Estoy en una isla de Panamá, un lugar que pertenece a la tribu de los kuna. Conseguimos que un lanchero nos sacara de Puerto Obaldía a cambio de setenta y cinco dólares por cabeza, pero con la condición de hacer una parada acá y pasar la noche. En la isla hay una aldea donde viven unas 300 personas. Hace un rato, unos treinta niños kuna jugaron con nosotros. Hablan en su idioma y repiten «anaí» todo el tiempo, así que les decimos los anaíses. Creo que «an» significa «yo».
Los niños estaban descalzos y eran rápidos como ardillas. Tenían la piel tostada por el sol; los pies curtidos por la arena caliente. Tomaron confianza rápido: a los pocos minutos de llegar nos rodearon, riendo a carcajadas. Nos pusimos a jugar con ellos. Nos pedían que los alzáramos para colgarlos de un aro de básquet en la cancha construida en la escuela. Hinchaban las bolas, pero era imposible no ceder. Eran todos flacos. Los levantábamos sin esfuerzo, uno tras otro, y cada vez que se colgaban del aro gritaban en su idioma, como si hubieran ganado un campeonato del mundo.

Estos pibitos tenían algo que nos conmovió a todos. Estaban llenos de vida. En el presente. Por un momento me olvidé del calor, del cansancio y de los días difíciles. Solo existían ellos, los anaíses, y su mundo, donde los problemas no iban más allá de la costa.


Pero vuelvo a la realidad: estoy con Aquile, el venezolano; los dos mexicanos, Luis y Eduardo; y el argentino Pablo. Esta noche dormiremos en la galería de una escuela, lo que me parece cien veces mejor que estar tirados al lado de la playa en Obaldía.
Anoche, media hora después de escribir lo último, ya dormido, sentí las primeras gotas de lluvia filtrándose por la tela de la carpa y cayendo en mi cara. Inocente, salí a colocar el cobertor impermeable, pero la tormenta se desató con tal furia que el viento arrancó las estacas y arrastró la carpa unos veinte metros. Doy gracias de que no haya sido hacia el mar, o lo hubiera perdido todo.

Bajo la lluvia y a oscuras, recogí mis cosas del revoltijo de lonas y fui llevándolas como pude, una por una, hasta una casa abandonada que olía a meo. Tanto yo como mis pertenencias quedamos empapados. La computadora y el celular también, aunque por suerte siguen vivos. Les saqué la batería y los dejé secarse al sol a la mañana siguiente. Hasta ahora funcionan, aunque la computadora está más lenta que de costumbre.
Hoy comí arroz con frijoles y un pedazo de pan en todo el día. Pero el hambre no me aflige, sino los cubanos. No puedo evitar pensar en ellos, que siguen llegando en botes a Puerto Obaldía, hacinados, exhaustos y perseguidos por un gobierno y un futuro que se les niega. Los militares panameños los tratan como escoria.

Cuando puse un pie en Panamá, vi una imagen que no voy a olvidar. El muelle y el pueblo estaban abarrotados de familias enteras con sus pertenencias. Hombres, mujeres, ancianos y niños se desperdigaban en la playa, en la plaza, en la cancha de baloncesto. Amontonados como animales, con colchonetas, ropa húmeda y algunos pocos objetos que lograron traer consigo. Cubanos, cientos de cubanos, esperando. Pagando. En Obaldía les cobran hasta por dormir en la calle: dos o tres dólares diarios por persona para dejarles acostarse en el piso.
La salida de Obaldía cuesta 100 dólares en lancha o 250 en avión. La otra opción es atravesar el Darién, una selva impenetrable donde reinan narcos, guerrilleros, paramilitares, mosquitos, animales, pantanos, alimañas e insectos de todo tipo. Casi nadie cruza el Tapón: hay que estar desesperado. No se puede. Es demasiado peligroso, y nosotros somos gente común.

Se calcula que a Obaldía llegan entre 100 y 500 cubanos por día. Sin dinero, quedan atrapados allí. Y quiero dejar esto bien en claro: los cubanos escapan del comunismo. Desde La Habana se habilitan algunos vuelos hacia ciertos países amigos. Corre el año 2015 y el Ecuador de Correa es un aliado estratégico del régimen castrista, por lo que muchos deciden tomar un vuelo a Quito que les permite escaparse a través de Colombia y Centroamérica hacia Estados Unidos, donde pueden solicitar residencia.

Hoy esa posibilidad ya no existe.

El precio de huir
Los cubanos de Obaldía (y otros que encontré por el camino) afirman que, desde hace décadas, la vida en Cuba es insostenible. Un hombre me dijo que en Cuba tenía una carpintería. Funcionarios del gobierno le encontraron más madera de la permitida y le cerraron el negocio. Quedó debiéndole cuatrocientos dólares al Estado, una deuda impagable en un país donde el salario mensual no supera los treinta.
«Si alguien tiene algo más que los demás, lo meten preso», me explicó. «Usted no puede progresar, todo el mundo debe ser pobre», lamentó.
En Cuba existen dos clases sociales: el pueblo común y los que trabajan para el gobierno. Cada ciudadano cuenta con una libreta de racionamiento que determina qué comida recibe del Estado y cada cuánto. ¿Carne? 450 gramos de pollo por mes. Si quieren más, deben criar pollos o cerdos. O robarlos.
Las vacas son sagradas. Si matás una, te condenan a 25 años de cárcel. Tampoco pueden comer pescado, aunque viven rodeados de mar. El pescado es carísimo porque todo se exporta.
Obviamente no existe libertad de prensa ni de expresión, ni partidos políticos que puedan desafiar al poder. «Cuba es un país muy seguro», me dijeron, «porque nadie tiene nada que le roben». Los hurtos son al Estado: un caño de acero, un cerdo para comer. Incluso las vacas están censadas.

Eso sí, el alcohol es baratísimo. «Para que se llenen las neuronas de basura y no piensen mucho ni se rebelen», aseguraron. Igual que en Venezuela.
Nadie se anima a enfrentar al gobierno porque ellos tienen el control de la Policía, el Ejército, los medios de transporte, de comunicación y el poder judicial. El que se rebele o critique se arriesga a acabar con sus huesos dentro de una cárcel. Las prisiones cubanas son famosas por el trato inhumano que se les da a los prisioneros. Muchos opositores a Fidel se volvieron locos tras las rejas.

Los cubanos creen que Fidel Castro los odia (N. de A.: Fidel murió al año siguiente). «Mandó a miles de cubanos a morir en guerras en África. Tiene algo en contra de nosotros», insistieron. «Es inentendible que debamos someternos a toda esta clase de tratos. Cuba debería ser un país rico, libre. Sobran recursos.»
Muchas mujeres cubanas terminan ejerciendo la prostitución como única esperanza de escapar.
También me dijeron que construir una balsa para huir es casi imposible, porque «no hay dónde conseguir sogas, clavos ni tornillos. Tampoco hay cosas básicas como lápices o gomas de borrar», que «cuestan varios dólares y son difíciles de conseguir».
El carpintero, uno de los más habladores, recordó a su isla con nostalgia. «Mire lo que es esta playa, joven», me dijo. «Comparada con las de Cuba, parece un basurero», afirmó.
Miré la playa de Obaldía. Para mis estándares, era preciosa. «Cómo serán las de Cuba», pensé.
Con aquellos cubanos charlé durante horas. Me contaron que en muchos lugares les intentaron sacar dinero, que en Colombia el pueblo se portó excelente, pero la Policía los extorsionó: a muchos les quitaron los celulares y el poco dinero que tenían. Lo único que les queda es depender de que sus familiares del exterior les envíen remesas.
Algunos otros, sin tanta suerte, van trabajando de lo que pueden y suben de a poco.
Les doy un ejemplo: a mí me sellaron el pasaporte apenas llegué a Panamá, después de varias preguntas. Los cubanos, en cambio, deben esperar seis o siete días por su estatus de refugiado. Eso es caro. Se quejaron de tener que gastar allí el poco dinero que les queda.
Antes de irme, les deseé suerte y les dije que sí. Que tenían razón. Que no merecían una vida tan sacrificada. Que todo el mundo tiene derecho a trabajar y a progresar. Esto no debería ni discutirse en pleno siglo XXI. El muro de Berlín cayó hace décadas.
Sentí lástima por ellos. Se dieron cuenta.
«No te preocupes, chico. Nadie puede robarnos la sonrisa ni la esperanza», me dijo el más viejo.
No sé cuántos cubanos pasaron por Puerto Obaldía, pero muchos se quedan allí. Esperando un milagro que los saque de ese lugar.

Antes de partir, conocimos a un loco que estaba allí desde hacía dos semanas. Reunimos lo poco que teníamos: una bolsa de arroz, otra de frijoles, un poco de aceite, azúcar y medio paquete de fideos. Se lo regalamos.
Al darle la bolsa, el joven nos miró con incredulidad. Se le humedecieron los ojos. Cuando Eduardo le tendió el paquete, le temblaban las manos.
—Gracias —dijo con la voz quebrada—. Le voy a pedir a Iemanjá que tengan un buen viaje.
Luego se quedó en silencio, tocando con ternura la bolsa con comida. Parecía que estaba sosteniendo algo muy importante, como sagrado. Era flaco. Me miró y me dijo que le gustaban los colores de mi camisa: «Son los colores de Iemanjá», aclaró, con una sonrisa de oreja a oreja. Sus dientes blancos resaltaban en su rostro moreno.
—Espero que vos también tengas un buen viaje, loco. —respondí.
Yo viajaba por aventuras. Él, por un futuro mejor. Porque todo el que puede se larga de Cuba.
Las diferencias entre los hombres.
Solo espero que el castrismo sea recordado en la historia como lo que fue: una dictadura infame que condenó a millones de cubanos al atraso, la pobreza y la muerte.
Sé que muchos me van a dejar de leer por lo que acabo de decir. No me importa. Esto es lo que soy y lo que pienso. Andá a decirle que en Cuba se vive bien al tipo que se abraza a una bolsa de arroz. Decíselo a los ojos. A ver qué te dice.
Podría seguir escribiendo de los cubanos: que pronuncian «puelto», que les hice probar el mate y les gustó bastante, porque pidieron más. Me parecieron cultos. Simpáticos. Conversadores. Pero también los vi tristes.
No es para menos. Dejar tu tierra y todo lo que conociste sabiendo que lo más probable es que jamás vas a volver…
Dejo el resto para el lector. Pero les debía una reflexión a esos cubanos de Obaldía.

Para finalizar, lo que escribí en aquel entonces:
Por mi parte, sigo vivo y pienso seguir subiendo. Mañana a las seis zarparemos rumbo a Cartí. Nos esperan cinco horas de viaje en una lancha que salta como caballo en Jesús María. Quiero ir atrás para esquivar los peores golpes.
Hace un rato vi el atardecer. Dicen que cobra relevancia cuando te estás por morir. No sé si me voy a morir pronto, pero éste fue uno de los mejores atardeceres que vi en mi vida. Pensé en todo lo que dejé atrás: mi casa, las playas rotas de Obaldía, la sonrisa de los cubanos. Me quedé viendo el mar.
Me siento feliz, pese a todo. Por primera vez desde que murió Ángeles. Algo. Un poco como los cubanos: atravieso un duelo, pero nadie puede robarme la sonrisa ni la esperanza.
