El mundo en el que vivimos

Me gusta esa variedad que hay en San Pablo, no solo de personas y de relaciones, sino en general. Si me siento a comer un pastel (que consiste en una masa de trigo frita con relleno), la carta ofrece más de setenta variedades. Tengo cierta sensación de exceso: me cruzo con ferias, tiendas, bebidas, comidas, personas, animales, plantas, automóviles. Tantas opciones convierten a São Paulo en una ciudad divertida, pero agobiante. Y gris. São Paulo es una ciudad gris. 

Odirlei vive en Diadema, un barrio donde la gente inicia sus vidas bien temprano: despertarse después de las nueve de la mañana es una falta de respeto. En esta parte del mundo, millones de seres humanos residen en casas que se superponen unas con otras, conectadas por calles chicas y torcidas que no parecen responder a un proyecto de planificación urbana. Esas calles son estrechas, empinadas y polvorientas. Me aborda una sensación de caos y desorden cada vez que salgo a caminar o a hacer las compras.

La gran mayoría de las personas que viven aquí son honradas y trabajadoras, principales víctimas de algunos delincuentes que se aprovechan de la vulnerabilidad ajena. 

Estos barrios de San Pablo son un mundo en sí mismos y la vida de sus residentes transcurre dictada por las circunstancias de nacer allí. Muchas de las personas que conocí en este lugar me confesaron que jamás salieron de la ciudad en toda su vida.

Pequeñas tiendas y puestos callejeros colman las aceras, ofreciendo frutas frescas, ropa de segunda mano y por supuesto, cerveza. Es habitual ver locales fumando cigarrillos Eight y bebiendo Skol. Alrededor, niños corren y juegan entre ropa tendida, perros y automóviles que circulan con la batida del funk a todo volumen en sus parlantes. 

Me gusta el funk como consumo irónico, incluso aunque pareciera que a la melodía le falte un instrumento. Las letras de funk, que solo hablan de mover el culo, hacen parecer a Yerba Brava y a los Pibes Chorros como poetas románticos del siglo XIX.

Lo cierto es que detrás de la aparente vitalidad que se observa en estos barrios de São Paulo —y de las multitudinarias fiestas que se realizan por las calles durante la noche— se esconde la falta de acceso a servicios básicos como agua potable y electricidad. En casa de Odirlei, por ejemplo, no es posible darse un baño después de las siete de la tarde. Del mismo modo, para desplazarse hacia otra parte de la ciudad, es necesario tomar un colectivo hasta la estación de metro Jabaquara, a una hora de distancia. Aquello no es cómodo: cada vez que quiero ir al centro, debo calcular como mínimo tres horas de transporte público: una hora en colectivo para ir, otra para volver y otra más de metro.

En São Paulo tuve la sensación de que el potencial de Brasil como país es mayor al de Argentina, pero al mismo tiempo, los problemas también son mayores. Hablo de brecha social, inseguridad, infraestructura y calidad de vida en general. 

Esto es un pastel.

“En Argentina también hay inseguridad y los servicios públicos son deficientes”, dirá un lector sensato. Sí, pero en Brasil pareciera que es más fulero. Las estadísticas avalan lo que digo. Brasil es más grande, está más poblado y la esclavitud fue legal hasta la década de los 80’ del siglo XIX, lo que inevitablemente tiene sus efectos, incluso en la actualidad. Solo por mencionar un ejemplo, se calcula que en 2025 todavía hay más de 9 millones de personas analfabetas en Brasil. En Argentina son menos de un millón. 

Sobre la inseguridad, un ejemplo gráfico me sucedió cuando viajé desde São Paulo hasta Guarujá, al sur del Estado. Durante el camino me impresionó la red de carreteras, puentes y túneles de la infraestructura vial. Miraba los puentes cuando dos oficiales de la Policía Militar detuvieron el auto en el que viajábamos “por un control de rutina”. Nos hicieron bajar del vehículo mientras sostenían en las manos sus pistolas reglamentarias. 

Los policías revisaron mi mochila de cabo a rabo y me interrogaron. ¿Quién es usted? ¿De dónde viene? ¿Hacia dónde va? ¿Qué hacía en Diadema? ¿Cómo terminó usted de Argentina en Diadema? ¿Ha tenido problemas con la Justicia? fueron algunas de las preguntas que respondí como cualquier persona sensata lo haría: firme, seguro y dejando entrever que no tengo nada que ocultar. 

Los policías solo nos dejaron continuar con nuestro camino luego de asegurarse de que no estábamos llevando ni haciendo nada ilegal. Revisaron todo el auto, incluso debajo de las chapas, en las puertas. El conductor dijo la verdad: que estaba transportando gente y que no tenía autorización, pero que no llevaba droga ni nada raro.

—Quédate tranquilo —me dijo el conductor del vehículo una vez que terminó el tenso episodio. —Durante las últimas semanas han matado a varios policías militares aquí. Ellos tienen más miedo que vos. 

Después me puse a pensar que detuvieron el auto porque nos vieron en algún peaje o algo. Es posible. En Brasil, si jodés mucho, te cagan a tiros.

En total estuve diez días en la casa de Odirlei. Como todo llega a su fin, una mañana agradecí la hospitalidad, abracé a mi amigo y me despedí. 

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