Baños de Tungurahua, Ecuador.

El que maneja los hilos

En la terminal de Máncora, mientras esperaba el bus hacia Guayaquil, le pedí fuego a un tipo cualquiera que estaba por ahí. Noté que era joven y que llevaba una mochila como la mía. Mientras buscaba el encendedor, el chofer apretó el acelerador sin poner primera, apurando a los pasajeros que aún no habían subido. Le dije al tipo que no importaba, que subiéramos ya o nos dejaba.

Volví a verlo en Migraciones. Fue una de las fronteras más fáciles de mi vida: pasaporte, sello, coser y cantar. De reojo vi que el tipo tenía pasaporte europeo: era francés. Seguimos viaje en la madrugada y llegamos a Guayaquil justo cuando el sol empezaba a despuntar.

El cambio de Perú a Ecuador es notable: enseguida una espesa y verde vegetación nos rodeó por ambos lados de la ruta, y el paisaje floreció en todo su esplendor entre aquellos sinuosos caminos de montaña.

San Lorenzo presente en Guayaquil.
San Lorenzo presente en Guayaquil.

La terminal de buses de Guayaquil es enorme y moderna. Me tomó media hora encontrar el punto de venta para los pasajes a Montañita. Volví a cruzarme con el francés y lo saludé. Durante el viaje de cuatro horas, me dediqué a admirar la exuberante naturaleza. Dormí un rato.

Al llegar a Montañita, ya de día, caminé por sus calles vacías. Era domingo. Anduve por la playa, pateando botellas recién terminadas y preguntando por alojamiento. Todos los lugares me parecían caros. Un tipo muy agradable me vio con la mochila y me llevó hasta un hostel barato, casi escondido, sin cobrarme. El lugar era perfecto para lo que yo buscaba, y costaba cinco dólares por día.

Domingo por la mañana en Montañita. Julio de 2015.

El dueño era un norteamericano. El lugar me gustó por estar algo oculto, rodeado de vegetación y visitado por iguanas que tomaban sol a la hora de la siesta. Mientras hacía el check in, alguien me habló desde atrás:

—Tú me pediste fuego en Máncora.

Me di vuelta. ¿Quién era?
Sí. El francés.
Demasiada casualidad… o tal vez no. Porque la historia recién empezaba.

Se llamaba Antoine. Nos hicimos amigos al instante. Esa misma tarde compramos una botella de ron por cuatro dólares, una Coca grande y unos limones. Nos preparamos cubalibres y bebimos como si no hubiera mañana. Salimos a bailar esa noche y las siguientes. Antoine era la única persona que vi en mi vida que bailaba peor que yo, así que si levantábamos era gracias al alcohol y a la oscuridad de la playa.

Con el francés éramos bastante cuidadosos: alcohol, cigarrillos y nada más, o casi. Pero el resto del hostel era otro planeta. Algunos clientes se la pasaban duros, otros vendían. Un negro piola, pero muy drogón, se metía faso, merca, pasti, LSD y keta al mismo tiempo. Y se iba a bailar electrónica así, el loco. Creo que estaba confabulado con el dueño, pero no me importó. Jamás le compré.

La iguana que tomaba sol a la siesta en el hostel de Montañita.

Una vez volví a la habitación a las siete de la mañana y no había nadie. Compartía la pieza con veintitrés personas: veintitrés camas vacías, mochilas tiradas y olor a pata. Todos de joda, todos bebiendo, todos cogiendo en algún lado. O al menos eso pensé aquella mañana de julio, y largué una carcajada. Solo.

«Tremenda joda hay acá», dije para mis adentros.

Las noches en Montañita eran siempre iguales: ron barato, reggaetón en la arena, Antoine destrozando la pista y gente desapareciendo en la oscuridad de la playa. Yo también cumplí el protocolo, con algunas actuaciones formidables y otras que dejaron un poco que desear. La vida misma. Nada que valga la pena contar con detalle.

Lo que me costó soltarme de esas cuerdas, por favor.
Lo que me costó soltarme de esas cuerdas, por favor.

En el hostel conocimos a una española llamada Rocío y a una argentina de Puerto Madryn, Melisa. Los cuatro —Antoine, Rocío, Melisa y yo— decidimos seguir viajando juntos. Volvimos a Guayaquil y tomamos otro bus hacia Baños de Tungurahua, un lugar increíble del que prefiero no hacer comentarios turísticos. Agua, selva y niebla. Si quieren saber cómo es, vayan. Vale la pena.

Después de unos días en Baños, Rocío y Antoine se fueron por su cuenta. Yo me quedé con Melisa. Ella estaba en sus últimas vacaciones antes de empezar a trabajar como contadora. Fuimos a Quito, recorrimos la ciudad, visitamos el monumento de la mitad del mundo y por primera vez en mi vida puse un pie en el hemisferio norte.

En el hemisferio norte y sur, en verano y en invierno al mismo tiempo.
En el hemisferio norte y sur, en verano y en invierno al mismo tiempo.
Zapatillas sucias en la mitad del mundo. Con esas caminé hasta Machu Picchu.
Zapatillas sucias en la mitad del mundo. Con esas caminé hasta Machu Picchu.

Melisa tenía una obsesión con Medellín. Hablaba todo el tiempo de la ciudad e insistía con ir. También intentaba enseñarme algunos regionalismos paisas, pero no le presté mucha atención. No pensé que tendría tanta razón ni que esos consejos me harían falta después. Sin pensarlo mucho, como ya es costumbre en este viaje, decidimos ir a Colombia.

Con mi amiga Melisa en Quito.
Con mi amiga Melisa en Quito.

No fue sino hasta días después que caí en la cuenta de la extraordinaria casualidad de la que formé parte. Estando ya en el país cafetero, agregué a Antoine a Facebook. Allí vi una foto del francés con la amiga de una amiga que vivía en Córdoba. Quedé en shock. En un segundo se me vinieron miles de imágenes a la cabeza. Recordé que una vez mi amiga me contó que un francés cenaría aquella noche con ellas. Incluso recordé el detalle de que comieron pastel de papas y tomaron vino tinto.

Melisa, Antoine y yo en Baños de Tungurahua, Ecuador.
Melisa, Antoine y yo en Baños de Tungurahua, Ecuador.

No sé qué probabilidades hay de pedirle fuego a un tipo cualquiera en un país, cruzarlo en Migraciones, volver a verlo en la terminal de una ciudad y que luego terminemos en el mismo hostel, nos hagamos amigos y viajemos juntos, reencontrarnos en Medellín… solo para después darme cuenta de que él comía pastel de papas con mi amiga en Córdoba mientras ella me enviaba fotos de la cena. Estuvimos a centímetros de cruzarnos en Argentina, pero nos conocimos a miles de kilómetros de distancia, en circunstancias —en apariencia— fortuitas.

Supongo que los seres humanos estamos conectados por alguna especie de hilo invisible. Que el destino existe, aunque sea un poco. Que eso de construir el cien por cien de nuestro futuro podría ser un invento cómodo. Creo que hay algo o alguien que, si no maneja, al menos «direcciona» la vida de las personas. Por ejemplo, mientras escribo esto, alguien puso una canción en francés en el living. ¿Casualidad? Tal vez sí, o tal vez es otro guiño de ese algo o alguien, experto en mandar señales, que confirma lo que pienso y escribo en este momento.

Baños de Tungurahua, Ecuador.
Baños de Tungurahua, Ecuador.

Quizás esté siendo ingenuo y todo sea casualidad tras casualidad en un mundo de coincidencias, pero temo que tanto escepticismo pueda confundirse con terquedad o estupidez.

Y la historia con Antoine no termina ahí. Como dije, volvería a verlo en Medellín. Si quieren saber cómo sigue, tendrán que seguir leyendo.

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