En la terminal de Guápiles, la ciudad de Carlos, discutí con la mujer que vendía pasajes. Yo sabía cuánto costaba el billete hacia San José, la capital del país, pero la señora me dijo mal el precio. Dos veces. Tras unos segundos de tensión, pagué el importe correcto, pero aun así quiso darme mal el vuelto. Me estaba robando.
A punto de subir al colectivo, una mujer se cruzó en mi camino y se adelantó. El chofer cerró la puerta en mi cara: el coche estaba lleno. Rezongando por lo bajo, tuve que esperar otra hora para el siguiente móvil.
Más tarde, ya en la terminal de San José, me acomodé cerca de unos gringos que fumaban con tranquilidad y encendí un cigarrillo. Al instante apareció un guardia a decirme que no se podía fumar allí. Miré, incrédulo, como los gringos terminaban sus cigarros sin que nadie les dijera nada. Le reclamé al vigilante, que insistió con la prohibición y me acompañó “amablemente” hacia afuera. Ya extrañaba a Carlos y a su familia.

Entre Costa Rica y Nicaragua crucé una de las peores fronteras de mi vida. Primero había que pagar ocho dólares, de los cuales solo siete figuraban “en blanco”. Después soporté el acoso de decenas de vendedores que no paraban de ofrecerme cosas, a pesar de mi evidente pinta de mochilero sin un peso. Y como si fuera poco, los oficiales de Migraciones me pidieron que pagara doce dólares más, pero en córdobas, la moneda de Nicaragua.
Solo tenía colones y dólares, no córdobas.
—¿Puede cobrarme en otra moneda, oficial? —pregunté.
—No, solo aceptamos córdobas.
—¿Y dónde consigo córdobas?
—No sé, el problema es suyo.
Nadie quiso cambiarme dólares ni colones en las afueras de la oficina. Ya eran casi las seis de la tarde. Empezaba a oscurecer. Me encontré atrapado entre la frontera entre estos dos países centroamericanos, solo, con mi cara de gringo y un cartel de “róbenme” en la frente. El entorno no era amigable.
De repente, mi estrella volvió a iluminarme. Un señor apareció de la nada y se ofreció a cambiarme a un precio “justo”: veintisiete córdobas por dólar. ¡Muchas gracias, buen hombre! Le estreché la mano, me sellaron el pasaporte y casi al instante me subí a un destartalado bus que me llevó hasta otro lugar llamado “La Virgen”. Allí me bajé junto a una señorita que luego me indicó dónde esperar el siguiente colectivo para llegar a mi destino.
Aquel fue un día espantoso, lleno de contratiempos. Ya era de noche cuando llegué a San Juan del Sur, un lugar que desde un principio se me antojó algo oscuro. Con el correr de los días, mi intuición confirmó la primera impresión. Y que me perdonen los sanjuandelsureños, pero no me gustó mucho: gente extraña, taxistas insistentes, prostitutas, drogas, gringos en busca de prostitutas y de drogas.
Lo único bello y reconfortante fue el mar: el océano Pacífico se erguía de nuevo frente a mis ojos en toda su inmensidad azul. Siempre el mar, el vasto y eterno mar, calmando mi espíritu.
