Pariwana estaba lleno de argentinos, como Franco y Branko, dos voluntarios del hostel que a veces salían con nosotros.
En Cusco aprendí que se puede salir de fiesta todos los días, incluso los lunes y los martes de invierno. Mientras en otros lugares la gente se queda en casa por el frío, en Cusco se abrigan, salen y beben. Parece que todo el mundo se emborracha en esta ciudad. No sé si era por el Inti Raymi o no, pero miles de personas celebraban por las calles. La multitud era impresionante. A veces no se podía ni caminar: los locales me abordaban, me daban de su bebida (a veces, de la botella) y me invitaban a brindar.
—Toma, amigo, toma. Por la hermandad de los pueblos de Latinoamérica —insistían.

En la antigua capital del imperio inca existe una modalidad particular: el free drink. Por algún motivo, las discotecas regalan un ron cola a posibles clientes, incluso sin que pagues la entrada, con la condición de que tomes la bebida dentro del local. La táctica del grupo, entonces, consistía en pasear por la ciudad coleccionando tragos gratis dentro de boliches bailables.
Conocimos varios lugares: Temple, Roswell, Mama África, Inkadance. El plan era simple. Entrábamos, tomábamos el trago y seguíamos al siguiente. A la vuelta de una o dos horas, ya estábamos borrachos sin haber gastado un solo peso.
Debo reconocer que en Cusco no visité iglesia, museo o templo de ninguna clase. Mi templo fue Temple, mi iglesia Mama África y mi museo Roswell. No me enorgullezco, pero no me hice un blog para mentirle a la gente.

Los contrastes de Cusco me fascinaron. Al menos diez personas solían acercarse a nosotros por día con el objetivo de vendernos sustancias. Era de lo más común escuchar frases como: «Eh, amigo, ¿coca, marihuana?”, “I got weed, man, I got weed”, “Wanna joint?”,”¿Coquita, coquita?” y otra decena de variables que cambian tan pronto se cambia de lugar en el mundo y que en todas partes son apelativos para referirse a lo mismo: la droga.
Una vez, un guardia de seguridad encontró a un amigo consumiendo drogas con una canadiense en el baño de un bar. En vez de echarlo (lo normal en estos casos) le dijo:
—Hey, más vale que me dejes un poco, pe.
Todo el grupo se partió de la risa al escuchar la anécdota.
No todo fue fiesta. Una noche tuve miedo. Estábamos con Luca en Jardín Secreto, otro antro, y le pregunté al guardia de la puerta si adentro se podía fumar. Respondió:
—Si, amigo, marihuana o lo que usted quiera.
Qué agradable sujeto.

Esa noche, mientras tomaba una cerveza, se me acercó un tipo. En muchos países de América, a veces los locales te hablan por curiosidad. Éste en particular estaba demasiado bien vestido. Me había llamado la atención antes, sobre todo porque pasó junto a un chico de unos diez años. No sé qué hacía un nene en un bar como ese, pero nadie parecía notarlo. El niño tenía un corte de pelo de adulto, sonreía y usaba una campera de cuero carísima.
Esa gente tenía plata, y no lo disimulaba.
El tipo me saludó en inglés:
—Hello, friend.
Solté la típica:
—No, amigo, soy argentino.
Apenas escuchó mi acento, se soltó. Sacó un celular de alta gama y me mostró fotos manejando autos lujosos: Porsche, Mercedes Benz, una Hummer. Puede que fueran alquilados o prestados, pero mi intuición me decía que algo no cuadraba.
—¿De qué trabajas? —le pregunté.
—Soy sicario. Mato gente —me dijo, con total naturalidad.
Lo repitió varias veces, como si yo no le hubiera entendido a la primera.
—Al primero que jode, lo volamos, pe. Trabajo para Oropeza —dijo. Oropeza es el Chapo Guzmán peruano.
Lo volamos, pe.

Me invadió el impulso de retirarme del lugar. Le hice señas a Luca, pero no me hizo caso.
—Vamos a buscar a José, Luca —dije.
Luca estaba borracho. Me levanté sin despedirme y salí.
Luca me vio y salió detrás de mí. Me preguntó qué me pasaba. Le conté lo del supuesto sicario mientras caminábamos de regreso. En eso, alguien gritó:
—¡Arriba las manos, hijos de puta!
Nos paralizamos.
Era Franco, que no se le ocurrió un mejor momento que ese para hacer una joda. Casi me da un infarto.
Y todavía faltaba más. Esa misma noche, caminando con Franco y Luca, una niña nos ofreció paragüitas de chocolate. Dijo que tenía ocho años. Eran las tres de la mañana y hacía un frío tremendo. Luca le preguntó por su mamá.
—Está en mi casa —respondió. —Por favor, señor, me pegan si no llevo dinero—agregó.
Luca se ofreció a llevarla a la policía.
Solo con mencionar la palabra «policía», la madre de la nena (o alguna señora que estaba con ella) apareció desde la esquina y la llamó. La niña se fue y ambas se perdieron en la noche.
El trabajo infantil existe en varias partes del continente, y aquella no sería mi única experiencia con niños en edad escolar que son forzados a trabajar durante la madrugada, en la calle, sin importar las condiciones climáticas. Al día siguiente, en medio del caos, vimos a otro niño entre la multitud de borrachos. Estaba sentado en un balde de plástico, gritando a viva voz:
—¡Ron cola!

Aquellas criaturas me partieron el alma. Tienen hasta un discurso armado: todos dicen que si no llevan plata a casa, les van a pegar. Los problemas de mi vida diaria parecen muy triviales cuando una niña que debería estar durmiendo para ir al colegio al otro día te ofrece golosinas a las tres de la mañana en medio del frío de montaña. Lo terrible es que, por lo general, son los padres quienes los obligan a decir eso con el objetivo de sacarle dinero a los turistas.
El mundo es como es, no como debería ser. El sicario y los niños. Dos cachetazos seguidos. El segundo dolió más.
Mientras volvíamos al hostel yo pensaba en esa mezcla extraña: tipos que se sacan fotos en Hummers y niños vendiendo paragüitas a las tres de la mañana. Yo de joda, ellos trabajando. Todo en la misma cuadra.
Sentí vergüenza por ser parte de esa postal absurda. Y en medio de la incomodidad, me vi a mí mismo buscando tragos gratis. Los niños, monedas.
No tengo una conclusión brillante. Solo sé que esa noche, entre la música y el alcohol, también escuché otra cosa. Si uno afina el oído y presta mucha atención, puede oír el silencio de esos niños. Y no hay DJ ni parlante que lo tape.