Un breve paso por Temuco

Apenas cruzás al país vecino, el paisaje reverdece. Los vientos del Pacífico descargan la humedad al oeste de la cordillera y pasan como aire seco hacia Argentina. Por eso en Chile llueve mucho durante el invierno y en Argentina no. Del lado chileno abundan las araucarias, los cipreses, los robles y las lengas; del lado argentino, apenas espinillos, neneos y coirones. Para ver árboles altos hay que ir más al sur. 

Llegué a Temuco a las cinco de la tarde. Árboles, cielo azul, humo de leña en el ambiente. 

Apenas me bajé del colectivo, vi un cajero automático. Coloqué mi tarjeta de débito europea en la máquina y retiré 150.000 pesos chilenos, unos 140 euros. Fantástico. Me cobró una pequeña comisión, pero aquello fue la gloria. Recordé cuando en Colombia tenía que ir por los supermercados preguntándole a la gente si podía pagarles la compra con mi tarjeta para que ellos me dieran el efectivo, porque era imposible retirar billetes de otro modo.

Acabo de llegar a Chile y ya tengo plata. No renegué nada, po wn qlo.

Acto seguido, ingresé a la parte interna de la terminal, donde están las boleterías, para comprar el pasaje a Villarrica. Encontré la empresa correspondiente y pregunté por un boleto. Me ofreció tres precios distintos para el mismo coche. Como es obvio, compré el más barato. 

El hombre me pidió el número de RUT (equivalente al CUIT argentino) pero respondí que acababa de llegar al país. 

—¿Número de teléfono chileno? — insistió. 

—¿Me estay weando, po wn qlo? —lancé. 

Mentira. No dije eso. En cambio, le comenté que podía darle mi número de otro país, pero que solo podría comunicarse conmigo a través de WhatsApp. El hombre dijo que no hacía falta y me entregó el ticket a cambio de 9.600 pesos chilenos, unos diez dólares.

Quise ir al baño, pero la entrada costaba 500 pesos o medio dólar. Recordé que en Chile se paga por todo. Miré un cartel que decía “pase su boleto para pasar al baño”, entonces intenté pasar el QR del boleto a Villarrica. No funcionó. Había que comprar otro ticket en particular que solo podía usarse una vez y que nada tenía que ver con el boleto del pasaje.

Desistí de ir al baño y salí a caminar. Fuera de la terminal, compré un pancho que se llama completo italiano. Tiene salchicha, palta, tomate y mayonesa. El pan estaba caliente y algo tostado. Riquísimo. Así vale la pena comer un pancho. Me salió 2.500 pesos chilenos. Me costó comerlo porque no me entraba en la boca (chistes fáciles aparte). Se me cayó un poco de palta con tomate y me manché la manga izquierda de la campera. Como los niños.

Compré puchos. El loco que atendía el local me sacó charla y la ficha al instante: 

—¿Erís cordobés? —preguntó.

—¿Se nota mucho? —respondí.

Me quedé charlando con el loco del kiosco. Súper buena onda. Creo que un poco me había olvidado de lo buena onda que son los chilenos. Después de un año y medio en Europa en el que casi no pude hacer amigos, la vida me encontró en otro lugar donde la gente es en extremo gentil. 

El kiosquero no tenía Marlboro. Acá se fuma Pall Mall o Lucky Strikes. Pedí un Lucky, pero me vendió un Lucky blanco, demasiado suave para mi gusto. A mí me gusta que se me llenen los pulmones de humo. 

Todavía tenía el agua que compré en Neuquén. Caminé un poco. Volví a la terminal. Un cartel prohibía fumar en la terminal, por lo que me fui hasta uno de los bordes del predio y encendí otro de mis nuevos Lucky Strikes blancos y suaves. 

Tiré el humo hacia afuera, aunque estábamos al aire libre. Arrojé la colilla en el basurero. Volví al baño, pagué los 500 pesos y aproveché el sanitario para hacer lo primero y lo segundo. Me lavé los dientes, la cara, me peiné, me puse perfume y desodorante. 

Eran las 19:15. Hora de subir al segundo colectivo del día. 

Adiós, Temuco. 

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¿Una monedita, loco?

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