La selva de piedra
De un pueblo chico a una ciudad de más de veinte millones. São Paulo me abrumó, me excitó y me dejó una lección: a nadie le importa tanto como creemos. Y en esa verdad, encontré libertad.
Segundo viaje por Brasil y las Guyanas.
De un pueblo chico a una ciudad de más de veinte millones. São Paulo me abrumó, me excitó y me dejó una lección: a nadie le importa tanto como creemos. Y en esa verdad, encontré libertad.
Dormimos en el acoplado de un camión lleno de broches, rompí los anteojos y crucé São Paulo con náuseas, caballos afuera del bar y un descubrimiento: en Brasil a Don Ramón le dicen Seu Madruga.
Avanzamos lento por Brasil: carona, caminos ondulados, una cena inesperada y una noche de Uno. La generosidad apareció donde menos la esperé. La sangre, también.
La hospitalidad de los hermanos Leer más »
Entre caronas y estaciones de servicio, el portugués empezó a entrarme por los oídos. Dormimos en São Luiz Gonzaga, comimos con una madre gaucha y me fui con una reseña rara y hermosa: “gran alma… compartiendo su aura”.
Compartiendo el aura Leer más »
Cruzamos a Brasil y vimos el atardecer sobre el río. De un lado era Argentina, del otro Brasil. Me fui en silencio, con un nudo en el pecho. No lloré, pero no hizo falta.
Atravesar los amplios llanos Leer más »
A dedo, pueblo por pueblo, un Audi frena en la ruta. El conductor dice ser gitano y tener 23 hijos con 22 mujeres. Esa noche terminamos con llave prestada en Paraná y una venganza de agua helada.
Viajé con Odirlei rumbo a Brasil haciendo dedo. En Monte Cristo hubo tortas fritas y asado; en San Francisco, siete horas de negativas, frío y un perro que no paró de ladrar. Cuando ya parecía derrota, Couchsurfing nos consiguió una casa. Y entendí que la fe de mi compañero —tartamudo y terco— era una forma de coraje.
Mayo de 2017: sigo trabajando en un kiosco mientras todo se me cae encima. En un grupo de mochileros conozco a Odirlei, un brasilero que viaja a dedo y con monedas. Lo invito a Córdoba sin conocerlo. Entra a mi casa y, sin saberlo, entra también a mi historia: esa visita termina empujándome al segundo viaje y a una reconstrucción personal que todavía no entendía.
Volví de Brasil y, en una terminal tranquila, me robaron la mochila con mi vida entera. Me quedé con lo puesto. Y decidí recuperar todo.
El día que me robaron el alma (y decidí recuperarla) Leer más »
Volví a Argentina y no volví mejor: volví más agrandado, más oscuro, más perdido. Trabajé de mozo y en un kiosco, salí mucho, me peleé con mis vicios y con mi propia soberbia de mochilero iluminado. Sentía que el mundo seguía igual y que el que no encajaba era yo. Para explicarlo, rescato un posteo de Facebook escrito en plena resaca: un día miserable, una cabeza rota y una verdad simple que no quería mirar.
Empachado de escapismo Leer más »