Llegamos a Belém poco antes del mediodÃa. Richard nos dejó a un costado de una de las vÃas principales. Tras una breve despedida, partió en su camión cisterna y se perdió entre el resto del tráfico. Su trabajo no le permitÃa estar al pedo como nosotros.
Viniendo del sur, Belém no se parecÃa a ciudades prósperas como Lages o Curitiba. A simple vista, la región es más pobre. La basura de las calles y el gris de las paredes me dieron una sensación de tristeza y de abandono. De noche, la falta de alumbrado público volvÃa el ambiente algo oscuro, lo que contrastaba con el calor y la humedad del entorno.
Un tipo que pasó por la calle nos aseguró que allà llovÃa todos los dÃas, y aquellas palabras se transformaron en premonición: pocos minutos después de bajar del camión, el cielo se cubrió, los truenos sonaron y gruesas gotas de lluvia golpearon contra el pavimento ardiente. El olor a lluvia se me antojó pesado, sofocante. Mucho asfalto y poco verde en una ciudad rodeada por selva nunca es buena combinación.

Fuimos al mercado, junto a la costa, y por todos lados ofrecÃan el plato tÃpico de la zona: açaà com peixe. El açaà es una fruta pequeña y de color violeta oscuro, rica en antioxidantes, que crece en árboles de la selva amazónica. Por lo general se consume como puré o batido, y muchos lo mezclan con otros alimentos como frutas, granola, tapioca, azúcar o miel.
En el sur de Brasil se vende açaà como postre, parecido al helado. Es usual que turistas compren este producto en gelaterÃas, donde además se le agrega leche condensada, frutas, chocolate, golosinas y otros dulces. En el norte es diferente: la fruta se come pura, sin azúcar y al natural. Poco tiene que ver el açaà del norte con el del sur. Quisimos probarlo, y pedimos un plato en el local más barato que pudimos encontrar. Una vez servidos, Alejandro puso el açaà encima del pez frito, y algunos lugareños se rieron por la ocurrencia. El açaà no es para ponerle encima al pescado, sino que se come aparte. El sabor era terroso, extraño, pero no del todo desagradable. Después lo comà con granola y frutas, lo que mejoró mi percepción general sobre el alimento.

Marta
Tras probar el plato tÃpico, tomamos un Uber hacia la casa de Marta, una señora de unos sesenta años, que aceptó recibirnos a través de Couchsurfing. Estuvimos tres dÃas en la casa de esta mujer, que formaba parte de un grupo de baile. El primer dÃa, al menos diez señoras se citaron en la casa de nuestra nueva amiga para ensayar una coreografÃa al ritmo de la música local. Es gracioso: los brasileños solo escuchan música brasileña. Es tan variada que no se aburren. Con Pipi fumábamos y las mirábamos bailar. ¿Formarán nuestras futuras viudas un grupo de baile algún dÃa? ¿Será digno de ser visto?
Al dÃa siguiente, Marta y una de sus amigas nos llevaron al centro, a la costa y a un parque. Eran gente buena. Me gustarÃa poder hablar mejor de Belém, pero algunas partes de la ciudad nos parecieron peligrosas. No faltó la oportunidad en la que giramos sobre nuestros pasos y decidimos regresar. Alejandro tenÃa miedo. Y mi paciencia estaba llegando a un lÃmite. En uno de estos dÃas noté que el tipo andaba sin camiseta por la casa de la señora. A veces, mientras ella le hablaba, él miraba el celular. Una vez le llamé la atención, cansado de su falta de educación, y solo respondió:
—Es que me llegó un mensaje.
Ahà me convencà de que tenÃa que viajar solo.
Pero mientras yo me preocupaba por fruslerÃas, Marta guardaba un dolor imposible de cuantificar. Poco antes de irnos, la señora quiso tener una charla conmigo. Dejé que hablara.

—¿Sabés por qué yo los recibo a ustedes? —preguntó. Negué con la cabeza.
—Yo tenÃa un hijo de 19 años que hacÃa trabajo solidario en barrios marginales. PodrÃa haber estado bailando, pero no. A él lo llenaba hacer cosas por los demás. Era muy temprano, tipo siete. Ese dÃa, dos ladrones subieron al colectivo y asaltaron a los pasajeros. Robaron algunos celulares, billeteras y carteras, y se fueron hacia el fondo. Mi hijo estaba sentado en el último asiento, junto a la puerta trasera.
La voz de la mujer se quebró. No dije nada. Tomó aire y siguió con su relato:
—Antes de bajarse, uno de los ladrones le disparó a mi hijo en la nuca. Sin motivos. Mi hijo no se resistió, y creo que no se dio cuenta de lo que iba a pasar. Murió en el acto.
Hice silencio. No supe qué decir.
—Aquellas semanas fueron un verdadero infierno. Mi otro hijo salió a buscar al asesino. Uno de esos dÃas lo vi: sucio, cansado, y quise que se acabara todo. TodavÃa me quedaba él. No querÃa perderlos a los dos.
Algunas lágrimas le caÃan por el rostro.

—Por eso los recibo a ustedes, jóvenes mochileros. El sueño de mi hijo era viajar por el mundo. Con ustedes en mi casa, siento que aunque sea por algunos dÃas, vuelvo a estar con él.
Abracé a la mujer, sin saber cómo consolarla. Ella también estaba rota. Sentà que su dolor era peor que el mÃo, más intenso, si eso fuera posible. No quise imaginarme el tamaño del sufrimiento de aquella mujer. Que te arranquen un hijo asÃ, de la nada, sin sentido, en un colectivo cualquiera… y encima tan joven, con ese corazón.
Al final, encontraron al asesino. Hoy está en la cárcel. No encuentro palabras para describir lo que siento. Solo sé que en este mundo hay gente mala. Pero también están los buenos, como Marta, que transformó su dolor en hospitalidad y recibe mochileros para sentir que su hijo vuelve por un rato. Eso es de una grandeza imposible de poner en palabras. Es su forma de seguir amando, de no dejar que el odio o la bronca arruinen lo que le queda de vida.
Yo no sé si podrÃa.
Después me habló del Camino de Santiago. Era su sueño, porque lo habÃa planeado con su hijo. Me dijo que algún dÃa lo harÃa.
Yo también, Marta.
Yo también haré el Camino de Santiago.