Cinco mochileros camino a ciudad de PanamĂĄ. Septiembre de 2015.

Hasta el Ășltimo Balboa

Comencé a escribir esto con la compu medio mojada. Estoy en la sala de espera de la terminal terrestre de la Ciudad de Panamå. Mugriento, hambriento, casi sin plata, pero contento. Estar acå es satisfactorio.

Los kuna nos vigilaron toda la noche. En algĂșn momento, mientras dormĂ­amos, alguien tocĂł la campana de la escuela, con el claro objetivo de joder. DespuĂ©s volviĂł a llover, pero estuvimos bien protegidos bajo la galerĂ­a de la bendita escuela que nos sirviĂł de refugio.

Durante la mañana desayunamos cafĂ© y arepa, que un kuna tuvo la amabilidad de convidarnos. El hombre nos hizo pasar a su casa, una choza hecha con caña y palma. Aquella gente no tenĂ­a nada, y sin embargo, compartĂ­a la comida con nosotros. QuĂ© bello es ser cobijado por la bondad del corazĂłn humano. MĂĄs aĂșn cuando viene de quien no tiene nada.

EstĂĄbamos en la selva. Y me parecĂ­a fantĂĄstico.
EstĂĄbamos en la selva. Y me parecĂ­a fantĂĄstico.

Y acĂĄ me gustarĂ­a hacer un comentario: años despuĂ©s, tuve dos entredichos en Rotterdam, con un checo y un chileno, por unas cucharadas de azĂșcar y dos vasos de Coca Zero. Ambos eran de padres millonarios. Ninguno trabajaba. Estudiaban «negocios». La concha de sus respectivas madres, Ian y NicolĂĄs. EgoĂ­stas de mierda. Aprendan de los kuna.

PerdĂłn por la digresiĂłn. Volvemos a PanamĂĄ.

Pensamos que podĂ­a ser un muñeco de vudĂș.

Salimos otra vez en lancha, bien temprano. El viaje hasta Cartí duró seis horas que al final se me hicieron eternas, pero el mar estaba tranquilo. El país estå lleno de islas, muchas de ellas desiertas. Me resultó curioso ver islotes pequeños con apenas una casa de madera construida en la mitad. Supongo que son kunas, o personas que se cansan de todo y de todos y se van a vivir ahí para que nadie los moleste. También evalué la posibilidad de que estas islas fueran refugio de narcotraficantes. O de pescadores, ¿por qué no? Creo que ya lo dije, pero me gustaría vivir un tiempo en una isla desierta. Podría sobrevivir comiendo frutas y pescado asado, pero debería llevar jabón y muchos libros. Varios encendedores también estarían bien.

Al llegar a Cartí, que seguía siendo selva, la idea del grupo era caminar los 113 kilómetros que nos separaban de la capital. Yo les dije que estaban locos, pero ellos aseguraron que «estaban acostumbrados». Al final, por un milagro del cielo, una Toyota Hilux nos cargó a los cinco y nos trajo hasta la entrada de la ciudad. La camioneta tardó dos horas, así que caminando hubiesen sido unas treinta, es decir, varios días.

Una Hilux nos levantó a los cinco. Casi no esperamos. Milagro del Señor.
Una Hilux nos levantó a los cinco. Casi no esperamos. Milagro del Señor.

Tomamos un colectivo a las afueras de PanamĂĄ con las Ășltimas monedas que nos quedaban. En PanamĂĄ se utiliza el dĂłlar norteamericano, pero tambiĂ©n hay monedas locales que se llaman Balboa. Un balboa es un dĂłlar. Se llama asĂ­ por Vasco NĂșñez de Balboa, el primer europeo que llegĂł al OcĂ©ano PacĂ­fico.

Estos mochileros no gastan un centavo, sobre todo porque no tienen. Por un lado, estĂĄ bien; por el otro, me incomoda un poco estar tan tirado. El olor que tenemos es insoportable. Trato de que al menos no sea agrio, pero hago lo que puedo. En el fondo no me molesta: soy feliz. Estoy cumpliendo el sueño de mi vida, por humilde que sea. Me estoy recibiendo de mochilero, aquello que tantas veces imaginĂ©. Y como todo sueño cumplido, viene con barro, hambre y una sonrisa estĂșpida en la cara.

La Ășltima vez que tomĂ© una ducha fue en CapurganĂĄ, por lo que lleguĂ© a la ciudad de PanamĂĄ sucio y casi sin dinero. EntrĂ© en la terminal con un hambre voraz. Me quedaban algo asĂ­ como veinte dĂłlares. En el primer telĂ©fono pĂșblico que revisĂ© habĂ­a veinticinco centavos de dĂłlar, que usĂ© para comprar unas galletitas en una mĂĄquina expendedora. Eran cinco galletas, justo una para cada uno. Todo se comparte. AcĂĄ no hay individualismos.

Tras debatir por algunos instantes, decidimos reunir el dinero necesario para pagar un taxi que nos llevara al hostel mås barato que pudiéramos conseguir. Lo encontré en la Lonely Planet, y costaba ocho dólares por día; ya habría tiempo de trabajar, lo primero era bañarse y comer algo decente.

Ciudad de PanamĂĄ.

Con Luis fuimos hasta un supermercado cercano al alojamiento: el 99, un lugar con una oferta de productos abrumadora. ÂżQuiere usted mayonesa, joven? ÂĄPor supuesto! En la gĂłndola encontrarĂĄ mayonesa comĂșn, light, de ajo, de oliva, con chile, con champignones, con arĂĄndanos y con lo que se le ocurra, en decenas de tamaños, formas y presentaciones. El mercado y los aderezos, al alcance de la mano.

Camino por el supermercado y entiendo que vengo de un país donde no hay muchos productos. Pero el cansancio me domina y quiero volver: compramos pollo, queso y frutas. Lo esencial y lo saludable. Regresamos al hostal e hicimos para nosotros dos una de las comidas mås deliciosas que recuerde. Aquello me supo a gloria, en especial las naranjas: dulces como primer beso. Después me bañé y fumé un cigarrillo junto al baño. Unos ghaneses que se ganaban la vida corriendo (y ganando) maratones por América vinieron a pedirme que no fumara allí, que les molestaba el humo.

PerdĂłn, amigos ghaneses. Estaban bastante molestos.

En este lugar me robaron mi camiseta de Don Ramón. Adiós, compañera de aventuras. Pagué el karma de haberle robado la camiseta de Brasil a aquel colombiano que insistía con ir a las putas.

Rendido, me fui a dormir.

Luis, el mexicano.

Al otro dĂ­a, salimos a recorrer la ciudad, que me pareciĂł un monstruoso bloque de cemento, moderno e inquietante. HabĂ­a taxis BMW. NingĂșn modelo de auto bajaba del 2010. Se nota que hay dinero en la ciudad de PanamĂĄ. LĂĄstima que nunca me crucĂ© con Ă©l. No es casualidad que empresarios de todo el mundo funden sociedades offshore en este lugar para resguardar su capital, pero ese es otro asunto.

Era curioso ver el contraste: mochileros sin un mango entre imponentes rascacielos y autos modernos. De la jungla real a la jungla de cemento, sin escalas.

Aquile (el venezolano) y Eduardo (uno de los mexicanos) viajaban juntos desde Venezuela y sus finanzas ascendían a 0 (cero) dólares. No obstante, tenían una tablet (intentaron negociarla con el lanchero, pero no hubo acuerdo) y una cåmara fotogråfica. Ese día recorrimos varias casas de empeño, pero ninguna quería darles mås de 40 dólares. Al final, las vendieron por 120, y lo primero que hicieron fue ir a comer a KFC. Unos genios de la economía, lo que se dice.

Luis no tenĂ­a pasaporte, por otro motivo que luego descubrirĂ­a en MĂ©xico. SegĂșn Ă©l, se lo habĂ­an robado. AsĂ­ que fuimos a la embajada mexicana en PanamĂĄ y allĂ­ le confeccionaron un nuevo documento.

Lugares random, como la embajada de México en Panamå.
Lugares random, como la embajada de México en Panamå.

En Panamå duramos poco tiempo. La verdad, yo no tenía ganas de quedarme en una ciudad en que la gente era tan diferente a la de Colombia. Que me perdonen los panameños capitalinos, pero me parecieron introvertidos, desconfiados, poco dispuestos para la atención al cliente en general. Por ejemplo, en el supermercado 99 un guardia vio que yo intentaba salir con las bolsas, pero esperó a que caminara mås de cincuenta metros hacia una supuesta salida para decirme que por ahí no, que era por el otro lado. Le dije que bien podría haberme dicho antes. No sé si era por el hambre o por qué, pero me sentí algo cansado de la aparente pasividad de los panameños.

De igual modo no puedo dar una opinión con fundamento, por lo que procuraré guardar silencio al respecto de ahora en adelante.

Aquí el grupo empezó a disolverse. Luis quería regresar a México lo antes posible, así que compró un pasaje de ómnibus a San José de Costa Rica. Pablo iría a buscar trabajo en Bocas del Toro, al norte del país. Me quedé entonces con Aquile y Eduardo, el venezolano y el mexicano. Los tres decidimos seguir mochileando hacia el norte.

La despedida con Pablo y Luis fue breve y carente de emociones. Nada me hacĂ­a suponer que mĂĄs pronto que tarde volverĂ­a a verlos a los dos.

Dejamos el hostel, cuyo dueño era español, y fuimos hasta la terminal de Panamå. Nos cruzamos con mås cubanos que iban hacia Estados Unidos, todos ellos con una historia similar a los de Obaldía.

Esa noche dormimos en los asientos de la Terminal y al otro dĂ­a partimos bien temprano. Pagamos el dĂłlar que costaba el bus que nos sacarĂ­a de la ciudad, atravesamos el Canal de PanamĂĄ y nos pusimos a hacer dedo en direcciĂłn a Costa Rica.

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