El submundo laboral de los brasileros

Un dolor de cabeza me invadió durante uno de esos días en los que trabajaba en el hostel. Le pregunté a Valeria si no tenía alguna pastilla para calmarlo, pero respondió que no me la daba, sino que me la vendía por tres reales. Vaya, aquello me molestó. No por los tres reales, sino por la actitud. A veces me cuesta entender a la gente, pero quizás el equivocado sea yo. Ya comenzaba a formarse en mi cabeza la idea de que tenía que largarme de ese lugar y conseguir un trabajo donde me pagaran dinero real.

Uno de los huéspedes me pidió que subiera el aire acondicionado y me comentó que estaba por abrir un restaurante en la esquina. Tras hacerme algunas preguntas, dijo que le gustó mi forma de hablar y cómo lo hice sentir. Me ofreció trabajo como mozo en el local, y acepté al instante: necesitaba dinero.

Al principio teníamos que poner el restaurante en condiciones. Como recién lo terminaban de construir, era necesario limpiarlo y juntar los escombros. El trabajo era casi de albañil. La jornada no bajaba de doce horas.

Desde el principio sucedieron cosas extrañas. La comisión directiva de la empresa gastronómica tenía dos miembros: Nelson y Ederaldo. Ederaldo era el hombre que me ofreció trabajo estando en el hostel; Nelson, su socio. El asistente era Junior, amigo de Nelson, oriundo de Pará. Junior —o Juninho, como le decían todos— tenía acondroplasia.

Nelson era amable, sincero y generoso. Terminamos siendo amigos y solíamos beber cervezas juntos. Pero Ederaldo era diferente. Me decía primero una cosa, después otra. Cambiaba rápido de opinión y de números. Las alarmas se encendieron casi desde el comienzo. El tema es que cuando uno dispone de recursos, tiene la posibilidad de elegir. Cuando no, no.

Ederaldo hablaba mal de todos, en particular de Nelson. Vivía con él en un hotel y se quejaba porque, según decía, Nelson se despertaba, abría la ducha y se sentaba en el inodoro por más de una hora. Usó el verbo «cagar», que en portugués es idéntico al español. A mí esas cosas no me interesaban, pero era mi jefe y tenía que escucharlo. Una vez me confesó que tuvo una época en la que engañaba a su mujer, pero que paró tras ser descubierto y prometió «no hacerlo nunca más».  

Una noche se rompió la puerta del restaurante. No podíamos dejarlo así. Nelson se ofreció a pagarme 120 reales por cada noche que hiciera de guardia, y acepté. Tras la primera jornada nocturna como vigilante, Ederaldo llegó por la mañana, molesto, asegurando que 120 reales era mucho, que podía hacerlo él, y a cambio me ofreció 60. Me negué. Terminamos negociando por 80, que igual era aceptable.  

Cuidando el restaurante de noche.

Lo inaceptable fue el cambio en las condiciones después de negociar. Pero estafar a sus empleados era una práctica bastante común en su mundo. Días después, contrató a dos chicas del norte para ser meseras. Tras una semana de trabajo, Ederaldo no contabilizó las horas extras y les pagó menos de lo que correspondía.

—Vayan a quejarse ya, no se dejen engañar —les recomendé a Vania y a Alice. Me hicieron caso. Al final, el tipo les pagó los 50 reales que faltaban, pero mi indignación creció: dice mucho de una persona capaz de hacerse el boludo frente a dos chicas de bajos recursos que están todo el día trabajando para vos.

Si pasa, pasa. 

También debo mencionar que uno de los cocineros se empeñaba en hacerme la vida imposible. El tipo me buscaba pelea y era malo conmigo. Una tarde, hablando con Nelson, me confesó la verdad: el cocinero estaba celoso, y se puso en evidencia cuando se quejó del color de mi pelo.

En el restaurante trabajaba Iago, un jovencito corinthiano de veinte años. Iago iba a «nuestro» restaurante por la mañana y a otro que quedaba al frente, por la noche. En total, el loco laburaba más de catorce horas por día. Hablando con él, me confesó que su idea era comprarse una casa para irse a vivir con la novia. Años después, mirando su Facebook, descubrí que logró su objetivo, y que ahora tiene un hijo.

Iago. El loco laburaba en serio.

El esfuerzo de Iago era conmovedor. Me emocionaba la voluntad del pibe que trabajaba todo el día para salir adelante. 

También con nosotros trabajaba el «minero», otro mozo que no estuvo mucho tiempo porque, según él, lo que le pagaban «no le convenía».

Ederaldo me usaba para todo: hacer las compras, estar en la caja, pesar la comida, preparar tragos, limpiar y recibir a la gente. El trabajo era lo de menos: el tipo era insoportable. Una vez, tras una jornada especialmente dura, aproveché unos instantes de tranquilidad para ir al baño. No habían pasado ni cinco minutos cuando Ederaldo se paró en el medio del restaurante y comenzó a gritar: ¡Fred! ¡Fred! ¡Fred!

Pará un poco, hermano. Hacé algo alguna vez vos. Quise enseñarle el sistema de cobro, que era en realidad muy simple, pero el tipo era incapaz. «Me atrapalho», confesó, mirando la pantalla con ojos vacíos. No le daba la cabeza. También había que atender a las hijas, que comían como cerdos, no movían un dedo ni para juntar los platos y después se iban a pasar la tarde a la playa.

El contraste era brutal: dos chicas del norte, trabajando de sol a sol por monedas; y las hijas de Ederaldo, todo el día comiendo y mostrando el culo por Instagram.

En fin, estas son pequeñas anécdotas del submundo brasileño. Cuando uno va de vacaciones es una cosa y piensa que es todo lindo. Me pasó igual que en Medellín. Cuando vas a vivir y trabajar entendés las verdaderas formas de ser —y de pensar— que durante las vacaciones no se perciben. Y si llegás a formar pareja con una mujer local, preparate para el bardo, porque la mayoría de los hombres te verán como el intruso que está en su país para robarle el trabajo y las mujeres.

Pocos saben del esfuerzo.

Algo más que quisiera contar de Ederaldo sucedió una tarde calurosa, y aquello terminó siendo uno de los disparadores por los cuales renuncié. Ese día, estuvo como tres horas hablando con una chica. Ederaldo era un gordo bastante desagradable, de brazos chicos y débiles, con la cara llena de pozos. No lo quiero juzgar por su físico, es solo para dar una imagen mental.

Apenas la chica se fue, Ederaldo dijo que estaba «excitado». Acto seguido, se metió la mano por debajo del pantalón, se tocó y la sacó. Luego me mostró el líquido preseminal que suele emanar el glande cuando los hombres están calientes. Con los dedos, hizo un movimiento de pinza con aquel líquido espeso, y un delgado hilo de fluido se formó entre ambas yemas. Miré aquella imagen repugnante y levanté los ojos hacia la estúpida sonrisa que tenía en la cara.

Estuve cerca de vomitar. Más tarde, hablando con Nelson y Junior en el bar, les conté lo sucedido. Ellos se encargaron de contárselo a todo el mundo. ¿Cómo hace eso, el gordo asqueroso? Yo no lo haría ni al frente de mis mejores amigos, ni hablar con un empleado.

Nelson y Ederaldo terminaron por odiarse. Ederaldo rompió la sociedad y se quedó con el restaurante. Nelson se clavó con los hornos que compró para el restaurante, ahora depreciados, y terminó dedicándose a vender hielo.

Años después regresé a Ubatuba y me enteré de que Ederaldo y su esposa estaban divorciados. Bien por esa mujer. Una mañana pasé frente al restaurante y hablé con una de las chicas que trabajaba allí. Me contó que Ederaldo seguía siendo el dueño del lugar, que nadie lo quería y que era un idiota.

Me fui con asco de ese hombre, sí. Pero también me fui pensando en Iago, que trabajó catorce horas por día para comprarse una casa. Eso es ganarse la vida. Lo demás fue mucho ruido y pocas nueces.

Si algún día vas a Ubatuba de turista, disfrutala. Tomate una caipirinha, sacate la foto y visitá las playas. Pero si te quedás a trabajar, te vas a enterar rápido cuál es el precio que se paga por esa sonrisa.

Yo ya lo sé.

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¿Una monedita, loco?

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