Llegamos de noche. A primera vista, Sucre me pareció una ciudad encantadora. Tiene cuatro nombres: Sucre, Chuquisaca, Charcas y Ciudad Blanca. El último le queda perfecto: todas las construcciones del centro son blancas. Viniendo de PotosÃ, el lugar me pareció bello, rebosante de juventud y vitalidad. Y lo mejor: nada de altura.
Fui hasta un restaurante céntrico, pedà un choripán chusquisaqueño, una gaseosa y me conecté al WiFi del lugar. TenÃa un mensaje de José, el santafesino que conocà en PotosÃ. El hombre me informaba que él y los demás se encontraban en un alojamiento que quedaba a tres cuadras de la plaza central. Sin apuro, terminé mi choripán -en Argentina dirÃamos que era de chorizo colorado- y me fui despacio hasta la calle Ravelo. Según leà en un cartel, AgustÃn Ravelo fue un militar nacido en Buenos Aires que luchó en las filas del Ejército del Norte durante las guerras de la independencia, dentro de lo que hoy es Bolivia.

Llegué al hostal. Una señora de unos cuarenta me dio la habitación 21. TenÃa una cama de dos plazas. Por el mismo precio que pagaban los demás —20 bolivianos, unos tres dólares— podÃa dormir cómodo, lejos de ronquidos y flatulencias.
Dejé mis cosas en la habitación y salimos a caminar por la ciudad. Después cenamos pollo, tomamos vino y nos fuimos a dormir. Descansé de forma magnÃfica, como no lo habÃa hecho desde que pisé suelo boliviano. Qué bello es dormir en lugares donde no hay altura.
Al dÃa siguiente visitamos el mercado central de Sucre, donde uno puede comprar de todo, desde frutas y verduras hasta artÃculos de librerÃa, pasando por carnes, velas, santos, ropa, mantas, souvenirs, cigarrillos, pastas, pescados, postres, licuados y bebidas alcohólicas. Todo lo que uno pueda imaginarse, en un solo lugar. Me encantan los mercados centrales: ese caos organizado donde la gente circula como hormigas, vendiendo y comprando.

Compramos frutas que para nosotros eran raras: conocÃa a la papaya, pero nunca la habÃa probado. Es hueca por dentro, y su sabor se asemeja al de un durazno grande y desabrido, o al menos eso les pareció a mis papilas inexpertas. También comà chirimoya, en otras partes conocida como guanábana, que me pareció espectacular. El sabor es similar al helado de ananá. Probamos el tumbo, una fruta pequeña y ácida parecida a un saco con huevos de araña. Está llena de pequeñas semillas. La carambola, con forma de estrella alargada, es un cÃtrico con sabor y textura parecida a la naranja. Por último degusté el pacay, fruta que parece un pepino o una chaucha. En su interior contiene semillas revestidas por una pulpa blanca. Lo que se come es la pulpa, que parece algodón de azúcar, solo es un poco más firme y menos dulce. Me encantó ese nombre: pacay. Y todas las frutas me parecieron buenas, incluso las que no me gustaron mucho. Es una sensación difÃcil de describir, pero asà me sentÃ. Supongo que estaba demasiado feliz.

«¡Esto es viajar!», pensé. Comer chirimoya con papaya, carambola, tumbo y pacay. Y ahora que lo pienso, asà es la vida. Es dejarse sorprender por sabores nuevos, incluso si no todos te gustan. Nunca vas a saber si no los probás.
Ese dÃa, además, fuimos al mirador de La Recoleta, un lugar donde puede observarse gran parte de la ciudad. Me enamoré de ese lugar. Sucre me fascinó. Otra vez, desfilaba por mi cabeza el pensamiento feliz y recurrente: ¡Estoy viajando!

Por la tarde salà con una chica que conocà por Tinder. Me llevó a caminar por el centro y a un museo donde, según decÃan, estaba la primera bandera argentina: blanca, celeste y blanca. Le saqué una foto más por nostalgia que por rigor histórico.
En el camino vi algo que me encantó: personas disfrazadas de cebra dirigiendo el tránsito. Le pregunté por qué habÃa cebras y me dijo que la gente les hacÃa mucho más caso a las cebras que a los inspectores. Esa fue toda la explicación. Y me alcanzó.

También conocà el Parque BolÃvar. Tiene una torre diseñada por Gustave Eiffel. Pintoresco.
Al dÃa siguiente, Tim se sumó a nuestro grupo y decidimos realizar una excursión a un lugar llamado las siete cascadas. Pero poco después de llegar, Luca se sintió mal, tal vez por el vino, por la altura, las frutas o una combinación de todo aquello. Intentó acompañarnos hasta la entrada del camino, pero lo invadieron los vómitos y optó por volver. Tim también debÃa regresar temprano, asà que nos despedimos. Jamás volvà a verlo.
Seguimos hacia las siete cascadas con José y Julián, los argentinos. Allà empecé a pensar en Julián, luego de que unas señoritas nos saludaran. —Ni locos vamos a hablarles. Nos van a drogar y a secuestrar —dijo el muchacho, que ya nos tenÃa acostumbrados a su inagotable optimismo.
No sé si valió la pena ir a las siete cascadas, sobre todo porque me caà al agua, me mojé las zapatillas y llegamos solo hasta la quinta, pero el esfuerzo de caminar en subida fue una buena práctica para los cerros que vendrÃan.

No quedaba mucho más para hacer en Sucre, por lo que decidimos seguir hacia La Paz. El sencillo plan consistÃa en marchar hacia Copacabana y cruzar la frontera con Perú. Todo era bastante improvisado: hacÃamos lo que nos parecÃa en el momento, sin pensarlo mucho. O sin pensarlo nada.
El bus hacia La Paz salió de noche, y contra todos los pronósticos, regresó a Potosà antes de enfilar hacia el norte. Aquella noche logré dormir pero pasé mucho frÃo, sobre todo cuando los que viajaban atrás me quitaron la manta sin que me diera cuenta. Una señora me vio temblando, se apiadó de mà y le pidió la «cobija» (pues esta palabra utilizó) a un señor que roncaba plácidamente. ¡Gracias señora! Su acción y la cobija no son olvidadas.

Llegué a La Paz con los pies helados, como si el frÃo se hubiese colado por algún agujero de mis zapatillas. En La Paz tomamos un café con leche y torta, y nos reÃmos al ver a bolivianos comiendo una hamburguesa con papas fritas y salsa picante a las siete de la mañana. Lo cierto es que por lo general el latino come mucho y a cualquier hora del dÃa.
Nos despedimos de Julián, que decidió irse a Coroico, y poco después de verlo partir lo criticamos por su mala onda. Con el resto del grupo compramos pasajes hacia Copacabana, la última localidad boliviana antes de cruzar la frontera con Perú.
El ómnibus salió poco después. En el camino hacia el norte atravesamos una parte de La Paz que me pareció grande, gris y abrumadora. La zona industrial, dominada por la aridez, tampoco nos invitó a quedarnos.

Recuerdo ir sentado en el ómnibus y notar cómo el paisaje reverdecÃa a medida que nos acercábamos al lago Titicaca. Seguimos el camino riéndonos de Julián y su eterno pesimismo.
Algunas horas después llegamos a nuestro destino. Y ninguno de los tres viajeros pudo disimular la sonrisa en el rostro al bajar del bus para cruzar las aguas del Titicaca en bote y llegar a Copacabana, una ciudad emplazada en las orillas del lago más alto del mundo.
