Costa Rica.

En el Jardín del Edén

Podría describir el paisaje que ofrece San Gerardo Rivas, pero no le haría justicia a semejante obra de la naturaleza. En este lugar me sentí en el paraíso. Un río cercano, el Talarí, me arrullaba al dormir. Aquello era mágico, de película. Qué lugar tan maravilloso.

Trabajé un mes como voluntario en el Hostel Casa Chirripó. Me levantaba temprano, aseaba las habitaciones, la cocina, el living, la parte de afuera, el “galpón” (aunque no siempre), limpiaba los baños y cualquier otra cosa que me pidiera José, mi “jefe”, que en realidad era un amigo. En este lugar comí como Dios manda y recuperé fuerzas. Los banquetes eran espectaculares, sobre todo cuando cocinaba Carlos, mi otro «jefe/amigo».

Costa Rica.
Costa Rica.

Uno de esos días, encontrábame yo limpiando una de las salas exteriores, cuando decidí colocar algo de música para espantar pensamientos inútiles. Desde las profundidades de la lista de reproducción surgió Títere, interpretada por Fernando Bladys, y me puse a cantarla a los gritos. Mayúscula fue mi sorpresa —y mi carcajada— cuando, al verme tan alegre, uno de los costarricenses me preguntó si aquello era tango. Si es argentino, debe estar escuchando tango, habrá pensado aquel simpático elemento.

Teníamos que probar la ropa americana antes de venderla, ¿no?
Teníamos que probar la ropa americana antes de venderla, ¿no?

La pasé increíble, sin necesidad de grandes fiestas, eventos ni el ruido de las ciudades. Era temporada baja, los huéspedes venían poco y el verde de la naturaleza me parecía mucho. Mis «jefes» eran muy simpáticos. Pura vida. El paisaje que rodeaba el hostel se parecía más al Jardín del Edén que al planeta Tierra. Intenté dejar de fumar, aprovechando que en aquel pueblo de 400 habitantes la última tienda cerraba a las 19. Tras dos días espantosos, preso de la abstinencia, salí desesperado una noche a pedirle un cigarrillo al primero que se cruzara. Aquella primera pitada me resultó desagradable y me mareó, pero el monstruo de la nicotina quedó saciado. Otra vez volví a fumar. Seguía perdiendo la batalla.

Pasaron los días. Pude ganar algo de dinero, porque cada tanto mis jefes montaban una feria de ropa americana. A cambio de vender unas cuantas prendas (todo a 500 colones, señora, vea qué calidad, qué diseño) me ganaba un par de billetes. Solo gastaba en cigarrillos: la comida, la cerveza y el alojamiento los pagaba con trabajo.

En Costa Rica hice grandes amigos.
En Costa Rica hice grandes amigos.

El hostel estaba ubicado junto al Cerro Chirripó, la montaña más alta de Costa Rica: 3.820 metros sobre el nivel del mar. Escalarlo es una experiencia única para los amantes del senderismo. Dicen que desde la cima, en días despejados, se ven el océano Pacífico y el mar Caribe. Yo no subí. El ingreso costaba más de lo que podía gastar. Como premio consuelo, me regalaron una camiseta. Tal vez algún día vuelva, como revancha.

En esos días conocí a Diego, un trabajador del Cerro, que me invitó a un lugar llamado Pispis, donde se destilaba alcohol ilegal. Allí coseché papas, anduve a caballo y, por supuesto, probé el famoso alcohol, que por ser ilegal era más atractivo todavía. Pude ver todo el proceso y cómo el líquido transparente, con cerca del 90% de graduación alcohólica, atravesaba el rudimentario mecanismo hasta caer en una botella de vidrio. La locura embotellada. Un solo trago fue como un cadenazo en los dientes. Terminé tirado en un colchón, durmiendo. Por suerte los amigos ticos eran gente buena y ninguno se aprovechó del argentino desprevenido.

En la destilería ilegal.
En la destilería ilegal.

Tras una semana de vivir en Costa Rica, el parte meteorológico fue este:

Día 1: lluvia

Día 2: tormentas aisladas

Día 3: chaparrones

Día 4: abundantes precipitaciones

Día 5: tempestad

Día 6: aguacero por la mañana, desmejorando por la tarde

Día 7: réplica del diluvio universal

Durante ese tiempo escribí estas líneas, limpié el hostel, atendí huéspedes, vendí ropa, pinté, corté el pasto y agarré toda changa que pude.

Pero hubo una noche distinta. Había trabajado todo el día y me sentía bien. En paz. Después de cenar arroz con frijoles, subí a la parte de arriba del hostel para leer La insoportable levedad del ser. Me acordé de Ángeles, mi hermana. Levanté la vista del libro y miré el cielo. Hacía menos de un año que se había ido. La extrañaba. Este viaje era por ella.

La insoportable levedad del ser.
La insoportable levedad del ser.

—Estoy acá por vos, flaca —murmuré.

De repente vi una mariposa gigante, la más grande que había visto jamás. Era rara y hermosa. Por un momento me quedé mirándola, absorto. Sin pensarlo, dije su nombre.

—Ángeles.

La mariposa voló hacia mí y se posó en mi mano. Por un instante, sentí que ella estaba conmigo. Se me hizo un nudo en el pecho y me quebré. El tiempo se detuvo, y me golpeó la fuerza de la vida después de la muerte. Ese momento quedó grabado en mi corazón para siempre.

El último día en San Gerardo me sentí viejo y nostálgico. Quería agradecer desde lo más profundo a los ticos que me trataron como a un hermano. Llegué como voluntario, me fui como amigo. Los voy a extrañar. ¡Gracias por todo, che!

Me encariñé tanto con mis jefes que Carlos me ofreció pasar unos días en su casa, en Guápiles, con su familia. Vivían en una finca, con muchos animales. Allí podría pasar unos días en paz y seguir escribiendo.

Fui. Llovía casi todos los días. La familia de Carlos me trató como a un hijo más. Hicieron que Costa Rica quedara en mi corazón. Con una salvedad: tenían un loro enjaulado. Verlo ahí me partía el alma. Qué ironía que un animal tan hermoso, que nació con alas, tuviera que mirar el cielo desde atrás de unos barrotes.

Decidí que no podía permitirlo. Una noche me hice el boludo y dejé la jaula abierta, con la esperanza de que el animal escapara. Pensé que no sobreviviría en la naturaleza, pero más valía un día en libertad que toda una vida en cautiverio.

A la mañana siguiente, desperté temprano y me acerqué a la jaula. El loro seguía ahí, en la misma posición, firme. Inmóvil. Conforme con su prisión.

Resignado, cerré la puerta de la jaula y me quedé mirándolo. El problema ya no eran los barrotes, sino las cadenas invisibles. Aquellas que lo ataban a ese espacio, su rutina, su zona segura. El miedo a salir. ¿Cuántas veces hacemos lo mismo?

Liberar no es solo abrir la puerta, sino también atravesarla. Aquella mañana me prometí que sería libre. Más vale un día libre que toda la vida encerrado.

Por lo pronto, la siguiente puerta que debía cruzar era la del próximo país del mapa, Nicaragua. Allí me esperaba Pablo, el porteño de bigotes que conocí en Capurganá.

Para allá me voy.

Adiós, Costa Rica. Estarás por siempre en mi corazón.

N. de A.: Tiempo después, me contaron que aquello no era una mariposa, sino una polilla gigante que no se alimenta. Que solo vive unos días. Aparece, vuela… y desaparece.
Como mi hermana.

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