Dejé Lima y viajé toda la noche hasta Chiclayo. A la mañana siguiente, bajé del colectivo y me puse a hacer dedo rumbo al norte. Incluso sin experiencia, conseguí que me llevaran hasta Máncora. Me llevó un día entero, pero llegué. Esta es la historia.
Los primeros que me levantaron fueron dos tipos en una Fiorino que repartían carteles de ofertas para supermercados (LLEVE 2 PAGUE 3 y cosas así). Les di una mano instalando los carteles en algunos comercios. En uno de esos lugares, alguien preguntó:
—¿De dónde sacaron a este rubio, ustedes?
—Lo encontramos en la ruta —respondieron.
Aquello me hizo reír y recordé esta vieja publicidad.
El segundo vehículo era una combi llena de bolsas con víveres. Una familia me hizo lugar entre el cargamento. Una mujer robusta, que debía ser hija del matrimonio, dormía recostada sobre uno de los asientos. Yo me acurruqué detrás de todas las bolsas, bien al fondo, en un lugarcito. Después de algunos kilómetros, me regalaron frutas y me dejaron en un peaje.
Ahí nomás, tres tipos que escuchaban el partido entre Perú y Chile por la Copa América me hicieron señas. En el mismo lugar también subió una madre adolescente con su bebé en brazos. Dentro del auto, la chica me preguntó:
—¿Te vas a quedar en Máncora?
—Sí —le dije.
—Estás loco, es muy peligroso.
—Bueno —contesté, encogiéndome de hombros.
En Máncora conseguí un hostel barato y me instalé a ver lo que quedaba del partido (que Chile ganó 2 a 1). Un peruano que vivía allí y daba clases de surf me invitó a tomar unas cervezas. Me contó que tenía una hija con una australiana que vivía en Australia. Seguimos hablando de la vida.

Días después entendí por qué aquella mujer del auto me dijo que Máncora era peligroso. Una pareja de colombianos y un argentino, que se conocieron en el hostel, fueron asaltados mientras caminaban por la playa. Un grupo de delincuentes armados con cuchillos los abordó. Y a pesar de que entregaron todas sus pertenencias, los atacantes los persiguieron para lastimarlos. Al argentino lo apuñalaron por la espalda. El cuchillo le perforó un pulmón.
Los colombianos me contaron la historia con un gesto de shock, miedo y tristeza. Tras el ataque, los agresores gritaron que “no querían a argentinos en Máncora”.
—No eran ladrones —dijo ella, con voz de angustia—. Eran asesinos.
Para ellos, las vacaciones habían terminado. El argentino herido estaba todavía en el hospital. Una enfermera les había dicho que los pulmones son como bolsas: una vez rotos, difícilmente se recuperan del todo. «Alguien con un pulmón perforado tendrá problemas respiratorios para toda su vida», aseguró la mujer.
Los colombianos regresaron al hostel para recoger las cosas y marcharse. Se llevarían al herido a Cali para ayudarlo a recuperarse.

Los ayudé a llevar la mochila de mi compatriota hasta el vehículo que los llevaría a Tumbes. Les deseé suerte antes de la partida.
Máncora es una ciudad pequeña. No hay cómo perderse. Si alguien que lee este blog piensa ir a la playa, bien haría en recordar que debe llegar hasta la costa por la calle principal y girar a la izquierda. Nunca a la derecha.
Agradecí a Dios y a la vida no haber sido yo la víctima. Porque varias veces recorrí ese camino y, sin saberlo, siempre giré hacia la izquierda. No sé por qué. Sentí una culpa rara, como si hubiera zafado por capricho del destino.
Jamás olvidé esa tarde: no era una noticia en la tele, era la vida de otro loco mochilero, como yo, sangrándose en un hospital peruano.
Después de esa noticia, no me quedaron ganas de caminar por el mar de Máncora, sin importar lo bellas que fuesen sus playas. El peligro siempre está al acecho. Aunque no lo esperes, él te espera a vos, agazapado, para atacar cuando más desprevenido estés.
Me dio un poco de vergüenza saber lo fácil que es seguir viaje cuando el apuñalado es otro.
Mis días en Perú llegaron a su fin: era tiempo de atravesar la frontera y conocer Ecuador. Y si de Ecuador hablamos, en mi cabeza solo había una palabra: Montañita. Las historias que circulaban entre viajeros y por Internet sonaban tentadoras para un pendejo de 23 años con ganas de descubrir el mundo.
Para ese entonces, yo ya sabía que la ruta te podía morder… pero igual quise seguir probando. A ver hasta dónde puedo joderla antes del primer tarascón.
