Capurganá.

Jardín de nuestra América del Sur

Al final, anoche volvió la luz y dormí como un rey. Esta mañana me despertó Pablo. Vi a la señora del hostel y su pelo volvió a llamarme la atención. Lo lleva levantado sobre la izquierda de la frente y rizado hasta las puntas. Se ata un rodete solo con el pelo. Parece un sol. Es como si el calor le rizara los pelos a la gente de estos lares. No me animé a pedirle una foto, me pareció demasiado atrevido. El alojamiento se llama Los Almendros.

De desayuno tomé un tinto con pan que compré en una tienda cercana. Hablé con el dueño, un hombre negro de unos sesenta y pico de años, y me dijo que se llamaba Juvenal. Como es obvio, me acordé de Juvenal Urbino, el viejo del loro en El amor en los tiempos del cólera. Este señor es el primer Juvenal que conozco en mi vida. Hablamos de cultura y me dijo que había estudiado en Panamá, en un lugar que se llama Colón.

Unos niños que pasaron por ahí me hablaron en inglés. Reían. Les dije mi nombre, que era argentino, y les pregunté los suyos. No comprendían que hablase el mismo idioma que ellos. Uno me contestó cualquier cosa y una nena que estaba ahí me dijo que aquello era «un embuste». Me reí. La escena fue rara y tierna al mismo tiempo.

Capurganá.
Capurganá.

Me despedí de Juvenal y los niños regresaron a la escuela. Aproveché el resto de la tarde para pasear por la playa. Costaba caminar en la arena. Pero el mar te envuelve. El mar sana. Aunque las piedras del fondo te lastimen los pies. El dolor físico no se compara con el dolor del corazón.

Regresé al alojamiento y me bañé, porque hacía mucho calor. No dejé de transpirar ni un segundo durante todo el día y toda la noche. Y ahora también estoy sudando. Quizá duerma afuera, junto al mar, donde llegue la brisa. También los bichos, pero cambiaría de buena gana unas cuantas picaduras por no sentirme asado a fuego lento.

Sudando bajo el sol, pensé qué acertado sería llevar varios kilos de jabón si al final de todo decido aislarme del mundo e irme a vivir a una isla desierta.

Capurganá.
Capurganá.

Al otro día dejamos las habitaciones a las diez y media de la mañana. Con Pablo devolvimos las llaves y compartimos una mandarina. Fuimos al puerto, que quedaba cerca, porque todo queda cerca en Capurganá: la cancha de fútbol, el mercado, y el bar donde la noche anterior los locales escucharon música hasta las dos y veinte de la mañana, cuando se cortó la luz. De todas las canciones que sonaron, solo reconocí una: la del Taxi.

Qué canción insoportable. Me lo paró. Al taxi. Me lo paró. Lo paró con una mano. Lo paró, que yo la vi.

En el puerto, bajo un sol abrasador, esperamos un montón. Yo sudaba más que testigo falso. Pasaron varias lanchas y los lancheros se peleaban entre ellos por los clientes. Los escuché hablar del precio del galón de gasolina.

Como a las doce, la Policía llegó a revisar los equipajes y paquetes de algunas personas, pero solamente de algunas. Fui a dar el último paseo por el lugar, total nos íbamos a la una. Saqué algunas fotos y volví porque el calor me estaba matando. Cuando encontré una canilla con agua, le di sin asco. Me mojé bien la cabeza y sentí alivio.

La cuestión es que terminamos saliendo a las dos, bajo un calor infernal y un sol que me quemó aún más los brazos y los hombros ya castigados por el Astro Rey. Navegar —si es que a andar en lancha se le puede decir navegar— es delicioso, a pesar de que se viaja a los saltos. Así dicen en Colombia, «delicioso». Aunque para nosotros, «deliciosa» solo puede ser la comida. Igual que «rico». ¿Cómo va a ser rico un paseo? Ricas son las milanesas.

Es raro el uso de los adjetivos en otras partes del mundo. O tal vez los raros seamos nosotros, no lo sé.

Ya estábamos saliendo de Colombia. Con Pablo nos dedicamos a admirar el paisaje. El agua. Cristalina, verde, azul y celeste. Se veían las piedras del fondo. El mar está rodeado de islas plagadas de vegetación, con algunos acantilados de piedra que sobresalen en la superficie. En lugares como aquellos, uno es capaz de dejar el celular y mirar alrededor.

Nada más existe.

Adiós, Colombia. Gracias por tanto. Nos vemos.

Todo lo anterior fue muy divertido. Viajar con dinero es divertido. Puede hacerlo cualquiera y es lo que muchos llaman vacaciones.

Pero el juego se terminó. A partir de ahora comienza el verdadero viaje: sin dinero por los países de Centroamérica. Tuve hambre, me mojé con la lluvia, me picaron los insectos, bajé de peso, vi cosas que hubiera preferido no ver. Pero, al mismo tiempo, es esta experiencia lo que me hizo un mejor ser humano, más consciente de mí mismo y de mi entorno, de los lujos a los que la gente de ciudad está acostumbrada y no cae en la cuenta. Sobre todo con la comida. En Argentina, era un gordo incapaz de comer un tomate. Ahora sigo siendo un gordo, pero capaz y dispuesto a comer cualquier cosa que se considere comestible en este vasto mundo lleno de sabores.

Si llegaste hasta acá, gracias. Me encantaría leer un comentario tuyo, lo que sea. Y que sigas leyendo. Porque ahora sí, empieza la verdadera aventura.

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