija? —preguntó. 

La mujer (que habrá tenido entre sesenta y setenta años) levantó las cejas y dibujó un círculo con los labios. 

—¡Ay, sí! —respondió. 

Solucionada la confusión, el conductor del bondi remató la escena con un chiste fácil: 

—Ahora ésta tiene cinco kilos de droga. 

No dije nada. Sonreí y esperé que pusieran mi equipaje de vuelta en la bodega del colectivo. 

Por el momento, todo solucionado.

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