Capurganá.

Un paraíso ardiente

Salí de Cartagena en un colectivo con destino a Montería. Logré bajar el pasaje de 55 a 45 mil pesos (de 18,5 a 15 dólares). Llegué a destino a las 3 de la mañana, tras dormir apenas una hora. Me despertó un bache que me revolvió las tripas. Ya no pude descansar.

En la terminal de Montería esperé media hora hasta conseguir que otra trafic me llevase hacia Turbo. El chofer me cobró cuarenta mil pesos colombianos, rebajados de cuarenta y cuatro (1,3 dólares de diferencia). Negocié cada pasaje como si mi vida dependiera de esos pocos dólares que me quedaban.

El viaje fue espantoso: el conductor, un gordo rengo, manejaba como un desquiciado y casi chocamos en varias oportunidades. Quizás se excedía con el acelerador por su renguera. Una chica que viajaba a mi lado vomitó dos veces en una bolsa, y le acaricié la espalda para aliviarla, como uno hace con sus amigos borrachos. Después se hizo una bolita y quedó tirada en el asiento.

Afuera, todo era oscuridad y selva. Adentro, las pasajeras gritaban. Con un chocoano que viajaba atrás nos reíamos. Era más el miedo que se sentía por los gritos de las chicas que por las aceleradas y frenadas del gordo rengo.

Amaneció. Nunca había visto tanta selva. Poco después de las siete llegamos a Turbo.

Mucho calor en el norte de Colombia.
Noté la diferencia entre el Chocó y Antioquia.

Mi bienvenida en el Chocó fue cálida, en todo sentido. Me sentí como si estuviera en África. El calor era intenso y la exuberante vegetación dominaba el paisaje con una densidad abrumadora. Esto era la selva. No podía pensar otra cosa.

Aquella también era mi primera experiencia en un entorno donde el 90% de la población es afrodescendiente. Por decirlo de otra forma, casi todos eran negros. Menos yo. Observándolos de cerca, noté cierta diversidad entre ellos, tanto en apariencia como en personalidad, al igual que ocurre con la variada flora que adorna este lugar único.

Debo haber parecido muy gringo, porque le pagué a un local algunos pesos para que me llevara hasta el «puerto» de Turbo. Lo que yo no sabía era que iríamos en bici de tres ruedas, una de esas que lleva un canasto gigante al frente. Me senté en el canasto, entre mochilas, pero me dio vergüenza y empecé a empujar con los pies para ayudar al chocoano. El hombre me llevó a cambiar dólares por pesos colombianos al negocio de un negro más oscuro que la noche, que no quiso rebajar el precio.

Mucho calor en el norte de Colombia.
Mucho calor en el norte de Colombia.

En el puerto de Turbo compré un pasaje en lancha hacia Capurganá. Me salió 60 mil pesos. No pude conseguir descuento. La única forma de moverse por estos lugares es a través del agua.

Me senté a esperar la barca junto al puerto. El sol pegaba como cachetada de King Kong, y el agua estaba llena de basura que despedía un olor espantoso. Tomé un tinto (un café negro) y comí dos panes de queso con mortadela. La forma de ser de las personas en el Chocó no se parece a la de Antioquia. En el Chocó hay que apurar y exigir, porque si uno entra a un negocio y espera que lo atiendan, se muere esperando. Al principio dije una o dos veces: «Por favor, ¿podrías atenderme?». Pero después me di cuenta de que la forma correcta era entrar avasallando, interrumpir a todo el mundo y exigir lo que necesitás. Parece raro, pero acá lo encuentran normal. El secreto está en adaptarse a cada lugar.

Esperé bastante. Un local que vendía enchufes, caramelos y otras chucherías se enojó conmigo cuando no quise comprarle nada. «Never help, never help», dijo en inglés, a pesar de que le respondí en español. No puedo comprarte un enchufe, hermano. Tenés que entender.

Partimos como a las 10. Pese a que viajábamos a los saltos, me dormí dos veces en la lancha. Estaba demasiado cansado, con apenas una hora de sueño. Aun así, cada vez que levantaba la vista, el mar Caribe me regalaba una postal. A mi alrededor se divisaban islas, verdes montañas y árboles de todos los tipos. El agua era cristalina; las arenas, blancas. Ah, qué lugar. Qué lugar maravilloso. Un paraíso.

Mucho calor en el norte de Colombia.
¿Qué onda loco?

Pero el calor era insoportable; el aire, irrespirable. Mi piel clamaba por un descenso de la temperatura con cada una de sus castigadas células. Esto me recordó que el paraíso en la tierra no existe. No sé. Si Dios pensó en América cuando hizo el Edén, se olvidó de instalarle el aire acondicionado.

En ese momento yo solo puteaba por el calor. No tenía forma de saber que ese sol me iba a pasar factura más adelante. Una factura mucho más cara de lo que cualquiera podría pensar. Pero para eso todavía faltan más de diez años.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¿Una monedita, loco?

Viajo y Escribo es un proyecto personal e independiente.
Si te gusta lo que leés y querés apoyar, podés colaborar
desde cualquier parte del mundo.
El blog es gratis (y lo seguirá siendo).