Mi segundo día en Potosí empezó con dolor de cabeza por la altura y un desayuno descomunal: café con leche, yogur, jugo, torta, galletas, todo lo que se pudiera comer “porque el desayuno estaba incluido y ser gordo es un estilo de vida”. Salí a buscar un hostel barato, me perdí varias veces y confirmé que mi sentido de la orientación era pésimo.
Terminé con dos nuevos amigos, Tim y Philip, un suizo y un alemán que me invitaron a almorzar. Esa tarde visitamos juntos la Casa de la Moneda, con sus máquinas antiguas, salas ennegrecidas por el hollín y un mascarón extraño que parece reírse de los turistas. Más tarde, en la cena del hostel, se sumaron un italiano “españolizado” y dos argentinos, y sin darme cuenta armé el grupo que me acompañaría durante el próximo mes.
La cabeza nunca dejó de doler, pero ese día entendí algo: incluso mareado por la altura y perdido en una ciudad nueva, uno puede empezar a encontrar su gente.