Capurganá.

Carta al cielo

Hola, flaca. 

Capurganá es increíble, un lugar plagado de islas de colores, con verdes montañas y árboles de todo tipo que hacen juego con el turquesa del mar, el dorado claro de las arenas y las casitas de los lugareños.

Durante la mayor parte del viaje me pareció estar soñando. Solo el calor logra despabilarme. El sol cayó sin piedad sobre mis blancos hombros. Me van a salir lunares, lo sé. No me importa. Es un pequeño precio que pagar por estar acá.

Llegamos a las 12. Y digo ‘llegamos’ porque al bajar de la lancha me habló un tipo. Argentino. Porteño. Se llama Pablo, tiene 23 años y se dio cuenta de que yo también era argentino cuando en la lancha la Policía de Colombia nos pidió el pasaporte. Al principio pensó que yo era gringo, porque me había visto llegar en el canasto gigante de la bici. Qué divertido. Tal vez seamos los únicos argentinos en cientos de kilómetros a la redonda.

Camino a Capurganá.

Llegamos a las 12. Y digo «llegamos» porque al bajar de la lancha me habló un tipo. Argentino. Porteño. Se llama Pablo, tiene 23 años y se dio cuenta de que yo también era argentino cuando, en la lancha, la Policía de Colombia nos pidió el pasaporte. Al principio pensó que yo era gringo, porque me había visto llegar en el canasto gigante de la bici. Qué divertido. Tal vez seamos los únicos argentinos en cientos de kilómetros a la redonda.

Pablo me contó que solo llevaba dos semanas de viaje. Yo, más de tres meses. «Hice todo muy rápido porque quiero trabajar en Panamá», me dijo. Como no podía ser de otra forma, nos hicimos amigos y decidimos buscar juntos un alojamiento. Conseguimos que nos cobraran doce mil pesos colombianos por una habitación que tenía dos camas de dos plazas y dos ventiladores.

Pablo es piola, pero le falta esa experiencia que te da viajar. Le da vergüenza pedir rebajas. A mí no.

Capurganá.
Capurganá.

A la tarde me metí en el mar. También me crucé con unos cubanos que aseguraron escapar del régimen de Fidel. Fueron muy claros al respecto.

Almorzamos tilapia con arroz de coco y fumamos cigarrillos Boston. Después recorrí el pueblo.

Capurganá.

La cocina del alojamiento funciona con leña y, por la noche, cociné unos plátanos. Solo comimos eso, pero estaban riquísimos. La habitación está llena de lagartijas. Soy feliz acá, tal vez como no lo había sido desde que enfermaste. Recordé lo mágica que fue mi vida con vos y todo lo que pasamos. A veces me pregunto si fue real. O si lo soñé. Pero veo mis cicatrices y las considero una prueba de que el pasado existió.

Capurganá.

Me gusta ser así, algo salvaje, caminar mucho, comer poco y no preocuparme por el futuro más allá de dos o tres días.

Las lagartijas suben por la pared de la habitación. No me molestan. La señora dueña del hostel es de Barranquilla y tiene el pelo rizado. Como el tuyo.

Se acaba de cortar la luz y la magia de los dos ventiladores se esfumó en el aire. Trataré de dormir un poco.

Capurganá.

Mañana es mi último día en este país, al menos por algún tiempo. Sigo pensando en vos y extrañándote. Sé que seguirás conmigo, en cada camino, en cada rincón, como siempre lo hacías. Mi terco corazón quiere amarte, no dejarte ir.

Viajando es cuando más cerca te siento, y eso es lo único que me mantiene en pie. Seguiré viajando por algún tiempo.

Capurganá.

Gracias por estar, cielo. Te extraño, pero sigo adelante. Siempre adelante.

En algún tiempo recordaré este día como uno de los más bellos de mi vida.

Tu hermano,

Fede 

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