Mucho calor en el norte de Colombia.

La frontera de los sueños

Hoy fue un día singular.

Estoy sentado a diez metros del mar, en la carpa. Afuera el viento sopla fuerte, pero acá adentro el ambiente es pesado, casi sofocante. Escucho el ruido de las olas que chocan contra las piedras y la arena.

Llegar a Puerto Obaldía, ya en territorio de Panamá, no fue del todo fácil. Apenas bajamos de la lancha nos recibió un militar de baja estatura, con cara de pocos amigos. Puse un pie en tierra y encendí un cigarrillo, pero el soldado me advirtió:

—Aquí no se puede fumar.

Después me enteré de que era verdad: en Panamá está prohibido fumar so pena de multa. En teoría, no se puede fumar cigarrillos en ningún lado, solo a escondidas. Ese mismo día vi a una señora pasándole un paquete de Caribes a un tipo como si fuera heroína. En Panamá, la ley 13 del 2008 establece que no se puede fumar en ningún lado, ni siquiera al aire libre o en espacios privados. La prohibición es absoluta.

Bajo un sol implacable, el uniformado me hizo sacar todas mis cosas de la mochila y las inspeccionó una por una. Me preguntó a dónde iba, a qué me dedicaba y si tenía solvencia económica. La respuesta debió haber sido «no», porque me quedaban ciento ocho dólares y la próxima lancha al siguiente puerto costaba cien, pues avanzar por tierra es imposible. Pero le mostré mi tarjeta de débito del Banco de Córdoba y el hombre aflojó la cincha. Él no sabía que estaba seca como sobaco de momia. Parece que lo único que les impresiona es ver esos plásticos de colores. Ingenuos. Aunque, la verdad, es como si tener una tarjeta en este mundo civilizado significara que somos alguien en la vida.

Otro soldado me pidió un ticket de salida de Panamá, pero era obvio que no tenía. Perdón que sea reiterativo, pero recuerdo que las preguntas se sucedían bajo un calor abrasante. Litros de sudor se escurrían por mi cara, ya curtida por el sol del Caribe. Qué bien se vive en el Caribe, decía Manuelita.

Y una bosta, tortuga.

La transpiración atravesaba la selva de mis cejas y me caía hasta los ojos, enrojecidos por la sal. Me hicieron sacar la carpa de su funda y abrirla en el suelo. Los funcionarios la revisaron con cuidado y palparon cada rincón para asegurarse de que no estaba ingresando sustancias prohibidas. Es que —pequeño detalle— al otro lado de la frontera está Colombia.

Después de muchas preguntas y revisiones, al fin sellaron mi pasaporte. Pesados.

A Pablo le encontraron un cigarrillo de marihuana en la mochila.

—¿Qué es esto? —preguntó el soldadito, agarrando el porro con el pulgar y el índice de la mano izquierda.

Firme, sin despeinarse, el porteño con bigote miró al soldado a los ojos y respondió:

—Marihuana.

El militar le devolvió la mirada a Pablo, escrutando su rostro. Era un porro, nomás. No hubo necesidad de hacer escándalo. Entendió que era para consumo personal y no dijo nada. Incluso le devolvió el charuto.

Una vez en Puerto Obaldía, cerca del puesto militar, conocimos a tres tipos: dos mexicanos y un venezolano que estaban en una situación similar a la nuestra. Iban hacia el norte. Pero llevaban cinco días allí varados porque el pasaje de lancha, única salida, era demasiado caro. Acordamos hablar con los lancheros al día siguiente, confiando en que si éramos cinco, podríamos negociar un precio mejor.

Armamos base con los mexicanos y el venezolano, al lado del mar, frente a la casa de Henry, un colombiano buena onda que nos dejó estar ahí. No teníamos luz ni otras comodidades, así que cocinamos con leña. Aquello era perfecto.

Luis, Henry y Eduardo. Puerto Obaldía, septiembre de 2015.
Luis, Henry y Eduardo. Puerto Obaldía, septiembre de 2015.

Miré hacia el mar. «Soy un mochilero», pensé.

Minutos después de disfrutar el momento, acompañé al venezolano a ver si pescábamos algo. Pero el mar estaba muy agitado y no hubo pique. Nos pusimos a conversar. El «pana» me contó lo mal que está Venezuela y por qué tuvo que irse. «Con cincuenta mil pesos colombianos (diecisiete dólares) en Venezuela eres un rey», me dijo. En Santa Marta, trabajando como chef por un mes, ganó lo que en Venezuela le tomaría dos años de salario.

Entonces era verdad lo que decía Felipe, el colombiano, que insistía que con dos mil pesos colombianos (0,66 dólares) en Venezuela te comprabas un cajón de cerveza. Yo pensé que exageraba, pero este veneco me lo confirmó. Según sus palabras, en Venezuela escasean los alimentos, pero la cerveza sobra, «porque el gobierno no quiere que pienses». El venezolano me enseñó un paquete de arroz socialista: el empaque tenía mensajes a favor del gobierno y mostraba a personas atacando al monstruo imaginario del capitalismo.

El venezolano contaba las cosas medio con bronca, medio en chiste. Con tristeza.

Creo que en treinta años Venezuela será el país más libre del mundo.

Después de intentar pescar, volvimos a la base y armé la carpa. Les convidé mate a mis compañeros y me puse a leer «Todos los fuegos el fuego» junto al mar.

Tomando mate junto a la carpa en Obaldía.
Tomando mate junto a la carpa en Obaldía.

Más tarde fui hasta un mercado cercano, el único abierto, y compré tomates y una zanahoria para colaborar con los chicos, que cocinaron arroz con pasta de tomate y mayonesa. Con todo lo que teníamos logramos armar unos sándwiches de arroz, pasta, mayonesa, zanahoria y tomate que no tenían sentido, pero me supieron a victoria. El mochilero no come cuando tiene hambre, sino cuando puede. Uno se acostumbra.

Luego algunos se fueron a dormir, pero yo me quedé hablando con los cubanos que rondaban la zona. Gente buena. Charlamos de todo, pero traté de hacer hincapié en la situación de Cuba. A los pocos minutos de escucharlos, sentí pena. Pena como lástima, no como vergüenza, como dicen en Colombia. En ese lugar, recordé las advertencias de mi abuelo sobre el futuro de Argentina. En su momento me parecieron exageradas, pero ahora, en este rincón perdido del Caribe, empezaba a entender cuánta razón tenía.

Mientras escuchaba los relatos de los cubanos, sentí que la lucha de aquellas personas era un gran ejemplo de lo que muchos enfrentan en esta travesía por el continente. Comparé su situación con la mía, y no pude sino avergonzarme. En busca de redención, les prometí que contaría su historia. Y acá estoy, cumpliendo mi promesa. Para que su paso por Puerto Obaldía no quede en el olvido, perdido entre el viento y las olas del mar.

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