En la terminal de Máncora, mientras esperaba el bus hacia Guayaquil, le pedà fuego a un tipo cualquiera que estaba por ahÃ. Noté que era joven y que llevaba una mochila como la mÃa. Mientras buscaba el encendedor, el chofer apretó el acelerador sin poner primera, apurando a los pasajeros que aún no habÃan subido. Le dije al tipo que no importaba, que subiéramos ya o nos dejaba.
Volvà a verlo en Migraciones. Fue una de las fronteras más fáciles de mi vida: pasaporte, sello, coser y cantar. De reojo vi que el tipo tenÃa pasaporte europeo: era francés. Seguimos viaje en la madrugada y llegamos a Guayaquil justo cuando el sol empezaba a despuntar.
El cambio de Perú a Ecuador es notable: enseguida una espesa y verde vegetación nos rodeó por ambos lados de la ruta, y el paisaje floreció en todo su esplendor entre aquellos sinuosos caminos de montaña.

La terminal de buses de Guayaquil es enorme y moderna. Me tomó media hora encontrar el punto de venta para los pasajes a Montañita. Volvà a cruzarme con el francés y lo saludé. Durante el viaje de cuatro horas, me dediqué a admirar la exuberante naturaleza. Dormà un rato.
Al llegar a Montañita, ya de dÃa, caminé por sus calles vacÃas. Era domingo. Anduve por la playa, pateando botellas recién terminadas y preguntando por alojamiento. Todos los lugares me parecÃan caros. Un tipo muy agradable me vio con la mochila y me llevó hasta un hostel barato, casi escondido, sin cobrarme. El lugar era perfecto para lo que yo buscaba, y costaba cinco dólares por dÃa.

El dueño era un norteamericano. El lugar me gustó por estar algo oculto, rodeado de vegetación y visitado por iguanas que tomaban sol a la hora de la siesta. Mientras hacÃa el check in, alguien me habló desde atrás:
—Tú me pediste fuego en Máncora.
Me di vuelta. ¿Quién era?
SÃ. El francés.
Demasiada casualidad… o tal vez no. Porque la historia recién empezaba.
Se llamaba Antoine. Nos hicimos amigos al instante. Esa misma tarde compramos una botella de ron por cuatro dólares, una Coca grande y unos limones. Nos preparamos cubalibres y bebimos como si no hubiera mañana. Salimos a bailar esa noche y las siguientes. Antoine era la única persona que vi en mi vida que bailaba peor que yo, asà que si levantábamos era gracias al alcohol y a la oscuridad de la playa.
Con el francés éramos bastante cuidadosos: alcohol, cigarrillos y nada más, o casi. Pero el resto del hostel era otro planeta. Algunos clientes se la pasaban duros, otros vendÃan. Un negro piola, pero muy drogón, se metÃa faso, merca, pasti, LSD y keta al mismo tiempo. Y se iba a bailar electrónica asÃ, el loco. Creo que estaba confabulado con el dueño, pero no me importó. Jamás le compré.

Una vez volvà a la habitación a las siete de la mañana y no habÃa nadie. CompartÃa la pieza con veintitrés personas: veintitrés camas vacÃas, mochilas tiradas y olor a pata. Todos de joda, todos bebiendo, todos cogiendo en algún lado. O al menos eso pensé aquella mañana de julio, y largué una carcajada. Solo.
«Tremenda joda hay acá», dije para mis adentros.
Las noches en Montañita eran siempre iguales: ron barato, reggaetón en la arena, Antoine destrozando la pista y gente desapareciendo en la oscuridad de la playa. Yo también cumplà el protocolo, con algunas actuaciones formidables y otras que dejaron un poco que desear. La vida misma. Nada que valga la pena contar con detalle.

En el hostel conocimos a una española llamada RocÃo y a una argentina de Puerto Madryn, Melisa. Los cuatro —Antoine, RocÃo, Melisa y yo— decidimos seguir viajando juntos. Volvimos a Guayaquil y tomamos otro bus hacia Baños de Tungurahua, un lugar increÃble del que prefiero no hacer comentarios turÃsticos. Agua, selva y niebla. Si quieren saber cómo es, vayan. Vale la pena.
Después de unos dÃas en Baños, RocÃo y Antoine se fueron por su cuenta. Yo me quedé con Melisa. Ella estaba en sus últimas vacaciones antes de empezar a trabajar como contadora. Fuimos a Quito, recorrimos la ciudad, visitamos el monumento de la mitad del mundo y por primera vez en mi vida puse un pie en el hemisferio norte.


Melisa tenÃa una obsesión con MedellÃn. Hablaba todo el tiempo de la ciudad e insistÃa con ir. También intentaba enseñarme algunos regionalismos paisas, pero no le presté mucha atención. No pensé que tendrÃa tanta razón ni que esos consejos me harÃan falta después. Sin pensarlo mucho, como ya es costumbre en este viaje, decidimos ir a Colombia.

No fue sino hasta dÃas después que caà en la cuenta de la extraordinaria casualidad de la que formé parte. Estando ya en el paÃs cafetero, agregué a Antoine a Facebook. Allà vi una foto del francés con la amiga de una amiga que vivÃa en Córdoba. Quedé en shock. En un segundo se me vinieron miles de imágenes a la cabeza. Recordé que una vez mi amiga me contó que un francés cenarÃa aquella noche con ellas. Incluso recordé el detalle de que comieron pastel de papas y tomaron vino tinto.

No sé qué probabilidades hay de pedirle fuego a un tipo cualquiera en un paÃs, cruzarlo en Migraciones, volver a verlo en la terminal de una ciudad y que luego terminemos en el mismo hostel, nos hagamos amigos y viajemos juntos, reencontrarnos en MedellÃn… solo para después darme cuenta de que él comÃa pastel de papas con mi amiga en Córdoba mientras ella me enviaba fotos de la cena. Estuvimos a centÃmetros de cruzarnos en Argentina, pero nos conocimos a miles de kilómetros de distancia, en circunstancias —en apariencia— fortuitas.
Supongo que los seres humanos estamos conectados por alguna especie de hilo invisible. Que el destino existe, aunque sea un poco. Que eso de construir el cien por cien de nuestro futuro podrÃa ser un invento cómodo. Creo que hay algo o alguien que, si no maneja, al menos «direcciona» la vida de las personas. Por ejemplo, mientras escribo esto, alguien puso una canción en francés en el living. ¿Casualidad? Tal vez sÃ, o tal vez es otro guiño de ese algo o alguien, experto en mandar señales, que confirma lo que pienso y escribo en este momento.

Quizás esté siendo ingenuo y todo sea casualidad tras casualidad en un mundo de coincidencias, pero temo que tanto escepticismo pueda confundirse con terquedad o estupidez.
Y la historia con Antoine no termina ahÃ. Como dije, volverÃa a verlo en MedellÃn. Si quieren saber cómo sigue, tendrán que seguir leyendo.
