Comencé a escribir esto con la compu medio mojada. Estoy en la sala de espera de la terminal terrestre de la Ciudad de Panamå. Mugriento, hambriento, casi sin plata, pero contento. Estar acå es satisfactorio.
Los kuna nos vigilaron toda la noche. En algĂșn momento, mientras dormĂamos, alguien tocĂł la campana de la escuela, con el claro objetivo de joder. DespuĂ©s volviĂł a llover, pero estuvimos bien protegidos bajo la galerĂa de la bendita escuela que nos sirviĂł de refugio.
Durante la mañana desayunamos cafĂ© y arepa, que un kuna tuvo la amabilidad de convidarnos. El hombre nos hizo pasar a su casa, una choza hecha con caña y palma. Aquella gente no tenĂa nada, y sin embargo, compartĂa la comida con nosotros. QuĂ© bello es ser cobijado por la bondad del corazĂłn humano. MĂĄs aĂșn cuando viene de quien no tiene nada.

Y acĂĄ me gustarĂa hacer un comentario: años despuĂ©s, tuve dos entredichos en Rotterdam, con un checo y un chileno, por unas cucharadas de azĂșcar y dos vasos de Coca Zero. Ambos eran de padres millonarios. Ninguno trabajaba. Estudiaban «negocios». La concha de sus respectivas madres, Ian y NicolĂĄs. EgoĂstas de mierda. Aprendan de los kuna.
PerdĂłn por la digresiĂłn. Volvemos a PanamĂĄ.

Salimos otra vez en lancha, bien temprano. El viaje hasta CartĂ durĂł seis horas que al final se me hicieron eternas, pero el mar estaba tranquilo. El paĂs estĂĄ lleno de islas, muchas de ellas desiertas. Me resultĂł curioso ver islotes pequeños con apenas una casa de madera construida en la mitad. Supongo que son kunas, o personas que se cansan de todo y de todos y se van a vivir ahĂ para que nadie los moleste. TambiĂ©n evaluĂ© la posibilidad de que estas islas fueran refugio de narcotraficantes. O de pescadores, Âżpor quĂ© no? Creo que ya lo dije, pero me gustarĂa vivir un tiempo en una isla desierta. PodrĂa sobrevivir comiendo frutas y pescado asado, pero deberĂa llevar jabĂłn y muchos libros. Varios encendedores tambiĂ©n estarĂan bien.
Al llegar a CartĂ, que seguĂa siendo selva, la idea del grupo era caminar los 113 kilĂłmetros que nos separaban de la capital. Yo les dije que estaban locos, pero ellos aseguraron que «estaban acostumbrados». Al final, por un milagro del cielo, una Toyota Hilux nos cargĂł a los cinco y nos trajo hasta la entrada de la ciudad. La camioneta tardĂł dos horas, asĂ que caminando hubiesen sido unas treinta, es decir, varios dĂas.

Tomamos un colectivo a las afueras de PanamĂĄ con las Ășltimas monedas que nos quedaban. En PanamĂĄ se utiliza el dĂłlar norteamericano, pero tambiĂ©n hay monedas locales que se llaman Balboa. Un balboa es un dĂłlar. Se llama asĂ por Vasco NĂșñez de Balboa, el primer europeo que llegĂł al OcĂ©ano PacĂfico.
Estos mochileros no gastan un centavo, sobre todo porque no tienen. Por un lado, estĂĄ bien; por el otro, me incomoda un poco estar tan tirado. El olor que tenemos es insoportable. Trato de que al menos no sea agrio, pero hago lo que puedo. En el fondo no me molesta: soy feliz. Estoy cumpliendo el sueño de mi vida, por humilde que sea. Me estoy recibiendo de mochilero, aquello que tantas veces imaginĂ©. Y como todo sueño cumplido, viene con barro, hambre y una sonrisa estĂșpida en la cara.
La Ășltima vez que tomĂ© una ducha fue en CapurganĂĄ, por lo que lleguĂ© a la ciudad de PanamĂĄ sucio y casi sin dinero. EntrĂ© en la terminal con un hambre voraz. Me quedaban algo asĂ como veinte dĂłlares. En el primer telĂ©fono pĂșblico que revisĂ© habĂa veinticinco centavos de dĂłlar, que usĂ© para comprar unas galletitas en una mĂĄquina expendedora. Eran cinco galletas, justo una para cada uno. Todo se comparte. AcĂĄ no hay individualismos.
Tras debatir por algunos instantes, decidimos reunir el dinero necesario para pagar un taxi que nos llevara al hostel mĂĄs barato que pudiĂ©ramos conseguir. Lo encontrĂ© en la Lonely Planet, y costaba ocho dĂłlares por dĂa; ya habrĂa tiempo de trabajar, lo primero era bañarse y comer algo decente.

Con Luis fuimos hasta un supermercado cercano al alojamiento: el 99, un lugar con una oferta de productos abrumadora. ÂżQuiere usted mayonesa, joven? ÂĄPor supuesto! En la gĂłndola encontrarĂĄ mayonesa comĂșn, light, de ajo, de oliva, con chile, con champignones, con arĂĄndanos y con lo que se le ocurra, en decenas de tamaños, formas y presentaciones. El mercado y los aderezos, al alcance de la mano.
Camino por el supermercado y entiendo que vengo de un paĂs donde no hay muchos productos. Pero el cansancio me domina y quiero volver: compramos pollo, queso y frutas. Lo esencial y lo saludable. Regresamos al hostal e hicimos para nosotros dos una de las comidas mĂĄs deliciosas que recuerde. Aquello me supo a gloria, en especial las naranjas: dulces como primer beso. DespuĂ©s me bañé y fumĂ© un cigarrillo junto al baño. Unos ghaneses que se ganaban la vida corriendo (y ganando) maratones por AmĂ©rica vinieron a pedirme que no fumara allĂ, que les molestaba el humo.
PerdĂłn, amigos ghaneses. Estaban bastante molestos.
En este lugar me robaron mi camiseta de Don RamĂłn. AdiĂłs, compañera de aventuras. PaguĂ© el karma de haberle robado la camiseta de Brasil a aquel colombiano que insistĂa con ir a las putas.
Rendido, me fui a dormir.

Al otro dĂa, salimos a recorrer la ciudad, que me pareciĂł un monstruoso bloque de cemento, moderno e inquietante. HabĂa taxis BMW. NingĂșn modelo de auto bajaba del 2010. Se nota que hay dinero en la ciudad de PanamĂĄ. LĂĄstima que nunca me crucĂ© con Ă©l. No es casualidad que empresarios de todo el mundo funden sociedades offshore en este lugar para resguardar su capital, pero ese es otro asunto.
Era curioso ver el contraste: mochileros sin un mango entre imponentes rascacielos y autos modernos. De la jungla real a la jungla de cemento, sin escalas.
Aquile (el venezolano) y Eduardo (uno de los mexicanos) viajaban juntos desde Venezuela y sus finanzas ascendĂan a 0 (cero) dĂłlares. No obstante, tenĂan una tablet (intentaron negociarla con el lanchero, pero no hubo acuerdo) y una cĂĄmara fotogrĂĄfica. Ese dĂa recorrimos varias casas de empeño, pero ninguna querĂa darles mĂĄs de 40 dĂłlares. Al final, las vendieron por 120, y lo primero que hicieron fue ir a comer a KFC. Unos genios de la economĂa, lo que se dice.
Luis no tenĂa pasaporte, por otro motivo que luego descubrirĂa en MĂ©xico. SegĂșn Ă©l, se lo habĂan robado. AsĂ que fuimos a la embajada mexicana en PanamĂĄ y allĂ le confeccionaron un nuevo documento.

En PanamĂĄ duramos poco tiempo. La verdad, yo no tenĂa ganas de quedarme en una ciudad en que la gente era tan diferente a la de Colombia. Que me perdonen los panameños capitalinos, pero me parecieron introvertidos, desconfiados, poco dispuestos para la atenciĂłn al cliente en general. Por ejemplo, en el supermercado 99 un guardia vio que yo intentaba salir con las bolsas, pero esperĂł a que caminara mĂĄs de cincuenta metros hacia una supuesta salida para decirme que por ahĂ no, que era por el otro lado. Le dije que bien podrĂa haberme dicho antes. No sĂ© si era por el hambre o por quĂ©, pero me sentĂ algo cansado de la aparente pasividad de los panameños.
De igual modo no puedo dar una opinión con fundamento, por lo que procuraré guardar silencio al respecto de ahora en adelante.
AquĂ el grupo empezĂł a disolverse. Luis querĂa regresar a MĂ©xico lo antes posible, asĂ que comprĂł un pasaje de Ăłmnibus a San JosĂ© de Costa Rica. Pablo irĂa a buscar trabajo en Bocas del Toro, al norte del paĂs. Me quedĂ© entonces con Aquile y Eduardo, el venezolano y el mexicano. Los tres decidimos seguir mochileando hacia el norte.
La despedida con Pablo y Luis fue breve y carente de emociones. Nada me hacĂa suponer que mĂĄs pronto que tarde volverĂa a verlos a los dos.
Dejamos el hostel, cuyo dueño era español, y fuimos hasta la terminal de PanamĂĄ. Nos cruzamos con mĂĄs cubanos que iban hacia Estados Unidos, todos ellos con una historia similar a los de ObaldĂa.
Esa noche dormimos en los asientos de la Terminal y al otro dĂa partimos bien temprano. Pagamos el dĂłlar que costaba el bus que nos sacarĂa de la ciudad, atravesamos el Canal de PanamĂĄ y nos pusimos a hacer dedo en direcciĂłn a Costa Rica.
