El lago más alto del mundo

El lago Titicaca tiene un olor… ¿cómo definirlo? Como a pescado mojado, que no es bueno pero tampoco llega a ser desagradable. Sobre el término “pescado mojado” recibí opiniones diversas: por un lado, a mi profesora Nora le resultó extraño y algo confuso. Pero otra persona me escribió solo para agradecerme por haberlo utilizado ya que entendió a la perfección lo que quise decir, aun sin conocer el lugar. Años después, no se me ocurre una mejor expresión para describir el aroma del lago Titicaca, que de verdad huele a pescado mojado.

Copacabana me pareció bellísima mientras la veía de lejos. Una vez dentro, la ciudad no dejaba de ser pintoresca, pero sus construcciones me resultaron algo tristes. Tal vez sea el efecto de la falta de revoque. Comentamos entre el grupo que nadie parece revocar en Bolivia. Los ladrillos que utilizan son de buena calidad y se nota que muchas casas son nuevas, pero el revoque no existe.

Copacabana sin revoque.

El primer día recorrimos la ciudad y caminamos por la costa. Encontramos un bote muy usado junto a una vieja olla de aluminio ennegrecida. Yo me sentí en Expedición Robinson. El lago era impresionante, de azul profundo, con su presencia imponente. De verdad, te deja sin palabras. Pasé horas contemplando esa maravilla de la naturaleza.

Vimos esa olla y flasheamos expedición Robinson.

¿Lo malo? Cientos de botellas de plástico yacían tiradas sobre la orilla. Y esto es algo que me llamó la atención, sobre todo porque en Copacabana observamos un moderno ritual boliviano que consiste en llenar de flores a los automóviles nuevos para pasearlos por la ciudad. Me pareció que los bolivianos no veneran a la madre naturaleza, como dijo mi profesor de Antropología, sino a los coches que hacen su vida más cómoda. Quizás, más que una veneración por la naturaleza, la modernidad trajo una devoción a la comodidad. Pero claro, lo más probable es que mi profesor de Antropología no haya pisado Bolivia jamás en su vida.

Se toman en serio lo de la bendición.

En Copacabana nos alojamos en un hotel atendido por Roberto y Sofía, ambos pertenecientes al pueblo aymara. Roberto aseguró tener 24 años; Sofía, 60. Fueron buenos anfitriones. Una noche, José utilizó el aceite de Sofía para freír unos huevos y la señora se enojó. José intentó explicar que usó solo un poco y que el sobrante quedó dentro de un vaso. Pero Roberto volvió al poco tiempo, con una sonrisa en su rostro. “Dice la señora que se tomó el aceite”, dijo.

Nos reímos a carcajadas un buen rato. Roberto también rió. En otra ocasión, preguntamos si podíamos pescar. «Sí se puede, hay peces a cinco, diez, cincuenta kilómetros”, respondió. Pero Sofía respondió a la misma pregunta con una negativa: “No se puede, no hay ni un pescado”.

Copacabana desde las alturas.

Lamento no haberme sacado una foto con ellos. La experiencia fue positiva, con mucho respeto desde ambas partes. En ese hotel, una noche le consultamos a otro huésped si la ciudad era peligrosa. —Sí, es peligrosa. Descansen en sus habitaciones—, recomendó.

En este tramo del viaje, la comida boliviana se hizo notar en mi sistema digestivo. La situación se volvió tan incómoda que una noche en el hostel tuve que tomar medidas drásticas y sacrificar un par de medias.

Al segundo día recorrimos lo que quedaba de la ciudad y subimos al cerro Pucara. Otra vez la vista nos dejó atónitos. «Estoy viajando», pensé, mirando al lago desde las alturas.

Lago Titicaca visto desde las alturas.
Lago Titicaca visto desde las alturas.

Una anécdota divertida sucedió cuando el grupo decidió comprar marihuana para fumar junto al lago. No sabíamos a quién preguntarle. José decidió hablar en nombre de los demás y se acercó a un argentino que vendía excursiones en la calle, a viva voz.

—Amigo, ¿no sabés quién vende marihuana? —dijo.

—Vengan conmigo —respondió.

El argentino nos hizo pasar al local y nos preguntó cuánto queríamos. Acto seguido, gritó:

—¡Mami, traeme una bolsa de las verdes!

—¿De las blancas?

—¡No, de las verdes!

La interacción nos sacó una carcajada cuando nos retiramos del local.

No teníamos cómo fumar la hierba, así que desarmamos un cigarrillo. El viento del lago desparramó parte de aquella sustancia, que no era sino paraguayo prensado. Era difícil conseguir algo de mejor calidad en aquellos tiempos.

Cumplimos nuestro objetivo de fumar junto al lago, y le pedí a Luca que me sacara una foto.

Tanto sol me iba a hacer mal, pero yo aun no lo sabía.

La isla del Sol

Cerca de Copacabana se encuentra la Isla del Sol, nuestro próximo destino. Luca tuvo que regresar a La Paz para realizar algunos trámites, así que el resto de los argentinos decidimos explorar este lugar y partimos a las 8 de la mañana. Optamos por la parte superior del barco: allí encontramos a otros doce compatriotas. A pesar del intenso frío, nos calentamos con mate y con el imponente paisaje que se desplegaba ante nosotros. El sol se asomaba tibio entre las montañas.

Uno de los argentinos sacó una guitarra y cantamos «Me quedo contigo». Ellos planeaban acampar y lamentamos no haber llevado nuestra carpa.

Al llegar a la isla nos cobraron quince bolivianos: aseguran que tal precio es utilizado para mantener los caminos y fomentar la educación de los residentes.

Recorrimos la Isla del Sol de punta a punta. El trayecto nos llevó tres horas a pie. El barco que nos llevaría de vuelta zarpaba desde la otra orilla y debíamos estar allí antes de las cuatro y media de la tarde.

José en la Isla del Sol.

El lugar es increíble. «Qué bello es todo. La Isla del Sol, las montañas, el lago. Qué bello es viajar», pensé. Me invadió una sensación de plenitud. Lo que venía buscando.

Cómo te extraño, Ángeles. Cómo te extraño.

Al llegar al sur de la isla nos cobraron cinco bolivianos más: “Porque el pago anterior era para la otra comunidad”, aseguraron. Nos cruzamos con unos canadienses que estaban borrachos y filmaban todo con una GoPro. Una niña de seis años vendía artesanías, solita, a un costado del camino.

Regresamos a Copacabana con los ojos colmados de paisajes, pero muy cansados. Seguimos lamentándonos por no haber llevado una carpa. Ya en el hostal, Sofía nos recomendó comprar primero un pasaje hasta Puno y luego hacia Cusco, porque «así es más barato». El pasaje de Copacabana a Cusco costó 50 bolivianos.

Automóvil listo para bendecir en Copacabana.

Julián, en cambio, gastó 120 bolivianos -más del doble que nosotros- en un bus hacia Arequipa.

Ya era de noche cuando nuestro coche partió en dirección a la frontera.

En Puno nos despedimos de Julián y tomamos otro bus hacia Cusco. Ya estábamos en Perú.

Bolivia, un país inmenso, multicultural y lleno de paisajes que te dan vuelta la cabeza. Digno pueblo boliviano, humilde, trabajador, callado. Aprendí muchísimo. Espero volver algún día.

Sofía le cobró cinco bolivianos a José por usarle el aceite.

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¿Una monedita, loco?

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