El viaje duraría 23 horas. Por ser la línea más barata, el transporte era bastante precario y estaba lleno de peruanos que hablaban entre sí. En Argentina, la mayoría de las personas viaja en silencio, porque no conoce a nadie. Los peruanos, en cambio, hablan todos al mismo tiempo y a los gritos. Prefiero la manera peruana, en cierto modo. Depende.
Nada que comentar durante el trayecto, solo que paramos a comer en un lugar llamado Chalhuanca. Miré al cielo. Volvía a estar solo.
Pasaron las horas. Durante la noche, a eso de las cuatro de la mañana, justo al tipo que iba detrás de mí se le ocurrió poner música a todo volumen. Me desperté sobresaltado.
«¿Estará loco?», pensé.
Le pedí por favor que bajara la música. Solo me miró con una cara inexpresiva, sin inmutarse. Lo que sonaba era Alicia Delgado. Lo supe porque lo decía en una de las canciones:
—Hay dos tipos de fama. La pasajera y la eterna. Tú eres eterna, Alicia Delgado.
Para que el lector se haga una idea, la melodía es andina, estilo Wendy Sulca. Cermeza, cermeza, quiero tomar cermeza. Para mí era la canción más espantosa que había escuchado en toda mi vida: los Pibes Chorros parecían Mozart al lado de Alicia. Sentí que el mundo se me reía en la cara. Traté de dormir, pero la Princesa del Folklore me lo impidió. Así que, huyendo de ese sonido desagradable (con respeto para mis hermanos peruanos) subí al piso de arriba a ver el camino.
Justo en ese momento, nuestro colectivo rozó un camión. Vi todo. Íbamos por nuestra vía y el camionero, al parecer dormido, se desvió hacia nosotros. Si el impacto hubiera sido frontal, aquello habría sido una carnicería. Se escucharon gritos. Por suerte no hubo heridos. El camión siguió de largo como si nada.
Después del susto, me quedé pensando. Y entonces me cayó la ficha: la única persona que solía despertarme con música, sin importarle la hora, era mi hermana. Sentí que fue ella. Como si me estuviera regañando por mis boludeces en Cusco. Como si, a pesar de todo, todavía me cuidara. Es difícil de explicar para quienes no extrañan a los muertos como yo. Pero sé que era ella. Me pegó una sacudida para que reaccionara.
Perdón, angelito de mi vida. Cuántas veces apareciste cuando más lo necesitaba, flaca. Cuántas veces me tiraste una mano desde el otro lado.
El viaje siguió en silencio hasta que llegamos a Lima. Apenas llegué, tomé un taxi a Miraflores. Necesitaba ver el océano Pacífico. No conocía nada de la ciudad, pero de chico jugué online con un peruano que me dijo que Miraflores era el barrio más lindo. Con eso me alcanzó.
Lima me pareció algo descuidada. Pregunté en un hostel para alojarme por un día, pero el conserje fue descortés, por lo que desestimé la idea y me fui.
Con la mochila al hombro, caminé por el malecón, una zona muy bonita. Era la primera vez en la vida en la que estaba frente al océano Pacífico, inmenso y oscuro en la mañana gris. Surfistas bajaban hacia el mar. Aprovechando el WiFi gratis de un parque, llamé a mi abuela y conversé con ella. Comí naranjas frente a la inmensa masa de agua, y observé la danza de las olas durante varias horas, embelesado con la belleza de aquella infinidad.
Pero no me quedé en Lima. Las ciudades grandes me estresan. Uno necesita dinero para entrar y salir, y para estas fechas ya comenzaba a escasear. Pregunté dónde quedaba la terminal, caminé hasta allá y saqué pasaje hacia Chiclayo. Empezaba otra parte de mi aventura: estaba decidido a hacer dedo. En mi cabeza, entendí que era necesario ser más estratégico para moverme sin gastar tanto dinero.
Déjenme darles un par de consejos a aquellos interesados en hacer dedo, o pedir ride, carona, autostop y otros nombres que se utilizan para referirse al acto de solicitar viaje a desconocidos en la ruta. Se equivocan quienes piensen que para viajar así hay que pararse a un costado del camino, sonreír y señalar hacia delante con el dedo pulgar. De esta manera, en algún momento alguien los llevará, pero podrían esperar varias horas (e incluso días) hasta que un buen samaritano se apiade de ustedes.
La forma correcta es ubicarse en una estación de servicio, en lo posible a la salida de las ciudades y cerca de las autopistas. Con mucha educación, el paso siguiente consiste en hablarle a los conductores y explicar la situación. Un discurso más o menos acertado sería: «Buenas tardes, señor o señora, disculpe la molestia. Me llamo Federico, soy argentino y estoy viajando por su maravilloso país. En este momento me dirijo hacia el norte. Sin compromiso, ¿tendría usted la amabilidad de llevarme en aquella dirección? Prometo no ser una molestia».
De esta manera, el contacto es directo, planteamos con claridad nuestras intenciones, miramos a la otra persona a los ojos y demostramos tanto que somos educados como que no tenemos malas intenciones. Es más difícil decirle que no a un viajero del camino que habla con educación. Si tenés cara de bueno y no cargás con mal olor, mucho mejor. Estando en la ruta, el tiempo desde que el conductor te ve hasta que decide parar es muy corto, y ante la duda todos prefieren seguir de largo.
Viajar enseña lo esencial: saber cuándo avanzar, cuándo esperar y, a veces, cuándo pedir ayuda. Yo, por ejemplo, aprendí esta lección luego de estar varias horas con cara de imbécil al rayo del sol, con calambres en el brazo de tanto agitarlo. Pero esa historia es para la próxima entrada.
