En el colectivo hacia Puno había WiFi. Al atravesar la frontera entre ambos países, me cobraron una multa de 300 bolivianos (casi 50 dólares) por no haber sellado el ingreso a Bolivia en Villazón, algo que debí hacer apenas crucé caminando desde La Quiaca. Me salté ese paso sin darme cuenta, y ahora me tocaba pagar por la omisión.

Estas cosas forman parte de los viajes: en muchos lugares te sacarán dinero porque te falta algún papel o por simple ignorancia. Tal vez pude haber regateado la multa, pero decidí pagarla completa a ver si de esa manera me volvía menos burro. La clave está en aprender de los errores. Nunca más olvidé poner un sello en el pasaporte o pedir el papel correspondiente.
Llegamos a Cusco a las cinco de la mañana. En la terminal conocimos a Carlos, un brasilero que afirmó conocer todas y cada una de las siete nuevas maravillas del mundo moderno, excepto Machu Picchu. «Eso está por cambiar», dijo.
En la terminal, algunos locales nos ofrecieron alojamiento: el más barato costaba 15 soles por persona, es decir, unos cinco dólares. Para que nos rebajaran el precio, Carlos decidió venir con nosotros.
Llegamos al hotel, modesto pero limpio, y descansamos como troncos. Viajar cansa mucho, sobre todo a los novatos que llevan veinte kilos de peso en la espalda donde quiera que vayan.

Es preciso que traiga a la escena un detalle que en ese momento pudo arruinarme el viaje por completo. En el hotel, tras despertar, decidí tomar una ducha. El baño estaba fuera de la habitación. En algunos lugares de América, el agua se calienta a través de un sistema eléctrico. Recuerdo mirar aquellos cables con desconfianza, por temor a morir electrocutado.
No recuerdo si fue por miedo o por descuido, pero terminé de bañarme, me sequé y regresé hacia la habitación para vestirme. Pocos minutos después, alguien golpeó a mi puerta. Era la mujer que trabajaba en el albergue. En su mano traía mi portavalores. Lo había olvidado en el baño, con todo el dinero adentro.
Si no fuese por la honestidad de esa señora, no solo perdía la plata: se me iba el viaje entero, el proyecto, el sueño. Me imaginé volviendo en bondi, vacío, derrotado, contando monedas para llegar a Córdoba.
Donde quiera que esté, ¡Gracias, señora peruana! ¡Dios la bendiga por toda la eternidad!
Una vez que mi corazón dejó de latir con violencia (y de que mis testículos bajaron por la tráquea y se acomodaran en su lugar original), salí del hostel junto a mis compañeros de viaje para conocer la ciudad.

Cusco me golpeó como un cascotazo de colores y sonidos. Gente bailando, tambores, estandartes, máscaras, gente pintada. Una mezcla de fiesta, historia y caos. En esos días de junio se celebran las fiestas locales, el Inti Raymi, por lo que era común ver desfiles y bailes de todo tipo en las calles del centro. Recuerdo ver cómo una gota de sudor caía por el rostro de un niño que dirigía a su grupo de danza, y su entrecejo fruncido me hizo notar que se tomaba bastante en serio aquello del zapateo urbano.
El primer día en Cusco almorzamos rico, abundante y barato en el mercado central. Allí conocimos a unas cusqueñas muy simpáticas. Más tarde me tomé una foto con un tipo disfrazado de inca: túnica dorada, lanza de utilería y una melena larga y negra que me hizo flashear Atahualpa y el Imperio Inca. Lo volví a ver esa noche, en Tijuana, bailando reggae como si fuera el dueño del bar, vestido con una campera de cuero y su imponente melena precolombina.

Mientras los rayos del sol de la siesta caían sobre las terrazas de la ciudad, el italiano Luca hizo su reaparición. Dedicamos aquella tarde a pasear por la ciudad y nos registramos en Pariwana, un hostel con camas cómodas, mochileros de todos lados y cerveza barata. Viéndolo con el diario del lunes, era el lugar ideal para frenar, escribir, enamorarse o simplemente dejar pasar los días.
No voy a contar todo lo que pasó en Pariwana: solo diré que alojarse en un hostel es una de las cosas más divertidas que uno puede hacer en la vida.
