Paréntesis de Año Nuevo

Una vez el restaurante entró en funcionamiento, Ederaldo decidió deshacerse de Nelson. Yo lo vi. Lo sentó en una mesa, le tiró un montón de excusas y Nelson se tuvo que ir. Se fue como se van los buenos: sin armar quilombo. El tipo compró insumos para el restaurante, pensando que sería parte de un proyecto gastronómico, y ahora de la nada debía revenderlos a menor precio porque ya no eran nuevos. «Tengo que meterme el horno en el culo», lamentó. Me sentí triste por él y traté de darle una mano en su nuevo emprendimiento con hielo.

Mi ayuda consistió, junto con Alejandro y Juninho, en llevar bolsas con hielo por todo Ubatuba. A Nelson no le fue bien con ese negocio: de entrada, compró muchas bolsas sin tener dónde guardarlas. Estuvimos durante horas buscando un congelador, e incluso evaluamos la posibilidad de alquilar uno en una pescadería. Pero el dueño de la tienda aseguró que jamás íbamos a sacarle el olor a pescado de las bolsas si guardábamos el hielo allí, y desistimos.

Al final encontramos un congelador, después de estar todo el día cargando bolsas de acá para allá. No quise cobrar, porque Nelson siempre me invitaba cerveza y nunca me dejaba pagar. Tampoco me ofreció dinero, pero no importaba. Era un buen hombre, Nelson.

De izquierda a derecha: Alejandro, Juninho, Nelson, yo y un desconocido.

En esos días Ubatuba era trabajo, calor y hielo. Después llegó diciembre. Pasé Navidad y Año Nuevo en Brasil. Unos locales me invitaron a cenar a un restaurante donde nos cobraron caro para lo que era, ya que solo había arroz con lentejas y pequeños trozos de calamar. Según me dijeron, en Brasil existe la costumbre de comer arroz con lentejas para Año Nuevo con la premisa de que eso “trae prosperidad”. Yo quería carne, lechón y asado, no arroz con lentejas. Esa noche estuve de mal humor. Pero, al final, 2018 fue un año próspero para mí, por lo que pensé que tal vez debería seguir con la tradición. 

También me sorprendió la costumbre de vestirse de blanco y, después de medianoche, meterse al mar y saltar siete olas. Lo hice: vestido de blanco, con la panza llena de lentejas, salté olas en la oscuridad. El agua estaba fría; el cielo, negro.

Conocí una brasilera, Paula, y me mudé con ella. Tenía tres gatos y practicaba la religión Umbanda. Nunca me invitó a las celebraciones, y yo tampoco le pregunté si podía ir. Llegaba demasiado cansado del restaurante como para querer hacer algo más, y tampoco me daban los tiempos.

Hielo frío como tu corazón.

Una vez, uno de los gatos se perdió. Pasaron diez días sin noticias, hasta que ella hizo un gualicho con velas y otros elementos. Menos de 24 horas después, la gata apareció. Le faltaba un pedazo de cola y estaba sucia a más no poder, pero viva. Estuvimos felices durante algunos días, hasta que Nina, otra gata, se enfermó.

El veterinario dijo que Nina tenía el virus de inmunodeficiencia felina y que nada podíamos hacer por ella. Tuvimos que aislarla para que no contagiara a los demás.

Tras algunos días de agonía, Nina murió. Cavé el pozo donde la enterramos. Pensé, con un poco de culpa, que tal vez los espíritus que Paula adoraba reclamaron una vida por la otra. Miré la tierra fresca del pozo preguntándome si el intercambio era justo: una gata sucia por una gata muerta.

Cargando hielo con Alejandro y Juninho.

Mi tiempo en Brasil llegaba a su fin. Me quedaban menos de 30 días para abandonar el país.

Yo estaba cómodo en Ubatuba, con trabajo y cierta estabilidad, pero mi amigo no paraba de quejarse. Decía que no había salido de Argentina para quedarse ahí, que quería viajar y que se sentía cansado de las mismas playas.

Decidí hacerle caso. Un buen día, nos despedimos de todos y partimos hacia Río de Janeiro, la siguiente ciudad de esta historia.

Esos meses en Ubatuba fueron, tal vez, de los más felices de mi vida.

Jamás volví a ver a Nelson ni a Juninho.

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